CAPÍTULO 1 #2
—No hay ningún problema —repitió Leonidas, finalmente, con la voz que usaba para cerrar tratos—. Ashley y yo sabemos trabajar juntos.
Xenia retiró la mano del antebrazo de Leonidas con un movimiento tan sutil que solo otra mujer entrenada en detectar gestos imperceptibles lo habría notado. Ashley lo notó.
Cuando la reunión terminó y la gente empezó a recoger carpetas y portátiles, Greg Adler se acercó a Ashley con el entusiasmo torpe de alguien que solo ve cifras y plazos.
—Ha ido de maravilla —dijo—. Lykos estaba más interesado en el diseño de lo que esperaba. ¿Lo conocías de antes? Dijo algo sobre Miconos.
—Hace años —dijo Ashley—. Un proyecto pequeño. No era exactamente una mentira. Tampoco era, ni de lejos, la verdad.
Salió del edificio hacia el calor seco de la tarde ateniense con la sensación de haber sobrevivido a algo sin saber todavía el tamaño exacto del daño. El Pireo se extendía abajo, lleno de grúas y contenedores y la actividad incesante de una de las navieras más grandes de Europa, el imperio que la familia de Leonidas había construido durante tres generaciones sobre la disciplina, la previsión y la negativa absoluta a dejar que el sentimiento interfiriera con la estrategia.
Ashley llevaba tres años aprendiendo, a un costo que todavía no terminaba de medir, que ella había sido, brevemente, la excepción a esa regla. Y ahora, de pie en una acera de Kolonaki con el teléfono vibrando en el bolso —un mensaje de su hermana Lily: *¿Cómo fue? Cuéntamelo TODO*—, entendió que estaba a punto de descubrir si esa excepción había sido un accidente irrepetible o si, contra toda lógica empresarial y todo sentido común, el destino había decidido darles una segunda oportunidad disfrazada de joint venture inmobiliario.
No contestó el mensaje de Lily todavía. Se quedó mirando el puerto, el mar al fondo, brillante y azul e indiferente a los imperios que los hombres construían sobre él, y pensó en una frase que su abuela Vivian solía repetir mientras le abrochaba al cuello el colgante de zafiro en forma de ola que ahora Ashley llevaba puesto, como siempre, escondido bajo la blusa: *el mar siempre vuelve a la orilla, pase lo que pase.*
Se preguntó, por primera vez en mucho tiempo, si eso era una promesa o una advertencia.
Leonidas se quedó en la sala de juntas mucho después de que todos los demás se hubieran marchado, observando, a través del cristal del piso veintitrés, la figura diminuta de Ashley deteniéndose en la acera de Kolonaki, dieciocho pisos más abajo, antes de echar a andar hacia su hotel.
—Greg Adler parece encantado con la arquitecta —comentó Xenia, todavía recogiendo sus notas, con un tono que pretendía ser casual y no lo lograba del todo—. No ha dejado de hablar de ella en el pasillo.
—Despide a Adler del proyecto —dijo Leonidas, sin apartar la vista de la ventana.
Christou, el abogado, levantó la cabeza de sus papeles con una expresión de genuina alarma.
—Leonidas, Adler lleva dieciocho meses siendo el enlace de Griffin Hospitality. No podemos simplemente...
—No he dicho que lo despidamos nosotros. He dicho que te asegures de que su entusiasmo encuentre un destino profesional distinto antes de que se convierta en un problema. —Se giró, finalmente, y la frialdad absoluta con la que pronunció la siguiente frase no dejó espacio para ninguna negociación—. Esa arquitecta es mía, Christou. Lo fue antes de que existiera este proyecto, y va a seguir siéndolo cuando termine. No voy a tener a un director de desarrollo de negocio revoloteando alrededor de ella durante los próximos dieciocho meses bajo el pretexto de coordinar cronogramas.
—Es tu socia de negocios, Leonidas. No tu propiedad —dijo Xenia, con una calma demasiado cuidadosa para ser real.
Leonidas no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz había recuperado el control absoluto que gobernaba cada sala de juntas en la que entraba, el mismo que había construido, ladrillo a ladrillo, un imperio naviero capaz de aplastar a cualquier competidor que subestimara hasta dónde estaba dispuesto a llegar para proteger lo que consideraba suyo.
—Tienes razón —dijo—. Disculpa la imprecisión. —No era, en absoluto, una disculpa genuina, y los tres presentes en la sala lo sabían perfectamente.
Esa noche, solo en su ático de Kolonaki, Leonidas se permitió, durante exactamente los minutos que tardó en terminarse un vaso de whisky sin hielo, admitir ante sí mismo lo que ya sabía desde el segundo exacto en que Ashley había entrado a esa sala de juntas: que tres años de control absoluto, de reuniones cerradas con la frialdad despiadada que toda Atenas naviera respetaba y temía a partes iguales, de un compromiso construido sobre la conveniencia y no sobre el deseo, no habían bastado para arrancarle de las entrañas la certeza simple y aterradora de que Ashley Griffin seguía siendo, en algún nivel que ninguna lógica empresarial podía desmantelar, completamente suya.
La pregunta, la única que realmente importaba, era qué estaba dispuesto a hacer al respecto, y cuánto del hombre despiadado en el que se había convertido durante esos tres años sobreviviría al intento.