CAPÍTULO 11
Dos Líneas Rosadas
Ashley notó el primer síntoma diez días después de la cena en los Hamptons, en una sala de reuniones de Meridian Design Studio, durante una presentación rutinaria de avance de obra: una oleada de náusea tan repentina e intensa que tuvo que disculparse a mitad de frase y salir corriendo hacia el baño, donde se quedó arrodillada frente al inodoro durante varios minutos mientras su equipo, al otro lado de la puerta, intercambiaba miradas preocupadas.
No pensó en lo obvio de inmediato. Se dijo que era estrés, jet lag acumulado de los viajes constantes entre Nueva York y Atenas, algo que había comido en mal estado. Se dijo todo eso durante tres días, hasta que la náusea matutina se volvió un patrón predecible y reconocible, y su cuerpo —el mismo cuerpo que había llevado a Petra durante nueve meses, que conocía exactamente cómo se sentía esto la primera vez— le dijo, con una certeza que no admitía más excusas, exactamente lo que estaba pasando.
Compró la prueba de embarazo en una farmacia de Tribeca donde nadie la conocía, pagó en efectivo aunque no tenía ninguna razón lógica para hacerlo, y volvió a su apartamento con el corazón latiéndole tan fuerte que podía sentirlo en los oídos.
Se sentó en el borde de la bañera durante los tres minutos que indicaban las instrucciones, mirando el teléfono sin mirarlo realmente, pensando en todo y en nada al mismo tiempo: en Leonidas, en Petra, en una habitación de hospital en Atenas que llevaba tres años evitando recordar con demasiado detalle, en la posibilidad —aterradora, imposible de procesar del todo— de que la vida le estuviera ofreciendo otra oportunidad exactamente en el momento en que menos preparada estaba para confiar en que las oportunidades a veces se quedan.
Dos líneas rosadas.
Ashley se quedó mirando la prueba durante tanto tiempo que el resultado, técnicamente válido solo durante los primeros minutos, dejó de tener cualquier importancia práctica: ya lo había visto, ya lo sabía, ya no había vuelta atrás de ningún tipo.
Lloró. No supo, mientras lloraba, si era de felicidad, de terror, o de algo tan complicado que no tenía un nombre claro en ningún idioma que conociera. Se quedó sentada en el suelo del baño durante casi una hora, con la prueba todavía en la mano, hasta que el teléfono sonó —Lily, preguntando si quería cenar esa noche— y Ashley, sin saber todavía qué iba a hacer con la información que acababa de recibir, decidió que necesitaba, antes que nada, confirmación médica, y después, mucho después, decidir qué hacer con esa confirmación.
* * *
La doctora Patel, su ginecóloga desde hacía cinco años, confirmó el embarazo dos días después con una ecografía temprana que mostró un punto diminuto, apenas perceptible, latiendo en la pantalla con una regularidad que Ashley observó con una atención que bordeaba lo obsesivo.
—Seis semanas —dijo la doctora Patel—. Todo parece normal hasta el momento. —Bajó la sonda y miró a Ashley con la atención profesional de alguien que conocía perfectamente el historial de su paciente—. Sé que esto trae consigo muchos sentimientos complicados, Ashley, considerando lo que pasó con tu embarazo anterior. Quiero que sepas que el desprendimiento de placenta no es, en la mayoría de los casos, una condición que se repita, y que vamos a monitorear este embarazo con mucho más cuidado del habitual desde el principio. Pero necesito que entiendas que ningún embarazo viene con garantías absolutas, y que la ansiedad, aunque comprensible, no es buena para ti ni para el bebé.
—Lo entiendo —dijo Ashley, aunque no estaba segura de entender nada en absoluto.
—¿El padre lo sabe?
La pregunta colgó en el aire del consultorio durante un momento incómodo.
—Todavía no —dijo Ashley.
—¿Vas a decírselo?
—No lo sé.
La doctora Patel no insistió. Anotó algo en su historial, programó la siguiente cita, y dejó que Ashley saliera del consultorio cargando, además del peso físico de un embarazo de seis semanas, el peso mucho más complicado de una decisión que no sabía cómo tomar.
Salió a la calle, a la luz fría de un mediodía de mayo en Manhattan, y caminó sin rumbo definido durante casi una hora, pasando frente a edificios que ella misma había contribuido a diseñar, pensando en Leonidas —que en este momento, calculó mentalmente, debía estar en alguna reunión en Pireo, ajeno por completo a lo que ella acababa de descubrir— y en Petra, y en la pregunta que más la aterraba de todas: ¿y si esta vez también salía mal?
Marcó el número de Lily desde una cabina de teléfono que ya casi nadie usaba en esa ciudad, porque en ese momento concreto no quería que ningún registro telefónico de su propio celular existiera, una precaución absurda y desproporcionada que solo tenía sentido si uno entendía exactamente cuánto miedo puede generar una segunda oportunidad cuando la primera terminó de la peor manera posible.
—Necesito que vengas a mi apartamento ahora mismo —dijo, cuando Lily contestó—. Es importante.
—¿Qué pasó?
—No por teléfono. Ven, por favor.
Lily llegó cuarenta minutos después, encontrando a su hermana sentada en el sofá del apartamento de Tribeca con las rodillas pegadas al pecho, en una postura que Lily reconoció de inmediato porque era exactamente la misma que Ashley había adoptado, casi tres años antes, en los días posteriores al funeral de Petra.
—Ashley. Dime qué pasó.
—Estoy embarazada.
El silencio que siguió fue tan completo que ambas pudieron escuchar el tráfico de la calle, seis pisos abajo, con una claridad inusual.
—¿De Leonidas? —¿De quién más sería, Lily?
—Está bien, está bien. —Lily se sentó a su lado, tomándole las manos—. ¿Cómo te sientes?
—Aterrorizada. Y feliz. Y aterrorizada de estar feliz, porque la última vez que sentí esta felicidad exacta terminó de la peor manera posible que se me puede ocurrir, y no sé si mi cuerpo, o mi corazón, o lo que sea que se encarga de procesar este tipo de cosas, va a sobrevivir a otra pérdida.
—No va a pasar lo mismo, Ashley.
—No puedes saber eso.
—No, no puedo. Pero tampoco puedes vivir el resto de tu vida asumiendo que la peor cosa que te puede pasar va a volver a pasar, solo porque pasó una vez.
Ashley apoyó la cabeza en el hombro de su hermana, sintiendo, por primera vez desde que había visto las dos líneas rosadas, algo que se parecía remotamente al alivio de no estar completamente sola con esta información.
—Leonidas no lo sabe —dijo.
—¿Vas a decírselo?
—Tiene que saberlo. Es su hijo también. —Ashley cerró los ojos—. Pero está a punto de casarse, Lily, o al menos eso era cierto la última vez que hablamos. Y si le digo esto ahora, en medio de todo lo demás que está pasando con Xenia, con su padre, con el proyecto, no quiero que sienta que lo estoy obligando a elegir, que esto es un arma que estoy usando para forzar una decisión que debería tomar por razones que no tengan nada que ver con un embarazo.
—Eso es muy noble, Ashley, y también muy estúpido. —Gracias por la honestidad.
—Es mi trabajo. —Lily le apretó las manos—. Mira, no te estoy diciendo que tienes que llamarlo hoy mismo y soltárselo por teléfono. Pero no puedes guardar esto en secreto durante meses, esperando el momento perfecto, porque el momento perfecto no va a llegar nunca. En algún punto vas a tener que decidir cuándo, y cómo, y lo único que te puedo asegurar es que cuanto más tiempo esperes, más complicado se va a poner.
Ashley sabía que su hermana tenía razón. Lo sabía con la misma certeza estructural con la que sabía calcular la carga de un edificio antes de que el ingeniero confirmara los números. Pero el conocimiento abstracto y la capacidad real de actuar en consecuencia eran, descubrió esa noche, dos cosas completamente distintas cuando el miedo que estaba en juego no era profesional ni estructural, sino el miedo más antiguo y más profundo que existe: el de volver a amar algo que el mundo ya le había demostrado, una vez, que podía arrebatarle sin ninguna advertencia.
Decidió, esa noche, que esperaría. No para siempre. Solo hasta encontrar el momento adecuado.
No sabía todavía que ese momento estaba a punto de serle arrebatado por alguien más.