CAPÍTULO 5
Los Planos de Punta Helios
Las semanas que siguieron adquirieron un ritmo que Ashley nunca habría podido predecir y que, en retrospectiva, era exactamente el tipo de rutina peligrosa que destruye matrimonios y reconstruye los que ya están rotos: reuniones de coordinación tres veces por semana, videollamadas a las siete de la mañana hora de Nueva York para sincronizar con la tarde ateniense, correos electrónicos sobre especificaciones técnicas que, en algún punto entre el quinto y el sexto intercambio, empezaban a tener un tono que ningún manual de comunicación corporativa habría aprobado.
«Los cálculos de carga del ala este no cierran con el nuevo diseño del spa», escribió Ashley un martes a las once de la noche, hora de Atenas, sabiendo que Leonidas seguramente seguía despierto porque siempre había sido así, un hombre que dormía poco y trabajaba mucho y que una vez, hacía años, se había quedado despierto toda la noche con ella simplemente para que no tuviera que enfrentar sola un insomnio causado por las náuseas del embarazo.
«Llámame», respondió él en menos de tres minutos.
Hablaron durante cuarenta y cinco minutos sobre cargas estructurales y, en algún momento entre el minuto veinte y el minuto treinta, sobre nada en absoluto: sobre el restaurante nuevo que había abierto en su antiguo barrio de Kolonaki, sobre el libro que ella estaba leyendo, sobre una broma que solo los dos entendían porque la habían inventado juntos hacía años, en otra vida, cuando todavía se reían sin que les doliera.
Esto se repitió, con variaciones, durante seis semanas.
Ashley volaba a Atenas cada diez o doce días, oficialmente para reuniones de coordinación, oficialmente porque el proyecto lo requería, oficialmente por razones que Greg Adler aceptaba sin cuestionar porque, después de todo, era exactamente lo que él mismo había recomendado al inicio: una colaboración estrecha entre los dos lados del joint venture. Lo que Greg Adler no sabía —lo que nadie en Griffin Hospitality Group sabía, excepto Lily, que recibía actualizaciones cada vez más detalladas y cada vez más preocupantes vía mensaje de texto— era que cada uno de esos viajes terminaba con Ashley y Leonidas cenando juntos «por razones de trabajo» en restaurantes pequeños donde nadie de la prensa de sociedad ateniense solía aparecer, conversando hasta tarde sobre temas que tenían cada vez menos que ver con Punta Helios y cada vez más con todo lo demás.
Xenia, mientras tanto, no estaba ciega.
—Has estado distinto —le dijo a Leonidas una noche, después de una cena con sus padres en la que él había contestado tres mensajes de Ashley sobre el cronograma de excavación mientras pretendía no hacerlo—. Más distante.
—Hay mucho trabajo, Xenia. El proyecto es enorme. —El trabajo no te hace mirar el teléfono así.
Leonidas guardó el teléfono. Era la primera vez en semanas que reconocía, aunque fuera solo para sí mismo, que Xenia tenía razón sobre algo que él se había estado negando a admitir. —Lo siento —dijo—. Tienes razón. Voy a ser más cuidadoso.
No especificó con qué iba a tener más cuidado: con su teléfono, o con sus sentimientos. Xenia tampoco preguntó, porque parte de ella —la parte que llevaba catorce meses construyendo una relación sobre la esperanza en lugar de sobre la certeza— prefería no escuchar la respuesta completa.
* * *
A finales de abril, durante una sesión de trabajo en las oficinas de Lykos Maritime en Pireo, Ashley y Leonidas pasaron cuatro horas seguidos revisando los planos estructurales del ala principal del resort, solos en una sala de reuniones con las paredes de cristal cubiertas de planos impresos, café frío en vasos olvidados, y una proximidad física que ninguno de los dos mencionó pero que ambos sentían en cada momento de la tarde como una corriente eléctrica de bajo voltaje que recorría toda la habitación.
—Aquí —dijo Ashley, señalando un punto en el plano donde la cimentación necesitaba reforzarse debido a una falla geológica menor identificada en el estudio de suelo—. Si no ajustamos esto, el ala del spa va a tener problemas de asentamiento en quince años.
Leonidas se inclinó sobre el plano, lo suficientemente cerca para que Ashley pudiera notar que todavía usaba la misma colonia, un detalle absurdo y devastador que llevaba semanas notando y tratando de ignorar.
—¿Cuánto costaría el refuerzo? —preguntó él, sin levantar la vista del plano.
—Dos millones, aproximadamente. Pero te ahorra quince en reparaciones futuras.
—Hazlo.
—Ni siquiera lo discutiste con el comité financiero. —Confío en tu criterio, Ashley. Siempre lo he hecho.
Ella levantó la vista del plano. Él ya la estaba mirando, y por una vez, ninguno de los dos apartó la mirada de inmediato.
—Leonidas.
—¿Sí?
—Esto se está volviendo difícil.
—Lo sé.
—No me refiero al proyecto.
—Lo sé, Ashley. —Se enderezó, alejándose un paso del plano, de ella, con el esfuerzo visible de un hombre que está reconstruyendo una pared que había empezado a derrumbarse—. ¿Qué quieres que haga?
Era una pregunta honesta. No retórica. La pregunta de un hombre que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía un plan preestablecido, ningún protocolo corporativo que aplicar a la situación, ninguna estrategia heredada de su padre que le dijera exactamente qué movimiento hacer a continuación.
—No lo sé —admitió Ashley—. Pero sé que no puedo seguir fingiendo que esto es solo trabajo, y tampoco puedo pedirte que rompas tu compromiso por mí, porque no tengo ningún derecho a pedirlo, y porque ni siquiera sé si es eso lo que quiero.
—¿Qué es lo que quieres?
—Quiero terminar de construir Punta Helios sin destruir todo lo demás en el proceso. Y no sé si eso es posible.
Leonidas guardó silencio durante un tiempo largo, mirando los planos esparcidos sobre la mesa, el diseño completo del resort que Ashley había imaginado tres años antes sin saber que terminaría construyéndolo junto al hombre que, según todas las métricas razonables, debería ser la última persona en el mundo con quien debería estar pasando tantas horas a solas.
—Voy a hablar con Xenia —dijo finalmente.
—¿Para decirle qué?
—Todavía no lo sé. Pero le debo, como mínimo, honestidad sobre lo que está pasando dentro de mí, aunque todavía no esté seguro de qué es exactamente. Merece eso. Y tú también la mereces.
Ashley no respondió de inmediato. Sintió, al mismo tiempo, alivio y terror, dos emociones que llevaba semanas experimentando en una proporción que nunca antes había considerado posible.
—No hagas nada por mí —dijo finalmente—. Hazlo por ti. Hazlo porque es lo correcto, no porque crees que es lo que yo necesito escuchar.
—Es lo correcto, Ashley. Eso es exactamente lo que estoy intentando decirte.
Esa noche, Leonidas no habló con Xenia. Se quedó hasta tarde en su oficina, revisando los mismos planos que había revisado con Ashley horas antes, sin conseguir concentrarse en una sola línea, pensando en una conversación que sabía que tenía que tener y que, por primera vez en su vida adulta, no sabía cómo empezar.