CAPÍTULO 3
Miconos
El helicóptero de Lykos Maritime aterrizó en la finca familiar de Miconos un viernes por la tarde, con Ashley, Greg Adler y dos ingenieros de estructuras a bordo, para lo que el itinerario oficial llamaba «fin de semana de coordinación técnica intensiva» y que Ashley, en privado, ya había empezado a llamar «el fin de semana que va a terminar conmigo».
La finca no había cambiado. Eso era lo peor. La casa principal, blanca y baja contra el azul imposible del cielo cicládico, con la piscina infinita que parecía derramarse directamente hacia el mar Egeo, los olivos centenarios que Elena Lykos cuidaba personalmente, la terraza donde Ashley había pasado, hacía toda una vida, una luna de miel de tres días que había sido, hasta este preciso momento, el periodo más feliz de su existencia adulta.
—Es precioso —dijo Greg Adler, bajando del helicóptero con la torpeza de alguien que nunca ha viajado en uno—. ¿Has estado aquí antes?
—Una vez —dijo Ashley.
No mencionó que había sido su luna de miel. No mencionó que la última vez que había caminado por ese mismo sendero de piedra hacia la casa principal, llevaba un vestido de novia improvisado comprado en una boutique de Hidra cuarenta y ocho horas antes, y que Leonidas la había llevado en brazos los últimos veinte metros porque se había torcido el tobillo en las rocas y se había reído tanto que las lágrimas le habían corrido maquillaje abajo.
Leonidas los esperaba en la entrada de la casa, vestido con la ropa informal que solo se permitía en Miconos —una camisa de lino abierta en el cuello, pantalones claros, los pies descalzos sobre la piedra caliente—, y durante un instante, antes de que su rostro se reorganizara en la expresión profesional que la ocasión requería, Ashley vio algo en sus ojos que reconoció de inmediato porque lo había visto antes, en esta misma casa, hacía años: el reconocimiento físico, instintivo, de alguien que está viendo a la persona que ama en el lugar donde fueron, brevemente, más felices de lo que ninguno de los dos había vuelto a ser desde entonces.
—Bienvenidos a Villa Selene —dijo Leonidas, y el momento se cerró tan rápido como se había abierto—. Mis padres están deseando recibirlos. Cenaremos en la terraza esta noche, y mañana empezamos temprano con la inspección del terreno.
Elena Lykos salió a recibirlos con los brazos abiertos y esa calidez genuina que hacía que fuera imposible odiarla incluso cuando uno sabía, como sabía Ashley, que era la principal arquitecta del compromiso que estaba destrozándole el estómago desde hacía cuatro días.
—Ashley —dijo Elena, tomándole las manos con una efusividad que no parecía calculada en absoluto—. Qué alegría tenerte de vuelta en esta casa.
Había algo en la forma en que lo dijo —«de vuelta», no «aquí», como si reconociera, sin decirlo abiertamente, que esta no era la primera vez que Ashley cruzaba ese umbral— que hizo que Ashley se preguntara cuánto sabía realmente Elena Lykos, y cuánto fingía no saber por el bien de la paz familiar.
—Gracias por la hospitalidad —dijo Ashley, eligiendo cuidadosamente las palabras más neutras posibles.
—Kostas está en el despacho, terminando una llamada con Singapur —continuó Elena, como si no hubiera notado nada extraño en el intercambio—. Estará encantado de hablar contigo sobre los cimientos de la marina. Es lo único de lo que ha hablado en esta casa durante semanas.
La cena de esa noche en la terraza fue, en opinión de Ashley, una de las experiencias más surrealistas de su vida adulta, y eso incluía un divorcio internacional y un funeral infantil. Kostas Lykos presidía la mesa con la autoridad natural de un hombre que había construido un imperio naviero desde un solo barco de carga heredado de su padre, hablando de cronogramas de excavación y permisos medioambientales con la misma pasión con la que otros hombres hablaban de fútbol. Greg Adler, completamente ajeno a la corriente subterránea que recorría la mesa, hacía preguntas entusiastas sobre la logística del puerto. Los dos ingenieros de estructuras comparaban notas sobre la composición del suelo volcánico de Punta Helios. Y Leonidas, sentado al otro extremo de la mesa de Ashley —demasiado lejos para conversación íntima, demasiado cerca para que ella pudiera olvidar que estaba ahí—, mantenía una conversación profesional impecable mientras, cada cierto tiempo, sus ojos se cruzaban con los de ella durante el tiempo exacto que se necesita para reconocer algo sin llegar a confirmarlo.
—Ashley —dijo Kostas en un momento, durante el segundo plato, con esa atención total que dirigía hacia cualquier cosa que considerara importante—, Leonidas me dice que el sistema híbrido de energía que ha diseñado para Punta Helios es el primero de su tipo en las islas griegas.
—El primero a esta escala, sí —dijo Ashley—. Combina generación solar, eólica marina y un sistema de intercambio térmico con el agua del mar para climatización. Reduce el consumo energético del resort en un sesenta y cinco por ciento comparado con un desarrollo convencional de este tamaño.
—Impresionante. —Kostas la observó con algo parecido a la curiosidad genuina, lo cual sorprendió a Ashley más de lo que esperaba—. Mi hijo siempre tuvo buen ojo para reconocer talento.
Hubo un silencio brevísimo en la mesa. Ashley no estaba segura de si la frase había sido un cumplido inocente o una prueba calculada, una manera de Kostas de decir, en el lenguaje codificado de los patriarcas que nunca dicen nada directamente, *sé exactamente quién eres y sé exactamente lo que esto significa, y estoy decidiendo en este momento cuánto voy a permitir que importe.*
—Gracias, señor Lykos —dijo Ashley finalmente, sin apartar la mirada.
—Kostas —corrigió él—. Vamos a estar trabajando juntos los próximos meses. No hace falta tanta formalidad.
Fue lo más cercano a una bienvenida que Kostas Lykos le ofreció esa noche, y Ashley, que había pasado dos años de matrimonio intentando ganarse el respeto de ese hombre sin conseguirlo del todo, lo archivó con la misma atención con la que archivaba cualquier dato estructural importante: información que necesitaría más tarde, aunque todavía no supiera exactamente para qué.
* * *
Después de la cena, cuando Greg Adler y los ingenieros se habían retirado a sus habitaciones de invitados y Kostas y Elena se habían despedido para la noche, Ashley se quedó sola en la terraza durante unos minutos, mirando el mar negro bajo la luna, antes de darse cuenta de que no estaba sola.
—Pensé que ya te habrías ido a dormir —dijo Leonidas, apareciendo desde la oscuridad del jardín con dos vasos de agua mineral con gas, el mismo gesto absurdo y entrañable que había hecho hace años en una habitación de hotel en Hidra cuando ella no podía beber alcohol y él se había negado a brindar con cualquier otra cosa que no fuera lo mismo que ella bebía.
Ashley aceptó el vaso sin decir nada. Sus dedos se rozaron durante una fracción de segundo, y ambos lo sintieron, y ninguno de los dos lo mencionó.
—Tu padre me dio la bienvenida más cálida que me ha dado nunca —dijo ella finalmente.
—Mi padre está reconsiderando muchas cosas últimamente. —¿Como qué?
Leonidas se apoyó en la barandilla, mirando el mismo mar que ella había estado mirando.
—Como si comprometer a su único hijo con la hija de un político por razones de conveniencia fue la decisión más inteligente que ha tomado en su vida, o la más estúpida.
Ashley sintió que el corazón le daba un vuelco que no debería haberle dado.
—¿Y tú qué crees?
—Creo —dijo Leonidas, después de un silencio que pesó más que cualquier palabra— que llevo catorce meses intentando convencerme de algo que dejó de ser verdad el día que entraste en esa sala de juntas, si alguna vez llegó a serlo del todo.
—No deberías decirme eso.
—Lo sé.
—Estás comprometido.
—Lo sé, Ashley.
Era la primera vez, desde la reunión en Atenas, que él decía su nombre sin el apellido de cortesía profesional, y el sonido de esa única sílaba —*Ashley*, sin más, como solía decirlo cuando dormían en la misma cama y ella era simplemente la persona que él amaba y no la arquitecta del proyecto más importante de su empresa— le dolió de un modo que no tenía relación con la ira ni con la traición ni con ninguna de las emociones razonables que debería estar sintiendo.
—Tenemos que trabajar juntos durante los próximos seis meses —dijo ella, intentando recuperar el terreno profesional que sentía deslizarse bajo sus pies como la arena volcánica de Punta Helios—. Eso significa que tenemos que encontrar una manera de estar en la misma habitación sin que esto —señaló el espacio entre los dos, el aire cargado de toda la historia que compartían— se convierta en un problema.
—¿Y cómo propones que lo hagamos?
—No lo sé —admitió Ashley—. Pero sé que no podemos seguir teniendo conversaciones como esta, en terrazas, de noche, con tu prometida durmiendo a cien metros de aquí.
Leonidas no respondió de inmediato. Miró el vaso de agua mineral en su mano, las burbujas subiendo lentas hacia la superficie, y Ashley reconoció el gesto: era exactamente lo que hacía cuando estaba decidiendo si decir algo que sabía que no debería decir.
—Tienes razón —dijo finalmente—. Buenas noches, Ashley.
Se fue antes de que ella pudiera responder, dejándola sola en la terraza con dos vasos de agua mineral —el suyo y el de él, que no había terminado—, el mar negro extendiéndose hacia un horizonte que ninguno de los dos podía ver con claridad todavía, y la certeza incómoda de que «tienes razón» y «voy a comportarme en consecuencia» eran, lamentablemente, dos frases muy distintas que él todavía no había aprendido a pronunciar juntas.
Esa noche, Ashley no pudo dormir. Se quedó tumbada en la cama de la habitación de invitados —no la habitación principal, gracias a Dios, no esa habitación, esa con el balcón que daba directamente al lugar donde una vez habían bailado descalzos a las tres de la mañana sin música, solo el sonido del mar— escuchando el viento mover los olivos centenarios del jardín, y pensando que tal vez Lily tenía razón, y que la pregunta correcta nunca había sido si todavía quería a Leonidas Lykos, sino qué estaba dispuesta a hacer al respecto, ahora que la respuesta ya no podía seguir escondiéndose detrás de un océano de seis mil kilómetros.