La esposa que regresó CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El Miedo que No Tiene Nombre

Ashley volvió a Atenas dos semanas después, con ocho semanas de embarazo y un secreto que llevaba escondido bajo capas de ropa holgada y excusas profesionales sobre por qué había dejado de beber vino en las cenas de trabajo. La visita estaba programada desde antes de saber que estaba embarazada: una revisión conjunta de los avances de Punta Helios con el equipo completo de ingeniería, tres días de reuniones que, en circunstancias normales, habría afrontado sin ninguna ansiedad adicional a la que ya generaba trabajar a diario junto al hombre que amaba y que, técnicamente, todavía estaba comprometido con otra persona.

El primer día, hizo algo que no había hecho en casi tres años: pidió un coche y se dirigió, sola, sin avisar a nadie, al cementerio donde estaba enterrada Petra.

La tumba era pequeña, sencilla, con una lápida de mármol blanco que solo decía un nombre y dos fechas separadas por cuarenta y un horas de vida. Leonidas había elegido la lápida —Ashley lo recordaba, vagamente, a través de la bruma de los días posteriores al funeral, cuando ella apenas podía sostenerse de pie— y había insistido en que no llevara ninguna frase, ningún verso, nada que intentara explicar o consolar algo que, en su opinión, no necesitaba explicación ni consuelo, solo memoria.

Ashley se sentó en el césped junto a la tumba, sin importarle la humedad de la tierra contra su falda, y se quedó ahí durante mucho tiempo, hablándole a su hija en voz baja, contándole sobre Punta Helios, sobre el bebé que llevaba dentro, sobre todo lo que había pasado en los tres años desde la última vez que habían estado en este mismo lugar, cuando todavía eran una familia que no sabía que estaba a punto de romperse.

—No sé si estoy haciendo lo correcto —le dijo, en voz tan baja que ni siquiera el viento pudo llevarse las palabras muy lejos—. No sé si traer a tu hermano o hermana a este mundo es justo, considerando todo lo que podría volver a salir mal. No sé si tu papá y yo merecemos otra oportunidad después de cómo perdimos la primera. Pero sé que te quiero, y sé que voy a querer a este bebé igual, y sé que tengo miedo, Petra. Tengo tanto miedo que algunos días no puedo respirar bien solo de pensarlo.

No hubo ninguna respuesta, por supuesto. Solo el viento moviendo los cipreses del cementerio, y el sonido distante del tráfico de Atenas continuando su ritmo indiferente al dolor privado de una mujer sentada junto a una tumba pequeña.

Cuando finalmente se levantó, casi una hora después, sintió algo que no esperaba: no resolución, no certeza, pero sí una especie de permiso silencioso, autoconcedido, para seguir adelante con lo que fuera que estuviera por venir, sin la sensación de estar traicionando la memoria de su primera hija al permitirse esperar algo bueno de la segunda oportunidad.

* * *

Esa noche, durante una cena de trabajo que se prolongó más de lo necesario —como ocurría siempre, últimamente, cuando Leonidas y Ashley se quedaban solos después de que el resto del equipo se retirara—, Leonidas notó que ella apenas había tocado su copa de vino durante toda la velada, ni la noche anterior, ni la anterior a esa.

—¿Estás bien? —preguntó, con la atención específica de alguien que ha pasado meses aprendiendo a notar cada cambio pequeño en ella—. Has estado distinta. Más callada.

Ashley sintió que el corazón le daba un vuelco. Este era, exactamente, el momento que había estado postergando: la oportunidad perfecta, la conversación honesta que sabía que le debía, y sin embargo, cuando llegó el instante de decirlo, las palabras se le quedaron atascadas en algún lugar entre la garganta y el valor que necesitaba para pronunciarlas.

—Fui al cementerio hoy —dijo en cambio, lo cual era verdad, aunque no fuera toda la verdad—. A ver a Petra.

La expresión de Leonidas cambió por completo.

—¿Sola?

—Sí.

—¿Por qué no me llamaste? Habría ido contigo.

—No lo sé. Sentí que necesitaba hacerlo sola esta vez. Para entender algo antes de... —se detuvo, consciente de que estaba al borde de decir más de lo que había planeado.

—¿Antes de qué?

Ashley lo miró, ahí sentado frente a ella en un restaurante pequeño de Kolonaki, con la misma expresión de preocupación genuina que él había aprendido, con mucho esfuerzo y mucho dolor, a mostrar abiertamente en lugar de esconder, y pensó que tal vez este sí era el momento, después de todo. Pero entonces pensó en Xenia, en la boda que todavía tenía fecha aunque nadie había confirmado si seguía en pie, en el peso adicional que esta noticia añadiría a una situación ya insostenible, y decidió, una vez más, esperar.

—Antes de seguir adelante con lo que sea que estamos haciendo tú y yo —dijo, lo cual también era verdad, aunque incompleta—. Necesitaba hacer la paz con el pasado antes de permitirme pensar en el futuro.

—¿Y la hiciste? ¿La paz?

—Estoy en el proceso.

Leonidas extendió la mano por encima de la mesa y tomó la de ella, con un gesto que ya no necesitaba ninguna justificación profesional ni ninguna excusa sobre planos o cronogramas.

—Yo también voy a hacerla —dijo—. Te lo prometo. Solo necesito un poco más de tiempo para resolver las cosas con Xenia de la manera correcta. Ella no merece que esto se resuelva con descuido, sin importar lo difícil que sea para mí.

—Lo sé.

—¿Puedes esperar un poco más?

Ashley pensó en el secreto que llevaba dentro, en las ocho semanas que ya habían pasado, en el reloj invisible que corría dentro de su propio cuerpo y que, tarde o temprano, iba a hacer visible lo que ella todavía no había decidido cómo anunciar.

—Puedo esperar un poco más —dijo, y se odió un poco a sí misma por la mentira a medias que acababa de pronunciar, aunque la intención detrás de ella —proteger a Leonidas de tener que tomar una decisión bajo presión, en lugar de por convicción genuina— le pareciera, en ese momento, suficientemente noble como para justificar el engaño.

No sabía, esa noche, que el tiempo que estaba tratando de regalarle a Leonidas era exactamente el tiempo que Xenia Vassiliou estaba usando, en ese mismo momento, para construir el caso que necesitaba contra ella.