CAPÍTULO 9
La Fecha se Adelanta
Xenia Vassiliou notó el cambio en Leonidas antes de tener pruebas concretas de nada, porque las mujeres que han pasado catorce años de su vida estudiando cómo perciben los demás cada matiz de su expresión —porque eso es, en esencia, lo que significa ser modelo profesional desde los dieciséis años— desarrollan, como efecto secundario, una capacidad casi sobrenatural para leer en otros las mismas señales que han aprendido a controlar en sí mismas.
Leonidas llegó del viaje de Miconos distinto. Más callado en los momentos en que antes habría sido simplemente reservado. Más generoso en gestos pequeños —un ramo de flores sin ocasión especial, una llamada de buenas noches que antes solía olvidar— como si estuviera compensando algo que ni siquiera él podía nombrar en voz alta. Y, sobre todo, más distraído, con una distancia en la mirada que Xenia reconocía porque la había visto antes, hacía meses, durante los primeros días después de que Ashley Griffin apareciera en una sala de juntas de Kolonaki.
—¿Cómo estuvo Miconos? —preguntó, una noche, durante una cena que ella misma había organizado en su apartamento, con velas y un vino que Leonidas apenas tocó.
—Productivo. Resolvimos el problema de los cimientos. —¿Solo eso?
—¿Qué más querrías que hubiera pasado, Xenia?
La pregunta salió más defensiva de lo que Leonidas pretendía, y los dos lo notaron. Xenia bajó la copa de vino con un cuidado deliberado, estudiando el rostro de su prometido con la misma atención forense que aplicaba a una campaña fotográfica antes de aprobar la toma final.
—Leonidas. Llevamos catorce meses comprometidos. Sé reconocer cuando algo te preocupa.
—Estoy bien.
—No te he preguntado si estás bien. Te he preguntado qué pasó en Miconos.
Leonidas se quedó en silencio durante un tiempo demasiado largo, y en ese silencio Xenia obtuvo, sin necesidad de ninguna otra confirmación, exactamente la información que llevaba semanas temiendo y sospechando a partes iguales.
No dijo nada esa noche. No lloró, no gritó, no exigió explicaciones, porque Xenia Vassiliou había aprendido, en catorce años de industria de la moda, que las escenas dramáticas se interpretan como debilidad y la debilidad nunca consigue lo que uno realmente quiere. En cambio, esperó hasta que Leonidas se fue, y entonces llamó a la única persona en el mundo que podía ayudarla a resolver este problema con la velocidad que la situación requería: su padre.
—Necesito que la boda se adelante —dijo, sin preámbulos, cuando Spyros Vassiliou contestó el teléfono—. A este verano. Junio, idealmente.
—Xenia, eso es dentro de dos meses. Hay arreglos que tomarían...
—Papá. —Su voz tenía un filo que su padre conocía bien, el mismo filo que la había llevado desde una pasarela en Salónica hasta las portadas de Vogue Europa en menos de cinco años—. Necesito que hables con Elena. Necesito que entre las dos convenzan a Kostas de que adelantar la boda fortalece la posición del proyecto frente a los inversionistas, que demuestra estabilidad, lo que sea. Pero necesito que esto se cierre antes de que se complique más.
—¿Más cómo?
Xenia no respondió a esa pregunta. No necesitaba hacerlo. Su padre, un hombre que había construido su carrera política entera leyendo las preguntas que la gente no hacía en voz alta, entendió perfectamente lo que su hija estaba evitando decir.
—Voy a llamar a Elena por la mañana —dijo finalmente. * * *
La conversación entre Spyros Vassiliou y Elena Lykos tuvo el efecto exacto que Xenia había anticipado. Elena, que llevaba meses deseando ver a su hijo «rehecho» después de la tragedia de Petra, recibió la idea de adelantar la boda con un entusiasmo que no admitía mucha discusión, y se lo presentó a Kostas esa misma noche con argumentos que mezclaban deliberadamente lo emocional con lo estratégico.
—Una boda este verano consolidaría la imagen pública del proyecto frente a los inversionistas —dijo Elena durante la cena—. Y haría feliz a Leonidas. Necesita algo bueno en su vida después de todo lo que ha pasado.
—¿Leonidas está de acuerdo? —preguntó Kostas.
—Leonidas está de acuerdo con todo lo que le proponemos últimamente, sin discutir mucho. Eso debería preocuparte más que tranquilizarte.
Kostas, que conocía a su hijo mejor de lo que cualquiera en esta mesa sospechaba, archivó ese comentario con la misma atención con la que archivaba cualquier dato relevante para una negociación importante.
La llamada llegó a Leonidas al día siguiente, durante una pausa entre reuniones en su oficina de Pireo, con su padre en la línea anunciando, sin pedir realmente su opinión, que la familia había decidido que junio sería una fecha excelente para la boda, considerando el calendario del proyecto y la conveniencia de presentar una imagen de estabilidad frente a los socios americanos.
—¿Junio? —repitió Leonidas, sintiendo que el suelo bajo sus pies, ya inestable desde la noche en Miconos, se sacudía con una violencia adicional que no había anticipado—. Eso es dentro de ocho semanas.
—Tu madre cree que es lo correcto. Spyros está de acuerdo. Y francamente, Leonidas, considerando los rumores que ya circulan en los círculos de sociedad sobre tu... cercanía profesional con la arquitecta americana, una boda pronta resolvería cualquier duda que pudiera surgir sobre tu compromiso con Xenia.
El silencio que siguió en la línea telefónica duró lo suficiente para que Kostas, al otro lado, entendiera que había tocado algo más sensible de lo que pretendía.
—¿Qué rumores, papá?
—Nada concreto todavía. Pero Niki Stathakou ha estado haciendo preguntas. Y esa mujer nunca hace preguntas sin razón.
Leonidas colgó el teléfono pocos minutos después, con la sensación física de estar atrapado entre dos trenes que avanzaban en direcciones opuestas a una velocidad que él ya no podía controlar: por un lado, una boda que ahora tenía fecha concreta, ocho semanas, demasiado pronto para que él pudiera seguir posponiendo indefinidamente la conversación honesta que le debía a Xenia; por el otro, una mujer en Nueva York con quien acababa de redescubrir, en una sola noche, todo lo que había pasado tres años fingiendo haber superado.
Llamó a Xenia esa misma tarde.
—Mi padre dice que la boda es en junio —dijo, sin rodeos, porque algo en él había decidido que ya era momento de dejar de evitar las conversaciones difíciles.
—Lo sé. Hablé con mi padre ayer.
—Tú lo organizaste.
No era una pregunta. Xenia no lo negó.
—Sí.
—¿Por qué, Xenia?
Hubo un silencio en la línea, y cuando Xenia volvió a hablar, su voz había perdido toda la compostura calculada que normalmente la caracterizaba.
—Porque llevo catorce meses esperando que me mires de la misma manera en que te he visto mirar las fotos de ella en tu teléfono cuando crees que no te veo, Leonidas. Porque llevo catorce años enamorada de ti, desde que tenía dieciséis años y Calista me invitó a esta casa por primera vez, y porque estoy completamente harta de competir contra un fantasma. Adelanté la boda porque pensé que, si nos casábamos lo suficientemente rápido, dejaría de importar lo que sintieras por alguien más. Pensé que el compromiso podría convertirse en costumbre, y la costumbre en amor.
Leonidas cerró los ojos. Sintió, por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a la compasión genuina hacia la mujer con la que se había comprometido sin estar realmente seguro de por qué, y al mismo tiempo, la certeza absoluta de que la compasión no era suficiente base para un matrimonio, no más de lo que lo había sido para Despina once años antes.
—Xenia, tenemos que hablar. De verdad hablar. No en ocho semanas, antes de una boda que ya tiene fecha. Ahora. —¿De qué hay que hablar, Leonidas?
—De si esto es justo para ti. De si es justo para cualquiera de los dos.
—No me hagas esto por teléfono.
—No te lo estoy haciendo por teléfono. Te estoy pidiendo que cenemos esta semana, sin nuestras familias, sin nadie más, y que hablemos con honestidad de lo que ambos sabemos pero ninguno de los dos ha dicho en voz alta todavía.
Xenia colgó sin responder. Y Leonidas se quedó sentado en su despacho, con el teléfono todavía en la mano, sabiendo que la conversación que acababa de iniciar era, posiblemente, la más importante de los últimos tres años, y sin tener todavía la menor idea de cómo iba a terminar.