La esposa que regresó CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

El Proyecto Punta Helios

Ashley Griffin había aterrizado en Atenas a las siete de la mañana, con un café americano comprado en el aeropuerto JFK que ya estaba frío y una carpeta de cuero que contenía catorce meses de trabajo condensados en planos, renders y un presupuesto que, si todo salía bien, cambiaría la trayectoria de Meridian Design Studio para siempre.

No había dormido en el avión.

Nunca dormía en los aviones que la llevaban a Grecia.

Había algo en el aire del Egeo, incluso filtrado por un sistema de presurización a once mil metros de altura, que la mantenía despierta de un modo que ningún somnífero conseguía vencer.

Se dijo que era por el proyecto.

Por la adrenalina de la reunión que tenía en cuatro horas.

Por el peso de saber que su firma —su firma, la que había construido con sus propias manos después de dejar la empresa de su padre, después de dejar Grecia, después de dejarlo todo— estaba a punto de firmar el contrato más importante de su carrera.

Se mintió durante todo el trayecto en taxi desde el aeropuerto hasta el hotel Grande Bretagne, con la plaza Síntagma desplegándose al otro lado de la ventanilla con esa luz blanca y despiadada que solo tiene Atenas en marzo.

Se mintió en la ducha.

Se mintió mientras se ponía el traje azul marino que había elegido específicamente porque la hacía sentir invencible, el mismo que se había puesto el día que le presentó a la junta directiva de un fondo de inversión sueco el diseño de un resort en las Maldivas y se había ido de la sala con un cheque por once millones de dólares.

Dejó de mentirse en el momento exacto en que entró en la sala de juntas de Lykos Maritime, en el piso veintitrés de una torre de cristal en Kolonaki con vistas al puerto de Pireo desplegado como una maqueta a sus pies, y vio quién estaba sentado al otro lado de la mesa.

Leonidas Lykos no había cambiado.

Ese fue el primer pensamiento de Ashley, absurdo e inútil, mientras el resto de su cerebro intentaba procesar lo que estaba ocurriendo: los mismos hombros que parecían diseñados para llevar el peso de cosas que nadie más podía cargar, la misma mandíbula que se tensaba un milímetro antes de que dijera algo importante, los mismos ojos oscuros que en este momento la miraban con una expresión que ella no había visto nunca en él, ni siquiera en los peores días, ni siquiera en el hospital: pura y completa sorpresa.

—Señor Lykos —dijo el director de desarrollo de negocio de Griffin Hospitality, un hombre llamado Greg Adler que llevaba dieciocho meses trabajando en este acuerdo sin tener la menor idea de la historia que estaba a punto de hacer estallar—, permítame presentarle a la arquitecta principal del proyecto.

Ashley Griffin, de Meridian Design Studio.

Hubo un silencio que se extendió un segundo más de lo profesionalmente aceptable.

—Conozco a la señora Griffin —dijo Leonidas.

Su voz tenía ese control absoluto que Ashley recordaba de las salas de juntas, el mismo que usaba para anunciar pérdidas trimestrales o adquisiciones hostiles.

Nadie en la sala, excepto ella, podría haber detectado la fracción de segundo en que ese control casi —casi— se quebró—.

Trabajamos juntos hace algunos años, en Miconos.

«Trabajamos juntos.» Como si lo que habían construido fuera un hotel boutique de doce habitaciones y no un matrimonio secreto, una hija, una tumba pequeña en un cementerio de Atenas que Ashley no había vuelto a visitar desde el día del funeral porque no había podido soportar la idea de hacerlo sola, y Leonidas nunca le había pedido que fuera con él.

—Así es —dijo Ashley.

Sorprendentemente, su voz también sonó serena.

Años de entrenamiento, pensó.

Toda una vida aprendiendo a sonreír en salas de juntas mientras algo se incendiaba por dentro—.

Un placer volver a colaborar, señor Lykos.

Se sentó.

Abrió su carpeta de cuero.

Empezó a sacar los planos preliminares de Punta Helios como si las manos no le temblaran, como si el corazón no le latiera contra las costillas con la violencia de un animal que intenta salir de una jaula demasiado pequeña.

A su lado, Greg Adler no notó nada.

¿Por qué iba a notarlo? Para Greg Adler, esto era simplemente el primer encuentro entre dos socios profesionales en un proyecto de mil doscientos millones de dólares: la fusión entre la ingeniería portuaria y la experiencia logística de Lykos Maritime y la marca de hospitalidad de ultralujo de Griffin Hospitality Group, materializada en una península que hasta hace dieciocho meses solo había sido un trozo de roca caliza al sur de Santorini, sin nombre comercial, sin marina, sin las setenta y dos suites que el render de Ashley proyectaba ahora sobre la pantalla de la sala.

Punta Helios.

El nombre se le había ocurrido a Ashley durante un vuelo, dos años antes de saber siquiera que Lykos Maritime sería el socio griego del proyecto, en un cuaderno donde garabateaba ideas que en aquel momento no tenían cliente, ni terreno, ni fecha.

Helios, el dios griego del sol.

Punta, por la geografía de la península.

Un nombre que ella había elegido sin pensar en absoluto en el hombre que ahora estaba sentado al otro lado de la mesa, y que sin embargo ahora le parecía una broma cruel del destino: había bautizado, sin saberlo, el proyecto que la devolvería a Grecia y a él.

—Como pueden ver —empezó Ashley, con la voz de presentación que había perfeccionado en cientos de reuniones de directorio, la voz que no temblaba aunque todo lo demás sí lo hiciera—, el concepto de Punta Helios se basa en tres principios: integración con el paisaje volcánico, sostenibilidad energética total mediante un sistema híbrido solar-eólico-marino, y una experiencia de hospitalidad que combine lo mejor de la tradición cicládica con los estándares de la marca Griffin.

Habló durante veinte minutos.

Mostró renders del ala principal, de la marina para sesenta yates, del spa excavado parcialmente en la roca volcánica, del restaurante insignia que tendría vistas a Santorini al atardecer.

Mientras hablaba, evitó mirar a Leonidas.

No porque temiera perder el hilo —su profesionalismo era, si acaso, la única cosa de la que estaba completamente segura en esta sala—, sino porque sabía, con la certeza física de quien ha compartido una cama y un duelo con otra persona, que si lo miraba a los ojos durante más de tres segundos, algo en su rostro la delataría frente a Greg Adler, frente al equipo legal de Lykos Maritime, frente a la mujer rubia y elegantísima de unos treinta años que estaba sentada justo a la derecha de Leonidas y que Ashley no había identificado todavía, pero cuya mano —notó de pronto, con una punzada que no esperaba— descansaba sobre el antebrazo de él con una familiaridad que no era de negocios.

—Esta es Xenia Vassiliou —dijo Leonidas cuando Ashley terminó su presentación, con un tono neutro que no engañó a nadie que conociera la diferencia entre neutralidad y cuidado—.

Asesora de relaciones institucionales del proyecto.

Su padre, Spyros Vassiliou, ha sido fundamental para acelerar los permisos portuarios con el ministerio.

—Un placer —dijo Xenia.

Sonrió.

Era una sonrisa perfecta, fotografiada miles de veces, la sonrisa de alguien que sabe exactamente cómo se ve desde cualquier ángulo.

Pero los ojos no sonreían del mismo modo.

Los ojos de Xenia Vassiliou recorrieron a Ashley de arriba abajo en menos de dos segundos, con la precisión clínica de alguien evaluando una amenaza, antes de volver a la sonrisa perfecta—.

Leonidas me ha hablado mucho del proyecto.

No tanto de usted.

La frase quedó suspendida en el aire de la sala como una pequeña bomba de baja intensidad.

—No había razón para hacerlo —dijo Leonidas, demasiado rápido.

Ashley sintió que algo en su pecho se reorganizaba, como cuando un edificio cede un centímetro en su cimentación: imperceptible para cualquiera que no supiera exactamente dónde mirar, pero suficiente para que ella, que se había pasado la vida calculando cargas y tensiones estructurales, supiera que algo se había movido y que tardaría en saber si era grave.

«Asesora de relaciones institucionales.» Ashley archivó la frase mentalmente, junto con la mano de Xenia en el antebrazo de Leonidas, junto con la sonrisa que no llegaba a los ojos, junto con la sensación física, instintiva, de estar parada sobre un terreno que parecía sólido pero que en realidad llevaba una fractura oculta desde hacía tiempo.

La reunión continuó otros cuarenta minutos. Se discutieron cronogramas, hitos de financiación, la necesidad de una visita conjunta al terreno en las próximas semanas, la conveniencia de que el equipo de diseño —es decir, Ashley y su pequeño equipo de Meridian— pasara tiempo en Atenas y en Miconos coordinando directamente con la dirección de ingeniería de Lykos Maritime, es decir, con Leonidas.

—Va a requerir una colaboración muy estrecha durante los próximos meses —dijo el abogado principal de Lykos Maritime, un hombre mayor de apellido Christou que llevaba gafas de pasta gruesa y que claramente no tenía ni idea de la tormenta que esa frase desataba en dos personas concretas de la sala—. Quizás más estrecha de lo habitual en este tipo de acuerdos.

—No hay ningún problema —dijo Ashley. Miró, por primera vez desde que había empezado la reunión, directamente a Leonidas.

Él la miró de vuelta.

Durante exactamente un segundo y medio —Ashley lo contó después, sola en la habitación del hotel, incapaz de dejar de repasar la reunión entera fotograma a fotograma— ninguno de los dos dijo nada, y en ese silencio cupieron tres años de cosas no dichas, una hija que ya no estaba, un divorcio firmado en un despacho de abogados de Manhattan sin que ninguno de los dos llorara delante del otro porque ya habían llorado todo lo que tenían que llorar en privado, y la certeza compartida y silenciosa de que esto —este proyecto, esta mesa, esta absurda coincidencia geográfica— iba a ser mucho más difícil de lo que ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir en voz alta frente a un abogado llamado Christou.