CAPÍTULO 2
Comprometido
Lily Griffin contestó al tercer tono, con la voz acelerada de alguien que lleva todo el día esperando una llamada.
—Cuéntame que fue espantoso —dijo sin saludar—. Cuéntame que se le cayó el café encima a algún ejecutivo griego y que ahora todos te respetan por tu sangre fría.
—Fue peor que eso —dijo Ashley. Estaba sentada en el balcón de su habitación en el Grande Bretagne, con la plaza Síntagma iluminándose abajo a medida que la tarde se convertía en noche, una copa de vino blanco intacta sobre la mesa porque no estaba segura de que su estómago pudiera soportar nada en ese momento—. Leonidas es la contraparte griega.
Hubo un silencio al otro lado de la línea que duró exactamente el tiempo que Lily necesitó para procesar la frase.
—¿Leonidas, Leonidas? ¿*Tu* Leonidas?
—No es mi Leonidas. No lo ha sido en mucho tiempo. —Ashley.
—¿Qué?
—¿Estaba ahí cuando entraste a la sala?
—Estaba sentado al otro lado de la mesa con su prometida agarrándole el brazo.
El silencio esta vez fue distinto. Más largo. Más cargado. —¿Su qué?
Ashley cerró los ojos. Decirlo en voz alta lo hacía más real de un modo que no había anticipado.
—Se llama Xenia Vassiliou. Es modelo. Es la mejor amiga de su hermana. Y por cómo la presentó —«asesora de relaciones institucionales»— y por cómo todos en la sala evitaron mirarme cuando ella tocó el brazo de Leonidas, deduzco que es información de dominio público en Atenas y que yo soy la última persona en enterarse.
—¿Está comprometido?
—Comprometido. Con anillo. Con fecha, probablemente, aunque eso todavía no lo sé.
—Joder, Ashley.
—Sí.
—¿Cómo te sientes?
Era la pregunta que Ashley había estado evitando hacerse a sí misma durante las últimas seis horas, desde que había salido de la sala de juntas con la sensación de haber sobrevivido a un terremoto sin entender todavía cuántos edificios se habían caído. Se llevó la mano al colgante de zafiro bajo la blusa, el gesto reflejo que hacía desde niña cuando necesitaba pensar con claridad.
—Furiosa —dijo finalmente—. Y eso es lo que más me asusta, porque no tengo ningún derecho a estar furiosa. Nos divorciamos. Él puede comprometerse con quien quiera. Yo podría haberme comprometido con quien quisiera y él no habría tenido ningún derecho a sentir nada al respecto.
—Pero lo habría sentido.
—Probablemente.
—Y tú lo sientes ahora.
Ashley no respondió. No necesitaba hacerlo. Lily la conocía desde que ambas eran niñas correteando por los jardines de la finca de los Hamptons, desde antes de que existiera Leonidas Lykos, desde antes de que existiera Petra, desde antes de que existiera todo lo que había convertido a Ashley en la mujer que ahora estaba sentada sola en un balcón en Atenas fingiendo que una copa de vino blanco podía resolver algo.
—¿Vas a poder trabajar con él? —preguntó Lily, esta vez con la voz seria que reservaba para cuando dejaba de bromear de verdad.
—Tengo que hacerlo. Es el proyecto más grande de la historia de Meridian. Si me retiro ahora, no solo pierdo Punta Helios. Pierdo la credibilidad de la firma frente a papá, frente a la junta de Griffin Hospitality, frente a todos los que dijeron que no iba a poder construir nada sin el apellido de la familia detrás. —Hizo una pausa—. Y, Lily, hay algo más.
—¿Qué?
Ashley miró las luces de Atenas extendiéndose hacia las colinas, hacia la Acrópolis iluminada en la distancia como un recuerdo de algo más antiguo y más permanente que cualquier matrimonio o cualquier compromiso.
—El proyecto se llama Punta Helios. Yo elegí ese nombre hace dos años, antes de saber que Lykos Maritime sería el socio griego. Antes de saber que volvería a verlo. Y ahora estoy aquí, mirando este lugar que ayudé a construir desde una idea en un cuaderno, y no puedo dejar de pensar que tal vez nunca dejé de construir cosas que, en algún rincón que no quería admitir, esperaban que él las viera.
—Eso es muy poético para ser las nueve de la noche en Atenas —dijo Lily, pero su voz había perdido todo el filo de broma—. Ashley. ¿Lo sigues queriendo?
La pregunta se quedó flotando entre las dos, a través de seis mil kilómetros de distancia, con la misma textura imposible de ignorar que había tenido la mano de Xenia Vassiliou sobre el antebrazo de Leonidas.
—No lo sé —dijo Ashley finalmente—. Y eso es peor que saber que sí.
* * *
A diez minutos en coche, en el ático de Kolonaki que la familia Lykos mantenía para Leonidas desde que se había mudado de la casa que había compartido con Ashley —una casa que ahora estaba vacía, cerrada, con los muebles cubiertos de sábanas blancas porque ninguno de los dos había sido capaz de venderla ni de volver a vivir en ella—, Leonidas estaba sentado en su terraza con un vaso de whisky que no había tocado, mirando las mismas luces de Atenas que Ashley miraba desde el Grande Bretagne sin que ninguno de los dos lo supiera.
Calista entró sin llamar, como hacía siempre, y se sentó en la silla de enfrente con la familiaridad de una hermana que conoce todas las versiones de su hermano, incluso las que él mismo preferiría no conocer.
—Mamá me ha llamado tres veces —dijo Cali—. Está como loca. Dice que Xenia la llamó llorando.
—¿Por qué?
—Leonidas. En serio.
Leonidas cerró los ojos.
—No hice nada, Cali. Hice una presentación de negocios. Saludé a una colega.
—La «colega» es tu ex mujer, la madre de tu hija muerta, y la viste por primera vez en casi tres años en una sala llena de abogados con tu prometida sentada a tu lado. —Cali se inclinó hacia adelante—. No tienes que fingir conmigo que esto es solo una reunión de negocios.
—¿Qué quieres que diga?
—Quiero que digas la verdad. Aunque sea solo a mí.
Leonidas se quedó callado durante un tiempo lo suficientemente largo como para que el hielo de su whisky empezara a derretirse, formando pequeños anillos transparentes en el vaso.
—La verdad —dijo finalmente— es que entró en esa sala y durante medio segundo pensé que el corazón se me iba a salir del pecho, y luego pensé en Petra, y luego pensé que llevo catorce meses comprometido con una mujer a la que no le he dicho ni la mitad de la verdad sobre por qué accedí a este compromiso, y que ahora tengo que pasar los próximos seis meses trabajando codo a codo con la única persona en el mundo que sabe exactamente cuánto me cuesta cada cosa que hago.
—¿Por qué accediste al compromiso, Leonidas?
—Porque mamá estaba desesperada por verme «rehecho». Porque papá necesitaba los contactos de Spyros Vassiliou para los permisos del puerto de Punta Helios antes de que Stavridis nos los robara debajo de las narices. Porque Xenia es tu mejor amiga desde el colegio y siempre te dolió que yo nunca la mirara como algo más, y en algún punto pensé que tal vez tenías razón, que tal vez yo estaba siendo injusto al no darle una oportunidad solo porque mi corazón estaba ocupado en otro sitio que ya no existía.
—Mi corazón estaba ocupado. Presente.
Leonidas no respondió. Cali tampoco insistió. Se quedaron sentados en la terraza, hermano y hermana, mirando la misma Atenas que llevaba siglos viendo a las mismas familias griegas cometer los mismos errores generación tras generación: confundir el deber con el amor, confundir el control con la protección, confundir el silencio con la fuerza.
—Despina te lo podría haber dicho —dijo Cali finalmente, con una suavidad poco habitual en ella—. Que comprometerte con alguien por las razones equivocadas nunca termina bien para nadie, ni siquiera para la persona con la que te comprometes.
—No menciones a Despina.
—¿Por qué no? Es la única persona de esta familia que sabe exactamente lo que se siente al ser sacrificada en el altar del negocio familiar. Tal vez por eso deberías escucharla más a ella y menos a papá.
Leonidas se levantó, dejó el vaso de whisky intacto sobre la mesa de cristal, y se apoyó en la barandilla de la terraza con la espalda recta y las manos cruzadas detrás, en esa postura que su padre le había enseñado desde niño: nunca mostrar lo que te cuesta.
—Tengo que cenar con Xenia esta noche —dijo—. Mamá organizó algo para «celebrar el inicio del proyecto». —¿Vas a contarle quién es la arquitecta?
—Ya lo sabe. Se lo dijo papá hace semanas, cuando se firmó el contrato con Meridian. Lo que no sabe es que voy a tener que verla casi todos los días durante los próximos seis meses.
—Eso va a ser un problema.
—Lo sé.
—Para Xenia, quiero decir. Para ti, sospecho que vas a estar bastante ocupado fingiendo que no es un problema, y muy mal en el intento.
Leonidas no respondió. No necesitaba hacerlo. Su hermana lo conocía desde hacía treinta y siete años, y sabía, con la certeza con la que solo conocen las hermanas pequeñas, que su hermano mayor —el hombre que dirigía una flota de doscientos buques mercantes, que había negociado tratados portuarios con tres gobiernos distintos, que llevaba la palabra «control» grabada en cada decisión que tomaba desde que tenía memoria— estaba, en este momento, completamente fuera de su propio control, y que ni todo el poder de Lykos Maritime, ni todos los contactos de Spyros Vassiliou, ni ningún compromiso anunciado en la portada de la revista *Hello! Greece* iban a poder cambiar ese hecho fundamental.
* * *
La cena de «celebración» se celebró en un restaurante de Kolonaki con vistas al Liceo, en una mesa reservada para doce que incluía a Elena y Kostas Lykos, a Spyros Vassiliou y su esposa, a Calista, y a Xenia, sentada a la derecha de Leonidas con un vestido rojo que había elegido específicamente para esta noche, sabiendo —porque Xenia Vassiliou sabía exactamente cómo funcionaba el mundo en el que se movía— que dentro de cuarenta y ocho horas las fotos de esa cena estarían en todas las cuentas de sociedad de Atenas, anunciando al mundo entero, antes incluso de que se hubiera anunciado oficialmente, que el compromiso entre la supermodelo griega y el heredero de Lykos Maritime estaba más vivo y más sólido que nunca.
—Brindemos —dijo Kostas, levantando su copa con la autoridad de un hombre que lleva cuarenta años acostumbrado a que todos en la mesa esperen su brindis antes de tocar sus propias copas—. Por Punta Helios. Por la unión entre dos grandes familias de negocios. Y por la boda que, espero, se celebre antes de que termine el año.
Leonidas levantó su copa. Sonrió, porque sonreír era lo que se esperaba de él, lo que había hecho durante toda su vida en cenas exactamente como esta. Xenia entrelazó sus dedos con los de él bajo la mesa, con una posesividad suave que Leonidas había aprendido a no cuestionar, y que esa noche, por primera vez en catorce meses de compromiso, le pareció exactamente lo que era: una cadena, no un ancla.
—Por Punta Helios —dijo él.
Nadie en la mesa notó que, mientras pronunciaba esas palabras, Leonidas Lykos estaba pensando en una mujer que en ese mismo momento, a quince minutos de distancia, estaba sentada sola en un balcón del Grande Bretagne, mirando las mismas luces que él, sin saber que ambos estaban haciendo exactamente lo mismo: contar las horas hasta la próxima reunión de trabajo, y fingir que no era así.