CAPÍTULO 14
Xenia Sospecha
El investigador privado que Xenia contrató se llamaba Andreas Foukas, un exoficial de policía ateniense que se había especializado, en los últimos diez años, en lo que él mismo describía con cierto orgullo profesional como «discreción de alto nivel para clientes de alto nivel», y que entregó su primer informe a Xenia exactamente nueve días después de que ella le encargara, sin dar demasiados detalles sobre sus motivos, que vigilara los movimientos de cierta arquitecta americana durante su estancia en Atenas.
El informe, de catorce páginas, incluía fotografías con sello de tiempo: Ashley y Leonidas cenando en un restaurante pequeño de Kolonaki en tres ocasiones distintas durante las últimas semanas, siempre solos, siempre después de que el resto del equipo de Punta Helios se hubiera retirado. Una fotografía de Ashley entrando sola a un cementerio. Una fotografía, tomada con teleobjetivo desde una distancia considerable, de las manos de Leonidas y Ashley entrelazadas sobre la mesa de ese mismo restaurante.
Xenia revisó el informe completo en la sala de su apartamento, sentada en el sofá donde había planeado, hacía apenas unas semanas, su boda de verano, con una calma que sorprendió incluso a Andreas Foukas cuando lo entregó en persona.
—¿Quiere que continúe la vigilancia? —preguntó él.
—Sí —dijo Xenia—. Pero ahora quiero algo más específico. —¿Qué tipo de información?
Xenia se levantó, caminó hacia la ventana de su apartamento con vista a la Acrópolis iluminada, y se quedó en silencio durante un momento antes de responder, calculando, con la misma precisión que aplicaba a cualquier decisión profesional importante, exactamente qué necesitaba saber para tomar el siguiente paso.
—Quiero saber si está embarazada.
Andreas Foukas no hizo ninguna pregunta adicional. En su profesión, las preguntas innecesarias eran malas para los negocios.
—Eso requeriría acceso a información médica. Es más complicado, y más caro.
—El dinero no es un problema.
—Entendido.
Cuando Andreas se fue, Xenia se quedó sola en su apartamento, con las fotografías esparcidas sobre la mesa de centro, sintiendo una mezcla de emociones que no había experimentado nunca con esta intensidad simultánea: humillación, por descubrir confirmado lo que ya sospechaba; furia, hacia Leonidas, hacia Ashley, hacia el destino que parecía empeñado en arrebatarle exactamente lo que más había deseado en su vida adulta; y, debajo de todo eso, en un lugar que Xenia rara vez se permitía visitar, un dolor genuino y antiguo, el dolor específico de haber pasado catorce años amando a alguien que nunca, ni una sola vez, la había mirado con la misma intensidad con la que ahora miraba a otra mujer en fotografías tomadas con teleobjetivo.
—Catorce años —dijo en voz alta, sola en su apartamento, sin que nadie la escuchara—. Catorce años, y nunca fui suficiente.
No llamó a Leonidas esa noche, ni a Calista, ni a su padre. Se quedó sola con las fotografías y con una decisión que empezaba a formarse, lenta pero inexorablemente, en algún lugar entre el dolor y la furia: si Leonidas Lykos iba a dejarla, no iba a ser de manera fácil, ni silenciosa, ni sin que ella tuviera, primero, la oportunidad de decidir exactamente cómo iba a contarse esta historia al mundo.
* * *
Al día siguiente, durante el almuerzo semanal que mantenía con Calista desde que ambas tenían dieciséis años, Xenia estudió a su mejor amiga con una atención nueva, calculando cuánto sabía y cuánto estaba dispuesta a admitir.
—¿Has notado algo raro en Leonidas últimamente? —preguntó, con un tono que pretendía ser casual y que no engañó a Calista ni por un segundo.
Cali dejó el tenedor sobre el plato con cuidado.
—Xenia.
—Solo pregunto.
—No me hagas elegir entre mi hermano y tú. No es justo para ninguna de las dos.
—No te estoy pidiendo que elijas. Te estoy pidiendo que me digas la verdad, como mi mejor amiga, sobre lo que está pasando.
Calista miró a Xenia, a esta mujer que conocía desde que ambas eran adolescentes torpes en un colegio de Kolonaki, que había estado presente en cada cumpleaños, cada ruptura, cada momento importante de su vida adulta, y sintió el peso completo de una lealtad dividida que no sabía cómo resolver sin herir profundamente a alguien que quería.
—Creo que deberías hablar con Leonidas directamente —dijo finalmente—. No conmigo. Esto es entre ustedes dos.
—Eso es una manera muy elegante de confirmar lo que ya sé. —Xenia sonrió, sin ninguna calidez en el gesto—. Gracias por la honestidad, Cali. Al menos eso te lo debo reconocer.
—Xenia, esto no tiene que terminar mal. Si Leonidas y tú hablan honestamente...
—¿Honestamente? —La voz de Xenia subió ligeramente, lo suficiente para que dos mesas cercanas en el restaurante voltearan a mirar antes de volver discretamente a sus propias conversaciones—. Tu hermano lleva semanas mintiéndome a la cara mientras cena en secreto con su exmujer. No hay nada honesto en esto, Cali. Lo único honesto que queda es decidir qué voy a hacer al respecto.
Se levantó, dejó suficiente dinero sobre la mesa para cubrir su parte de la cuenta con una precisión que no admitía ninguna duda sobre quién era responsable de qué, y se fue sin despedirse, dejando a Calista sola con la certeza incómoda de que lo que fuera que viniera a continuación no iba a ser, de ningún modo, sencillo ni indoloro para nadie involucrado.