CAPÍTULO 4
La Sombra de Despina
La inspección del terreno de Punta Helios tomó todo el sábado: un recorrido en lancha por la costa rocosa de la península, mediciones, conversaciones técnicas sobre la profundidad necesaria para el dragado de la marina, fotografías aéreas con dron que Ashley revisaba en su tablet mientras el viento le revolvía el cabello y, durante un par de horas, le permitía olvidar que el hombre que pilotaba la lancha personalmente —porque a Leonidas Lykos le gustaba pilotar sus propias lanchas, otra cosa que Ashley recordaba con una claridad dolorosa— era la misma persona con la que había compartido una conversación inacabada la noche anterior.
El domingo, sin embargo, llegó con una cena que nadie le había anunciado a Ashley de antemano, y que cambió por completo la temperatura del fin de semana.
—Hemos invitado a algunos socios para esta noche —le dijo Elena durante el almuerzo, con la ligereza de quien menciona algo sin importancia—. Gente del sector naviero y de seguros. Será una buena oportunidad para que conozcas a más gente del ecosistema con el que vas a trabajar.
Ashley no pensó nada en particular hasta que, esa noche, vio entrar en la terraza de Villa Selene a una mujer alta, de unos treinta y ocho años, vestida con una elegancia discreta que no necesitaba ningún esfuerzo visible, con el cabello oscuro recogido en un moño bajo y unos ojos castaños que recorrieron la terraza con la precisión calmada de alguien acostumbrada a entrar en habitaciones llenas de gente que conoce su historia.
—Despina —dijo Elena, con un cariño genuino que sorprendió a Ashley—, qué alegría que pudieras venir.
La mujer se llamaba Despina Karydi, y Ashley lo supo —lo supo con la certeza instantánea de un cuerpo que reconoce el peligro antes de que la mente tenga tiempo de procesarlo— antes incluso de que Leonidas se acercara, con una expresión cuidadosamente neutral, y dijera:
—Ashley, te presento a Despina Karydi. Dirige una de las correduras de seguros marítimos más importantes de Atenas. Despina, esta es Ashley Griffin, la arquitecta principal de Punta Helios.
Las dos mujeres se estrecharon la mano. La de Despina era firme, profesional, sin ninguna calidez fingida pero tampoco con hostilidad.
—Un placer —dijo Despina—. He visto los renders del proyecto. Es un trabajo extraordinario.
—Gracias —dijo Ashley.
No fue hasta más tarde esa noche, cuando Calista la encontró sola junto a la piscina, lejos del bullicio de la cena, que Ashley obtuvo el contexto completo que necesitaba.
—¿Sabes quién es Despina? —preguntó Cali, sentándose a su lado con dos copas de vino que probablemente no debería estar repartiendo con tanta liberalidad considerando que una de las dos mujeres en cuestión estaba, técnicamente, embarazada de nadie todavía pero procesando suficiente información como para necesitar algo más fuerte que agua.
—No tengo idea —dijo Ashley—. ¿Debería?
Cali bajó la voz, mirando por encima del hombro hacia la terraza donde Kostas conversaba animadamente con un grupo de ejecutivos navieros.
—Despina fue la primera esposa de Leonidas.
Ashley sintió que el vino en su copa se volvía extrañamente pesado en su mano.
—¿Qué?
—Hace once años. Estuvieron casados cuatro meses. Fue... complicado. —Cali bajó aún más la voz—. Mi padre lo arregló todo para zanjar un litigio entre Lykos Maritime y Karydi Shipping Insurance, la empresa del padre de Despina. Un matrimonio de conveniencia, básicamente. Pero según mi madre, que estuvo ahí desde el principio, Leonidas se enamoró de verdad, muy rápido, de una manera que nadie esperaba de un acuerdo de negocios.
—¿Y qué pasó?
—Mi padre descubrió que el padre de Despina estaba negociando en secreto con un competidor, una traición que podría haberle costado a Lykos Maritime un contrato fundamental. Exigió la anulación inmediata. Leonidas tenía veintiséis años, no era todavía el dueño de la empresa, y todavía no había aprendido a decirle no a mi padre.
Ashley miró hacia la terraza, donde Despina conversaba ahora con Elena con una soltura que sugería años de relación cordial pese a todo lo demás, y sintió que algo en la historia que había construido sobre Leonidas —el hombre fuerte, controlado, capaz de cualquier cosa excepto la vulnerabilidad— se reorganizaba de un modo incómodo.
—¿Y siguen siendo... amigos? —preguntó Ashley, sin saber exactamente qué palabra usar.
—No diría amigos. Diría que ambos decidieron, después de mucho tiempo, que odiarse no servía para nada, y que las familias en este mundo siempre vuelven a cruzarse de todos modos. Despina sigue siendo una de las correduras de seguros preferidas de la naviera. Es buena en su trabajo. Y creo... —Cali dudó— creo que mi hermano siempre ha sentido algo parecido a la culpa por cómo terminó todo. No estoy segura de si es culpa por ella, o culpa por sí mismo, por no haber peleado más por algo en lo que creía.
Ashley pensó en esa frase durante el resto de la noche, mientras observaba a Leonidas desde lejos, conversando con inversionistas, sonriendo en el momento exacto en que se esperaba que sonriera, asintiendo con la cabeza en el momento exacto en que se esperaba que asintiera. Un hombre que había aprendido, a los veintiséis años, que el amor podía ser anulado con la misma facilidad con la que se anulaba un contrato, si la persona equivocada decidía que el costo era demasiado alto.
¿Era eso lo que le esperaba a ella? ¿Era eso lo que ya le había pasado, tres años atrás, cuando el silencio de Leonidas después de la muerte de Petra se había sentido exactamente como una anulación silenciosa de todo lo que habían construido?
—Ashley.
La voz de Despina la sacó de sus pensamientos. La mujer se había acercado sin que Ashley la notara, y ahora se sentaba en la silla que Cali había desocupado minutos antes para ir a buscar más vino.
—Despina.
—Sé lo que estás pensando —dijo Despina, sin rodeos, mirando hacia el mar en lugar de hacia Ashley, como si fuera más fácil decir lo que venía a continuación sin tener que sostener contacto visual—. Estás pensando que soy una amenaza, o un fantasma, o quizás solo una curiosidad incómoda de un pasado que no te concierne.
—Algo así —admitió Ashley.
—No soy ninguna de las tres cosas. —Despina giró finalmente la cabeza, y sus ojos castaños tenían una calma que Ashley no esperaba—. Soy, simplemente, alguien que sabe exactamente lo que cuesta amar a un hombre de esta familia, y exactamente cuánto puede llegar a costar.
—¿Por qué me dices esto?
—Porque alguien debería decírtelo, y porque sospecho, por la manera en que Leonidas te miraba durante la cena cuando creía que nadie lo notaba, que tú vas a necesitar saberlo antes de que termine este proyecto. —Despina se levantó, recogiendo su copa intacta—. Kostas Lykos ama a su hijo más que a nada en el mundo. Y también ama el negocio familiar más que a nada en el mundo. El problema, Ashley, es que esas dos cosas no siempre coinciden, y cuando no coinciden, él siempre, *siempre*, eligió la empresa. Yo lo aprendí de la manera más dura posible. Espero, sinceramente, que tú no tengas que aprenderlo de la misma forma.
Se fue antes de que Ashley pudiera responder, dejándola junto a la piscina con una copa de vino que de pronto le parecía completamente insuficiente para el peso de lo que acababa de escuchar, y la primera certeza clara, definida, innegable de todo el fin de semana: esto no era solo sobre si ella y Leonidas todavía se amaban. Era sobre si ese amor, si llegaba a renacer, podría sobrevivir a una familia que había demostrado, una vez, que estaba dispuesta a sacrificarlo en nombre de algo que consideraban más importante.
La pregunta la siguió de vuelta a Atenas al día siguiente, y no la dejó en paz durante mucho tiempo.