CAPÍTULO 10
Los Hamptons
El viaje de Leonidas a Nueva York, programado desde semanas antes para presentar los avances del proyecto al comité financiero de Griffin Hospitality, llegó en el peor momento posible y, paradójicamente, también en el momento más necesario: dos semanas después de la noche en Miconos, una semana después de la llamada con Xenia que no había llegado a ninguna resolución clara, y exactamente cuando Ashley menos preparada estaba para verlo en territorio americano, rodeado de su propia familia, sin la distancia geográfica que le había permitido, hasta ahora, mantener cierta ilusión de control sobre la situación.
La presentación en las oficinas de Griffin Hospitality en Park Avenue salió, en términos profesionales, impecablemente. Leonidas expuso los avances del rediseño estructural, las proyecciones de rentabilidad revisadas, el cronograma actualizado, con la misma precisión calculada que aplicaba a cualquier presentación de negocios. Richard Griffin, sentado en la cabecera de la mesa de juntas, escuchó con atención profesional y solo permitió que algo personal asomara en su expresión una vez, brevemente, cuando Leonidas mencionó el nombre de Ashley al describir la solución de los pilotes flotantes.
—La señorita Griffin identificó la solución antes de que ninguno de mis ingenieros la considerara —dijo Leonidas—. El mérito es completamente suyo.
—Mi hija es muy capaz —dijo Richard, con un tono que no permitía determinar si la frase era un simple cumplido o una advertencia codificada.
Después de la reunión, mientras los demás asistentes recogían sus carpetas y se dispersaban hacia los elevadores, Richard se acercó a Leonidas con la formalidad de un hombre que ha decidido, deliberadamente, tener una conversación que no estaba en ninguna agenda oficial.
—Mi esposa y yo organizamos una cena este fin de semana en la casa de los Hamptons —dijo—. Algunos socios del proyecto estarán presentes. Le agradaría que asistiera.
No era, en ningún sentido razonable, una invitación que Leonidas pudiera rechazar sin generar más preguntas de las que ya circulaban. Aceptó.
* * *
La finca de los Griffin en East Hampton ocupaba casi cuatro hectáreas frente al Atlántico, con una casa principal de estilo colonial restaurado que llevaba en la familia desde que el bisabuelo de Richard había abierto el primer hotel boutique en Newport hacía más de un siglo. Leonidas llegó el sábado por la tarde, en un coche alquilado porque había decidido, en algún punto del vuelo transatlántico, que aparecer con chófer privado en la casa del padre de Ashley enviaría exactamente el tipo de mensaje equivocado que menos necesitaba en este momento.
Ashley lo vio llegar desde la ventana de su antigua habitación, todavía decorada con los mismos colores que había elegido a los dieciséis años, y sintió que el estómago le daba un vuelco que no tenía absolutamente nada que ver con el proyecto.
—Está aquí —le dijo a Lily, que se había instalado en la cama de Ashley con la familiaridad de quien lleva toda la vida invadiendo el espacio de su hermana mayor.
—¿Papá sabe?
—No lo sé. No le he dicho nada. Pero papá siempre sabe más de lo que dice saber.
La cena, esa noche, en la terraza con vista al mar que los Griffin mantenían iluminada con la misma elegancia discreta que caracterizaba todo lo que la familia hacía en público, reunió a casi veinte personas: ejecutivos del comité financiero, sus parejas, el alcalde de la localidad, y, sentados en extremos opuestos de la mesa principal por una disposición de asientos que Diane Griffin había organizado con su habitual diplomacia social, Ashley y Leonidas.
—Señor Lykos —dijo Diane, durante el segundo plato, con la cortesía templada de una anfitriona profesional—, espero que encuentre East Hampton tan acogedor como esperábamos.
—Es un lugar extraordinario, señora Griffin. Entiendo por qué su familia eligió construir aquí.
—Mi familia construyó en Newport primero. Esta casa vino más tarde, cuando mi suegro decidió que los Griffin necesitaban un lugar de verano que no fuera, técnicamente, propiedad del hotel.
—Una distinción importante.
—Más de lo que la gente cree.
Fue una conversación cortés, profesional, sin ningún incidente visible, hasta que, después de la cena, mientras los invitados se dispersaban hacia el jardín con copas de digestivo, Richard Griffin se acercó a Leonidas con la misma formalidad calculada de la reunión en Park Avenue, pero esta vez sin ningún testigo cerca que pudiera moderar el tono de la conversación.
—Camine conmigo —dijo Richard. No era exactamente una pregunta.
Caminaron hacia el extremo del jardín, donde el césped cedía a la arena y el sonido del Atlántico se volvía lo suficientemente fuerte como para garantizar privacidad incluso en una fiesta de veinte personas.
—Sé lo que pasó en Miconos —dijo Richard, sin preámbulos.
Leonidas se detuvo. No fingió no entender la frase. —Señor Griffin...
—No me interrumpa, por favor. He esperado pacientemente para decir esto. —Richard se giró para mirarlo de frente, con la misma intensidad que había usado, hacía años, durante la primera y única conversación incómoda que ambos hombres habían tenido cuando Leonidas y Ashley revelaron su matrimonio secreto—. Vi a mi hija destrozada durante dieciocho meses después de la muerte de Petra. La vi llegar a esta casa sin poder hablar, sin poder llorar frente a nadie, cargando un dolor que ningún padre debería tener que ver en su hija. Y cuando finalmente empezó a recuperarse, cuando finalmente volvió a ser alguien que reía sin que el gesto le costara un esfuerzo visible, juré que jamás iba a permitir que nadie volviera a hacerle ese daño. Ni siquiera usted.
—Yo nunca quise hacerle daño a Ashley.
—Lo sé. Eso es lo que hace esto más complicado, no menos. —Richard miró hacia el mar—. ¿Está usted comprometido, señor Lykos?
—Sí.
—¿Y aun así pasó la noche con mi hija en Miconos?
Leonidas no respondió de inmediato. No había ninguna respuesta que no implicara admitir exactamente lo que Richard ya sospechaba.
—Sí —dijo finalmente.
Richard asintió, lentamente, como si la confirmación, aunque dolorosa, fuera al menos preferible a la incertidumbre.
—Voy a decirle algo que probablemente no quiere escuchar —continuó Richard—. No me importa su empresa. No me importa el proyecto. Si tengo que elegir entre Punta Helios y la felicidad de mi hija, elijo a mi hija sin pensarlo dos veces, y puedo hacer que ese proyecto se derrumbe con una sola llamada telefónica si decido que es lo que hace falta para protegerla. Así que le voy a hacer una pregunta, y le pido que la responda con la misma honestidad con la que acaba de responder la anterior: ¿qué es exactamente lo que siente por mi hija, y qué está dispuesto a hacer al respecto?
Leonidas miró hacia la casa, hacia las luces de la terraza donde Ashley, sin saberlo, conversaba con su madre a unos cien metros de distancia, ajena por completo a esta conversación que estaba decidiendo, en este preciso momento, mucho más que el destino de un proyecto inmobiliario.
—La amo —dijo Leonidas, simplemente, sin ninguno de los rodeos diplomáticos que había usado durante toda la cena—. Nunca dejé de amarla, ni siquiera cuando firmamos el divorcio, ni siquiera cuando me comprometí con otra mujer pensando que el tiempo y la distancia podrían cambiar eso. Y estoy dispuesto a romper mi compromiso, a enfrentar a mi padre, a arriesgar la posición de mi familia en este acuerdo, si eso es lo que hace falta para tener otra oportunidad con ella. Pero no voy a hacerlo si Ashley no lo quiere también. Esa decisión no es mía. Es de ella.
Richard se quedó en silencio durante un tiempo largo, estudiando al hombre que tenía delante con la misma atención forense con la que evaluaba cualquier socio potencial de negocios, buscando la grieta, la mentira, el ángulo oculto que Richard Griffin había aprendido a identificar en cuarenta años de construir un imperio sobre la confianza calculada.
No encontró ninguna grieta.
—La última vez —dijo Richard, finalmente, con una voz más baja, casi cansada— la dejó sola con su duelo. Eso es lo que no le voy a perdonar tan fácilmente, señor Lykos. No el matrimonio secreto. No el escándalo. El silencio.
—Lo sé. Y he pasado tres años aprendiendo exactamente cuánto me costó ese silencio. Si tengo otra oportunidad, no voy a repetir el error.
—Eso espero —dijo Richard—. Por el bien de todos los involucrados. Incluyéndome a mí, que voy a tener que ver a Kostas Lykos en la mesa de negociaciones durante los próximos veinte años de cualquier manera, y preferiría que fuera como consuegro satisfecho y no como enemigo permanente.
Fue lo más cercano a una aprobación que Richard Griffin estaba dispuesto a ofrecer esa noche. Caminaron de vuelta hacia la casa en silencio, y cuando llegaron a la terraza, Ashley los vio acercarse juntos —su padre y el hombre que amaba, caminando uno junto al otro sin hostilidad visible— y sintió, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a la esperanza, frágil y peligrosa, de que tal vez, después de todo, esto pudiera tener un final distinto al que había tenido la primera vez.
No sabía todavía que, esa misma noche, a seis mil kilómetros de distancia, Xenia Vassiliou estaba contratando a un investigador privado para averiguar exactamente qué había pasado en Miconos, y cuánto tiempo llevaba pasando.