La esposa que regresó CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Volver a Manhattan

Ashley aterrizó en JFK un domingo por la noche con la sensación física de llevar dos personas distintas dentro del mismo cuerpo: la arquitecta que había resuelto, con una solución de pilotes flotantes, una crisis de cuarenta millones de dólares, y la mujer que había pasado la noche en la cama de su exmarido comprometido mientras la familia de él dormía a unos metros de distancia.

Lily la esperaba en la puerta de llegadas con dos cafés y una expresión que decía, con total claridad, que ya sospechaba lo que había pasado antes de que Ashley dijera una sola palabra.

—No digas nada todavía —dijo Ashley, aceptando el café—. Necesito sentarme primero.

Se sentaron en el coche, en el estacionamiento del aeropuerto, durante casi veinte minutos antes de que Ashley consiguiera reunir las palabras necesarias.

—Pasó —dijo finalmente.

—¿Qué pasó?

—Lily.

—Oh. —Lily cerró los ojos un segundo—. Oh, Ashley. —Lo sé.

—¿Sigue comprometido? —Técnicamente, sí. —¿Y qué va a hacer al respecto? —No lo sé. Dijo que iba a hablar con ella. No sé si lo hizo.

Lily encendió el motor, pero no condujo de inmediato. Se quedó mirando a su hermana con la expresión que reservaba para los momentos en que dejaba de ser la hermana divertida y se convertía, brevemente, en la persona más seria de la familia.

—¿Estás bien?

Era la pregunta que Ashley llevaba todo el vuelo evitando responderse a sí misma.

—No lo sé —dijo—. Me siento como me sentí la primera vez que me casé con él. Como si estuviera haciendo algo irresponsable, imprudente, completamente fuera de carácter para la persona que se supone que soy. Y al mismo tiempo, como si fuera la primera decisión genuinamente honesta que tomo en tres años.

—Esas dos cosas no son mutuamente excluyentes. —Lo sé. Eso es lo que lo hace tan difícil.

* * *

En la casa de los Griffin en Park Avenue, dos días después, Richard Griffin notó el cambio en su hija antes de que ella dijera una sola palabra al respecto, porque Richard Griffin había construido un imperio hotelero leyendo a las personas con la misma precisión con la que otros leían balances financieros, y la persona que tenía sentada frente a él en la mesa del comedor familiar el domingo —distraída, callada, con una sonrisa que aparecía y desaparecía sin razón aparente— no era la hija que él había despedido tres semanas antes con destino a Atenas.

—Punta Helios va bien, según los informes que recibo —dijo Richard, observándola por encima de sus gafas de lectura—. El comité financiero está satisfecho con la solución de los cimientos.

—Va muy bien —dijo Ashley.

—¿Y Lykos? ¿Es un buen socio?

La pregunta colgó en el aire con un peso que Richard no podía haber anticipado, porque Richard Griffin, a diferencia de su esposa Diane, nunca había sido del todo informado sobre los detalles del matrimonio griego de su hija. Sabía que había existido. Sabía que había terminado mal. Sabía, sobre todo, que su hija había vuelto de Grecia hace catorce meses convertida en una versión más callada, más cuidadosa, más amurallada de sí misma, y que él, Richard Griffin, había decidido entonces que su trabajo como padre era proteger ese muro, no derribarlo, sin importar cuánto le costara mantener la boca cerrada cada vez que el nombre Lykos aparecía en una conversación de negocios.

—Es un excelente socio —dijo Ashley—. El proyecto está en buenas manos.

—Me alegra escucharlo. —Richard volvió a sus papeles, y Ashley pensó, durante un momento, que la conversación había terminado. Pero su padre levantó la vista una vez más, con esa mirada directa que ella recordaba de toda su infancia, la mirada de un hombre que sabe leer entre líneas mejor que casi cualquier persona viva—. Ashley. Si alguna vez necesitas hablar de algo más que de cimientos y permisos, sabes que puedes hacerlo.

—Lo sé, papá. —No lo sabes del todo. Pero quiero que lo sepas.

Esa noche, sola en su apartamento de Tribeca, Ashley se sentó frente al ordenador con la intención de redactar un correo de seguimiento sobre el cronograma revisado de la marina, y en cambio se quedó mirando, durante casi una hora, una fotografía guardada en una carpeta que casi nunca abría: ella y Leonidas en la terraza de Villa Selene, hacía casi tres años, durante su luna de miel, con los pies descalzos y las manos entrelazadas y una expresión en ambos rostros que ella ya casi no reconocía porque pertenecía a dos personas que todavía no sabían lo que les esperaba.

Cerró la carpeta sin enviar ningún correo. Y por primera vez en mucho tiempo, en lugar de archivar el recuerdo en el lugar mental donde guardaba todo lo relacionado con Petra y con el final de su matrimonio, se permitió quedarse con él un rato más.