La esposa que regresó PRÓLOGO
2%
La esposa que regresó

La esposa que regresó

Por L.R.E.

© inepub.com

PRÓLOGO

Atenas. Tres años antes de que volvieran a sentarse, sin saberlo, en lados opuestos de la misma mesa.

Empezó con dolor en la espalda baja, un dolor que Ashley había sentido de manera intermitente toda la semana y que la matrona había descrito, en la última revisión, como «completamente normal a las treinta y siete semanas». No fue normal a las once de la noche, cuando el dolor se convirtió en algo afilado y constante, y Ashley se levantó de la cama y sintió, antes incluso de mirar hacia abajo, la humedad caliente extendiéndose entre sus piernas, oscura, demasiado oscura, nada parecido a lo que las clases de preparación al parto le habían enseñado a esperar.

—Leonidas. —Su voz no sonó como ella esperaba que sonara: extrañamente tranquila, casi clínica, la voz de alguien que ya sabe, en algún lugar debajo del pánico, que está a punto de entrar en una emergencia—. Leonidas, hay sangre. Mucha sangre. Necesito que me lleves al hospital ahora mismo.

Lo que siguió ocurrió con la velocidad fragmentada de los peores recuerdos: Leonidas conduciendo a través de Atenas a una velocidad que ningún policía se atrevió a detener, Ashley con las manos apretadas contra un vientre que ya no se movía de la manera en que se había movido toda la tarde, las luces de la Clínica Hygeia apareciendo finalmente al final de la avenida como una promesa que ninguno de los dos sabía todavía si podría cumplirse.

—Desprendimiento de placenta —dijo la doctora de guardia, después de un ultrasonido que duró menos de noventa segundos y que cambió, de manera irreversible, todo lo que vendría después—. La placenta se ha separado parcialmente de la pared uterina. Hay sufrimiento fetal agudo. Necesitamos hacer una cesárea de emergencia ahora mismo, señora Lykos. Cada minuto cuenta.

No hubo tiempo para preguntas, ni para miedo organizado, ni para nada que no fuera firmar formularios con manos temblorosas mientras un equipo de cirugía se movía alrededor de Ashley con una urgencia silenciosa y profesional que era, en sí misma, aterradora. Leonidas no pudo entrar al quirófano. Se quedó al otro lado de una puerta doble, con la bata quirúrgica todavía sin ponerse del todo, escuchando un silencio que duraba demasiado, hasta que finalmente un médico salió a buscarlo con una expresión que Leonidas reconocería, durante el resto de su vida, como la expresión específica de alguien que está a punto de decir algo que ninguna preparación posible puede ablandar.

Petra Diane Lykos nació viva, pesando apenas dos kilos cien gramos, después de casi seis minutos sin oxígeno suficiente. El equipo de neonatología trabajó sobre su cuerpo diminuto durante cuarenta y tres minutos —Leonidas los contó, uno por uno, sin poder hacer nada más que contarlos— antes de que el neonatólogo a cargo se acercara finalmente a la sala de espera, se quitara la mascarilla quirúrgica, y dijera las palabras que Leonidas ya sabía, por la manera en que se movían sus hombros, que estaba a punto de escuchar.

—Lo siento muchísimo. Hicimos todo lo que pudimos. El daño causado por la falta de oxígeno fue demasiado extenso. No sobrevivió.

Ashley, todavía sedada, todavía sangrando, despertó preguntando por su hija antes de preguntar por sí misma, y fue Leonidas quien tuvo que decírselo, de pie junto a la cama, con la misma corbata que se había puesto catorce horas antes para una cena de negocios que ya no recordaba ni le importaba, sintiendo que algo dentro de él se cerraba con un chasquido casi audible, una puerta de hierro que llevaba generaciones aprendiendo a cerrar exactamente en el momento en que el dolor se volvía insoportable.

—Vamos a superar esto —fue lo único que dijo, su voz completamente plana, sin ninguna lágrima visible, sus manos ya marcando, sin que él mismo lo notara del todo, el ritmo de alguien que ha decidido que la única manera de sobrevivir es controlar cada detalle de lo que viene después—. Yo me encargo de todo. El hospital, el funeral, la familia. Tú no tienes que pensar en nada más que en recuperarte.

No le preguntó qué necesitaba ella. No le preguntó si quería ver a Petra antes de que se la llevaran. Organizó, en las siguientes setenta y dos horas, un funeral privado de veinte minutos en el panteón familiar de los Lykos, eligió él mismo el ataúd diminuto sin consultarla, decidió que la prensa naviera no debía enterarse de los detalles médicos «por el bien de la empresa y de la familia», y se aseguró, con la misma eficiencia despiadada que aplicaba a cualquier negociación empresarial, de que cada pieza de ese dolor quedara contenida, ordenada, invisible para cualquiera fuera del círculo más cercano.

El día del funeral, bajo un cielo gris de marzo que no concedía ninguna tregua, Ashley observó a Leonidas estrechar la mano de cada invitado con la compostura perfecta de un hombre que ha pasado toda su vida aprendiendo a no derrumbarse en público, y sintió, por primera vez con una claridad que ya no podía ignorar, que el hombre que amaba y el muro que él había construido alrededor de su propio dolor eran, en ese momento, exactamente la misma cosa.

Esa noche, en la casa vacía de Kolonaki, todavía con el vestido negro puesto, Ashley finalmente habló.

—Necesito el divorcio, Leonidas.

Él no se movió. Estaba de pie junto a la ventana, en la misma postura exacta que había mantenido en el hospital, como si su cuerpo solo conociera una manera de sostenerse de pie frente a algo insoportable.

—Estás en shock. No vamos a tomar ninguna decisión esta noche.

—No estoy en shock.

Estoy completamente despierta, por primera vez en setenta y dos horas, y lo que veo con claridad es que organizaste el funeral de nuestra hija sin preguntarme una sola vez qué necesitaba yo, que decidiste qué sabría la prensa y qué no sin consultarme, que ni siquiera me preguntaste si quería sostenerla en brazos antes de que se la llevaran, porque ya habías decidido, antes de que yo despertara siquiera, exactamente cómo se iba a manejar esto.

—Su voz se quebró, pero no se detuvo—.

Necesito un hombre que llore conmigo, Leonidas, no un hombre que controle el duelo como controla una adquisición empresarial.

Y esta noche entendí que tú no sabes ser ese hombre.

Quizás nunca lo has sabido.

—Lo que hice, lo hice para protegerte.

—Lo que hiciste, lo hiciste para controlar algo que no podías soportar sentir sin control. —Se quitó el anillo, despacio, y lo dejó sobre la mesa del recibidor, entre ellos—. Y no puedo seguir viviendo dentro de esa necesidad tuya de controlarlo todo, Leonidas. No después de esto. Quiero el divorcio.

Él no la detuvo. No esa noche, ni en las semanas siguientes, ni en los catorce meses que tomó a los abogados resolver lo que dos personas rotas no habían sabido resolver entre ellas. Se limitó a asentir, una sola vez, con la misma compostura controlada que había mantenido durante todo el funeral, mientras algo dentro de él, algo que tardaría años en reconocer siquiera ante sí mismo, terminaba de quebrarse en silencio.