CAPÍTULO 8
Petra
Para entender lo que Leonidas y Ashley habían perdido, y lo que estaban arriesgando al volver a encontrarse, hace falta retroceder casi cuatro años, a una tarde de octubre en que Ashley Griffin, entonces una arquitecta de veintisiete años recién independizada de la sombra de su apellido familiar, llegó a Miconos para evaluar la viabilidad de un hotel boutique de doce habitaciones que Lykos Maritime quería desarrollar como diversificación hacia el turismo de lujo.
No esperaba conocer a Leonidas Lykos en persona. Esperaba reunirse con un equipo de gestión de proyectos, presentar sus credenciales, y volver a Nueva York en cuarenta y ocho horas. En cambio, se encontró con un hombre de treinta y tres años, vestido con ropa de trabajo cubierta de polvo de cantera, discutiendo con un contratista sobre la inclinación de un muro de contención, que se dio la vuelta cuando ella se presentó y la miró con una atención tan completa que Ashley, acostumbrada a que los hombres de negocios la miraran calculando su utilidad antes que su persona, no supo qué hacer con la sensación.
—Usted es la arquitecta de Nueva York —dijo él, en un inglés casi perfecto con apenas un acento.
—Ashley Griffin.
—Leonidas Lykos. —Le tendió la mano, todavía sucia de polvo de cantera, y luego la retiró riendo, avergonzado de un modo que no parecía corresponder en absoluto a la reputación que ella había investigado antes de viajar: la del heredero implacable de una de las navieras más grandes de Europa—. Disculpe. Debería haberme cambiado antes de venir a recibirla.
—Prefiero a la gente que se ensucia las manos con sus propios proyectos —dijo Ashley—. Dice algo sobre el cuidado que pone en los detalles.
Fue el inicio de seis meses de conversaciones que empezaron siendo profesionales y terminaron siendo, sin que ninguno de los dos pudiera precisar el momento exacto del cambio, lo más importante en la vida de ambos. Ashley viajaba a Grecia cada pocas semanas, oficialmente para supervisar el desarrollo del hotel boutique, en realidad para sentarse con Leonidas en terrazas y muelles y restaurantes pequeños de Miconos e Hidra, discutiendo todo desde teoría arquitectónica hasta los defectos exactos de sus respectivos padres, descubriendo en el proceso que se reían de las mismas cosas, que discutían con la misma pasión, y que el silencio entre los dos nunca se sentía vacío.
Se casaron en Hidra, en mayo, en una pequeña iglesia ortodoxa con vistas al puerto, sin testigos más que el sacerdote y la dueña de una pensión local que aceptó firmar como testigo a cambio de una generosa donación para la restauración del campanario. No hubo invitados. No hubo vestido de diseñador, solo un vestido blanco sencillo comprado esa misma mañana en una boutique del pueblo. No hubo nadie de ninguna de las dos familias, porque ambos sabían, sin necesidad de discutirlo, que Kostas Lykos y Richard Griffin —en ese momento todavía negociando los primeros términos de lo que más tarde sería el acuerdo de Punta Helios, y en ese momento todavía desconfiando profundamente el uno del otro como competidores potenciales en el mercado de hospitalidad mediterránea— jamás habrían aprobado esta unión si se les hubiera pedido permiso de antemano.
—Estamos locos —le dijo Ashley a Leonidas cuando el sacerdote terminó la ceremonia, exactamente como le había dicho otra mujer en otra capilla mediterránea, en otra historia que ninguno de los dos conocía pero que, de algún modo extraño, el destino parecía empeñado en repetir.
—Irremediablemente locos —respondió Leonidas, y la besó como si el mundo pudiera empezar a partir de ese momento.
El secreto duró cinco meses. Se rompió no por una filtración a la prensa ni por una investigación de algún rival empresarial, sino por la razón más simple y más antigua del mundo: Ashley quedó embarazada, y a las dieciséis semanas, ya no había forma de seguir escondiéndolo.
Las reacciones de ambas familias fueron, en su momento, devastadoras a su manera particular. Richard Griffin, furioso, acusó a Leonidas de manipular a su hija para conseguir ventaja en las negociaciones de Punta Helios, una acusación que Leonidas nunca consiguió refutar del todo porque ¿cómo se prueba que el amor es real frente a un hombre que ha pasado cuarenta años desconfiando de cualquier cosa que suene demasiado conveniente? Kostas Lykos, por su parte, convocó a Leonidas a una reunión privada en su despacho de Pireo que duró tres horas, en la que el patriarca expuso, con la frialdad metódica de quien ha hecho esto antes —porque lo había hecho, once años antes, con Despina—, todas las razones por las que este matrimonio era un riesgo inaceptable para la empresa.
—Esta vez es diferente —le dijo Leonidas a su padre, en esa reunión que más tarde Leonidas describiría a Ashley, en sus pocas palabras, como «la conversación más difícil de mi vida hasta ese momento»—. Esta vez no voy a anular nada.
—¿Por qué es diferente esta vez? —preguntó Kostas. —Porque hace once años yo todavía no sabía quién era. Ahora sí.
Kostas no respondió de inmediato. Se quedó mirando a su hijo durante un tiempo largo, con una expresión que Leonidas no conseguiría descifrar del todo hasta años después, cuando finalmente entendiera que su padre, en ese momento, estaba viendo no solo a su heredero desafiándolo por primera vez en la vida, sino también, quizás, el fantasma de una decisión que él mismo nunca había terminado de perdonarse del todo.
—Entonces espero que tengas razón —dijo Kostas finalmente—. Porque esta vez, hijo, no voy a intervenir. Pero tampoco voy a salvarte si te equivocas.
Fue, en su manera retorcida y poco efusiva, lo más parecido a una bendición que Kostas Lykos era capaz de ofrecer.
Las dos familias, después de meses de tensión, llegaron a una tregua incómoda que con el tiempo se convirtió en la base sobre la que, mucho más tarde, se construiría el acuerdo de Punta Helios: si sus hijos insistían en unir sus vidas, más valía que las dos familias encontraran la manera de unir también sus negocios, antes de que la competencia entre Lykos Maritime y Griffin Hospitality se volviera tan amarga como para hacer imposible cualquier celebración familiar futura.
Petra Diane Lykos nació un martes de marzo, tres años antes del presente de esta historia, en el Hospital Hygeia de Atenas, después de un embarazo que había transcurrido sin complicaciones visibles, con ecografías perfectas y un peso ideal y una madre que había pasado los últimos meses pintando, con sus propias manos, un mural de olas azules en la habitación del bebé. Lo que ocurrió esa noche, y en los días que siguieron, ya ha quedado contado: el desprendimiento de placenta, la cesárea de emergencia, los cuarenta y tres minutos de un equipo médico intentando lo imposible, y un silencio que Leonidas convirtió, sin saber hacerlo de otra manera, en control absoluto sobre cada detalle del funeral.
No hay manera correcta de escribir sobre lo que sigue a la muerte de un hijo. Ashley, en los meses posteriores, intentaría explicárselo a Lily de muchas formas distintas, ninguna de las cuales conseguiría capturar del todo lo que se sentía: como si el mundo entero hubiera seguido funcionando exactamente igual —los aviones seguían despegando, el café seguía sirviéndose caliente, la gente seguía riéndose de chistes en las terrazas de los cafés de Kolonaki— mientras dentro de ella algo fundamental se había detenido por completo y se negaba a volver a arrancar.
Pidió el divorcio la misma noche del funeral, y Leonidas, fiel a la única manera que conocía de sobrevivir a algo que no podía controlar, no la detuvo. Durante los catorce meses que tomó a los abogados convertir esa petición en papeles firmados, apenas se vieron: un par de llamadas breves sobre trámites, un encuentro incómodo en una notaría de Atenas, silencios largos en los que ninguno de los dos sabía qué decirle al otro sin volver a abrir, en carne viva, todo lo que ambos habían decidido, por separado, que era más fácil no volver a tocar.
El divorcio se firmó, finalmente, en un despacho de abogados de Manhattan, con la misma cordialidad helada con la que se firma cualquier acuerdo cuando las dos partes están demasiado agotadas para pelear por nada más. Ashley volvió a Nueva York. Leonidas se quedó en Atenas. Y durante mucho tiempo, ninguno de los dos visitó la pequeña tumba de Petra en el cementerio de Atenas el mismo día, como si incluso el duelo compartido fuera ya territorio demasiado peligroso para arriesgarse a cruzarlo juntos.
—Nunca te culpé —le dijo Ashley a Leonidas, casi tres años después, en la oscuridad de la habitación de Miconos, la noche que volvieron a estar juntos por primera vez desde el divorcio—. Quiero que sepas eso. Nunca pensé que fuera tu culpa lo que pasó con Petra.
—Lo sé.
—Pero sí te culpé por el silencio. Por dejarme sola con todo eso.
—Lo sé, Ashley. Y he tenido tres años para entender exactamente cuánto daño hice con ese silencio, y para prometerme que, si alguna vez tenía otra oportunidad, no iba a repetir el mismo error.
—¿Y si la tienes? ¿Otra oportunidad?
Leonidas no respondió de inmediato. Pero su silencio, esa vez, era distinto: no la ausencia que ella conocía, sino el peso de alguien que está, por primera vez en años, pensando con cuidado antes de prometer algo que sabe que tendrá que cumplir.
—Entonces voy a ser diferente —dijo finalmente—. Voy a tener que serlo. Porque la versión de mí que dejó que esto se rompiera no merece otra oportunidad. Pero tal vez la versión de mí que ha pasado tres años aprendiendo a vivir con lo que perdimos, sí.
Ninguno de los dos sabía, esa noche, cuánto antes de lo esperado iban a poner esa promesa a prueba.