CAPÍTULO 6
La Noche que No Debía Pasar
La crisis llegó, como suelen llegar las crisis importantes, en el peor momento posible.
Un informe geológico independiente, encargado por el comité financiero de Griffin Hospitality como medida de control de riesgos, llegó un jueves por la tarde con una conclusión que amenazaba con paralizar todo el proyecto: la actividad sísmica menor de la zona, combinada con la composición del suelo volcánico, requería un rediseño completo de los cimientos de la marina, un proceso que podía añadir ocho meses y cuarenta millones de dólares al cronograma.
Leonidas convocó a Ashley a Miconos esa misma noche, en el último vuelo disponible desde Atenas, con la urgencia de un hombre que sabía exactamente cuánto estaba en juego: no solo el proyecto, sino la confianza de los inversionistas, la paciencia del comité financiero americano, y la cordura de un equipo de ingeniería que llevaba doce horas seguidas intentando encontrar una solución que no implicara empezar de cero.
Trabajaron hasta la medianoche en el despacho de Kostas —vacío esa noche, porque sus padres estaban en Atenas para una gala de caridad— con planos esparcidos sobre cada superficie disponible, calculadoras estructurales abiertas en tres pantallas distintas, y una tensión que no era solo profesional sino que tenía, debajo de la urgencia técnica, una corriente eléctrica que ninguno de los dos podía seguir ignorando.
—Aquí —dijo Ashley finalmente, después de horas de cálculos, señalando una solución en el plano que nadie en la sala había propuesto todavía—. Si rediseñamos la cimentación con pilotes flotantes en lugar de cimentación rígida, absorbemos el movimiento sísmico sin necesidad de excavar más profundo. Es una técnica que usamos en un proyecto en Indonesia.
Leonidas estudió el plano durante un minuto entero, en silencio, y luego levantó la vista hacia ella con una expresión que Ashley reconoció de inmediato porque la había visto antes, años atrás, en momentos muy distintos a este: admiración pura, sin filtro, sin la cautela profesional que ambos habían estado cultivando durante semanas.
—Eres extraordinaria —dijo él, en voz baja, como si la frase se le hubiera escapado antes de que pudiera decidir si debía decirla.
—Es solo ingeniería, Leonidas.
—No me refiero solo a la ingeniería.
El equipo de ingenieros, agotado, se retiró poco después de la una de la madrugada, dejando a Leonidas y a Ashley solos en el despacho con los planos rediseñados, una botella de agua mineral con gas que ninguno de los dos había tocado, y el silencio particular de una casa grande donde todos los demás duermen.
—Lo salvaste —dijo Leonidas, finalmente, recogiendo los planos con un cuidado que parecía dirigido a algo más que al papel—. El proyecto. Otra vez.
—Lo salvamos los dos.
—No. —Se acercó a ella, lo suficiente para que Ashley sintiera el calor de su cuerpo aunque no se tocaran—. Tú lo salvaste. Como siempre lo has hecho. Como salvaste el diseño del hotel en Miconos hace tres años cuando todos los demás decían que era imposible. Eres la persona más capaz que he conocido en mi vida, Ashley, y lo más aterrador de todo esto no es lo que siento por ti. Es darme cuenta de que nunca dejé de sentirlo, ni un solo día, ni siquiera cuando estaba firmando los papeles del divorcio, ni siquiera cuando le pedí matrimonio a Xenia con la esperanza absurda de que hacerlo en voz alta lo convertiría en verdad.
Ashley sintió que algo se rompía dentro de ella, no con dolor sino con un alivio que no había anticipado.
—No deberías decirme eso.
—Probablemente no.
—Estás comprometido.
—Lo sé.
—Leonidas.
—Dime que pare —dijo él, sin moverse, sin acortar la distancia que todavía los separaba, dejando la decisión completamente en sus manos de una manera que él nunca había hecho antes, ni siquiera al principio de su historia, cuando todo era más simple—. Dime que pare, y voy a parar, y vamos a terminar este proyecto como colegas, y voy a casarme con Xenia en otoño, y vamos a fingir, durante el resto de nuestras vidas, que esta conversación nunca ocurrió.
Ashley no dijo que parara.
Lo que dijo, en cambio, con una claridad que la sorprendió incluso a ella misma, fue:
—Llevo tres años fingiendo que dejé de quererte, Leonidas. Y estoy muy cansada de fingir.
Lo que pasó después no fue, en ningún sentido razonable, una decisión calculada. Fue la consecuencia inevitable de tres años de silencio acumulado, de seis semanas de cenas de trabajo que se prolongaban más de lo necesario, de una historia que ninguno de los dos había logrado cerrar del todo aunque ambos hubieran firmado los papeles correspondientes. Leonidas la besó primero, o quizás fue ella, ninguno de los dos pudo después reconstruir con exactitud quién dio el primer paso, porque el primer paso real lo habían dado hacía mucho tiempo, en una capilla improvisada en Hidra, y todo lo que vino después —el divorcio, el silencio, el compromiso con otra mujer, esta noche en el despacho de Kostas Lykos con los planos de Punta Helios todavía esparcidos sobre el escritorio— había sido, de algún modo retorcido, solo la distancia que el destino necesitaba para asegurarse de que, cuando finalmente volvieran a encontrarse, ninguno de los dos tuviera ninguna duda de lo que sentía.
Subieron a la habitación de Leonidas en la planta alta de la casa principal —no la habitación que él compartía oficialmente con nadie, sino su propio cuarto de soltero, conservado desde antes de su matrimonio con Ashley, un espacio que de algún modo había quedado congelado fuera del tiempo, igual que ellos— y ahí, lejos del despacho, lejos de los planos, lejos de toda la lógica empresarial que llevaba semanas conteniéndolos, se permitieron, por primera vez en casi tres años, dejar de fingir.
No hubo palabras sofisticadas. No hubo ninguna declaración formal sobre lo que esto significaba para el futuro, para el proyecto, para Xenia, para las dos familias que llevaban meses construyendo un imperio conjunto sobre los cimientos volcánicos de una península que ninguno de los dos podía mirar ya sin pensar en el otro. Solo hubo el reconocimiento mutuo, físico y absoluto, de dos personas que se habían pasado tres años fingiendo ser extraños y que, en el espacio de una noche, recordaron exactamente cómo era no fingir nada en absoluto: las manos de Leonidas recorriendo la espalda de Ashley con la misma atención reverente con la que estudiaba los planos de un edificio que le importaba de verdad, la respiración de ella entrecortándose contra el cuello de él, los dos cuerpos reconociéndose en la oscuridad con una familiaridad que ningún divorcio había logrado borrar del todo.
Después, mucho después, cuando la habitación estaba en silencio y la luna entraba a través de las cortinas a medio cerrar, Ashley se quedó tumbada con la cabeza apoyada en el pecho de Leonidas, escuchando el ritmo lento de su corazón, y pensó que debería sentirse culpable, que debería estar calculando ya los daños, las consecuencias, la manera de explicar esto a Lily, a su padre, a sí misma.
En cambio, lo único que sintió fue algo parecido a la paz, peligrosa y temporal, de saber exactamente dónde estaba y con quién, después de tres años de no estar completamente segura de ninguna de las dos cosas.
—Esto cambia todo —dijo Leonidas en la oscuridad, repitiendo, sin saberlo, palabras casi idénticas a las que él mismo había dicho hacía años, en otra carretera, frente a otra noticia que había cambiado el curso de sus vidas.
—Lo sé —dijo Ashley.
—¿Qué hacemos ahora?
—No lo sé. Pero sé que no podemos seguir fingiendo que esto fue un error. No lo fue.
Afuera, el Egeo seguía su ritmo eterno contra las rocas de Miconos, indiferente a los compromisos rotos, a los proyectos millonarios, a las familias que negociaban alianzas como si el amor pudiera incluirse en una cláusula contractual. Y en algún lugar de Atenas, sin saberlo todavía, Xenia Vassiliou dormía con el teléfono junto a la almohada, sin sospechar que la noche que acababa de pasar iba a poner en marcha una cadena de acontecimientos que ninguno de los involucrados, ni siquiera ella, sería capaz de controlar.