Capítulo 6
Vaughn
A las cuatro de la madrugada, sé tres cosas. Stella salió del edificio por el garaje de servicio mientras yo estaba en el hospital. Condujo ella sola. Y desactivó la app de localización antes de salir del edificio.
El supervisor del turno de noche me enseña las grabaciones en las que se ve a Stella arrastrando una maleta hacia su coche.
No hay vacilación en sus movimientos. No mira hacia el ascensor ni se detiene antes de ponerse al volante. Verla marcharse es peor que descubrir que se ha ido. Las grabaciones eliminan la posibilidad de que actuara en un arrebato y planeara volver cuando yo me disculpase.
—¿Por qué no se me avisó? —pregunto.
El supervisor se remueve incómodo en su silla.
—La Sra. Sinclair nos pidió que no lo contactáramos.
—Trabajan para mí.
—También trabajamos para la Sra. Sinclair.
La respuesta debería enfadarme. En cambio, recuerdo a Stella preguntando por qué todo en su vida requería mi permiso.
—¿Dijo adónde iba?
—No, señor.
—¿Alguien la siguió?
—No.
—Bien.
Ambos hombres parecen sorprendidos. Pero no quiero asustarla.
Y el sistema interno del coche podría localizarla en minutos.
Podría llamar al fabricante, al comisario de policía o a una de las seis empresas de seguridad privada antes del amanecer.
El pensamiento me viene con la facilidad de la costumbre.
Lo rechazo porque ya puedo oír a Stella preguntando si hay alguna decisión que le permitiré tomar sin intervenir.
—Eliminen cualquier copia de esas grabaciones que no sea necesaria para la seguridad del edificio. Que nadie las filtre a la prensa.
—Sí, señor.
Me marcho antes de que puedan empezar a disculparse.
Arriba, el ático está insoportablemente silencioso.
Coloco el anillo de Stella sobre el escritorio y me siento junto a él.
He negociado durante desplomes bursátiles, investigaciones federales y una amenaza de secuestro contra mi hermano sin experimentar la parálisis que me atenaza ahora.
Esos problemas requerían decisiones. Este requiere comprensión.
Stella no se marchó porque creyera que yo era el padre del bebé de Helen. Lo negué, y creo que me creyó. Se marchó porque la negación no cambió nada. Miro la nota que escribí esa mañana sobre una emergencia. Una promesa de cena. Al leerla ahora, oigo el descuido que ella oyó.
Daba por hecho que la intención importaba.
Tenía intención de volver. Tenía intención de explicarme.
Tenía intención de compensar la fiesta, la cita y todas las demás ausencias.
Mis intenciones han construido un matrimonio en el que Stella espera sola.
A las siete, la llamo de nuevo. A las siete y media, llamo a Elliot. No sabe nada de ella.
A las ocho, llamo a sus padres. Su padre dice que no se ha puesto en contacto con ellos y se niega a especular sobre dónde podría estar. No le creo. Seguro que está allí. O quizás sé mucho menos sobre mi esposa de lo que pensaba.
A las nueve, llamo a la abogada que aparece en los papeles. Su asistente me informa de que la Sra. Cole no puede hablar de una clienta.
—No estoy pidiendo información privilegiada. Necesito saber si mi esposa está a salvo.
—Estoy segura de que comprende que no puedo ayudarlo.
—Iré a la oficina.
—Eso no cambiará la respuesta.
Y no la cambia.
Nadine Cole me recibe en una sala de conferencias a las diez y cuarto. Deja la puerta abierta y trae a otro abogado a la reunión. La precaución me resulta insultante hasta que recuerdo que representa a una mujer que intenta dejar a un hombre poderoso.
—La Sra. Sinclair está a salvo —dice cuando repito mi pregunta—. Eso es todo lo que puedo confirmar.
—¿La contrató?
—Sí.
La palabra se me clava bajo las costillas.
—Necesito hablar con ella.
—Eso es un asunto entre usted y su esposa.
—No contesta.
—Eso puede ser en sí mismo una respuesta.
Estudio a la abogada al otro lado de la mesa. Sin duda ha tratado con hombres que responden al abandono amenazando con quitarles los bienes, la custodia o arruinarles la reputación. Quiero explicarle que no soy uno de ellos. Sospecho que insistir no demostraría nada.
—Si se pone en contacto con usted, dígale que aceptaré lo que quiera. Solo necesito saber dónde está.
—Eso suena generoso —dice Nadine—. También parece que sigue intentando comprar acceso.
Me levanto antes de que mi enfado responda por mí.
—Dígale que vine.
—Eso sí puedo hacerlo.
De vuelta en el ático, busco sin permitirme admitir que estoy buscando.
Entro en el despacho de Stella porque necesito entender qué se llevó.
La habitación no ha cambiado mucho desde que el decorador la terminó.
Reviso las estanterías empotradas, el escritorio que da al parque, y cuando no encuentro nada me siento en su sillón de lectura.
Elegí el sillón porque el verde es el color favorito de Stella.
Me doy cuenta de que no sé si es cómodo.
Nunca me he sentado en él. Los cajones del escritorio contienen contratos de la fundación, cuadernos viejos, cartas de rechazo de antes de conocernos y varios capítulos impresos cubiertos de correcciones a mano.
Su trabajo. Lo que dejó de enseñarme tan gradualmente que nunca me di cuenta de cuándo fue la última vez.
En el cajón de abajo, encuentro una carpeta de la clínica de fertilidad. La fecha de la primera consulta aparece en la parte superior. Un pósit para recordar pedir otra cita.
Me siento en su sillón y recuerdo nuestra discusión.
«Quería ver cuánto tardabas en acordarte».
Un cerco de café marca la portada de la carpeta. La imagino sentada aquí con ella, esperando a que yo mencionara una cita que había delegado y olvidado.
Apoyo la cabeza en el respaldo del sillón y suspiro.
Tras unos minutos dándole vueltas, miro el móvil. Muestra veintitrés llamadas salientes a Stella. Llamo de nuevo. Ya son veinticuatro.
Esta vez, contesta. Durante un momento, ninguno de los dos habla. Oigo un leve sonido doméstico de fondo, como el agua de un grifo y un armario que se cierra, pero nada que me indique dónde está.
—Stella.
Mi voz apenas suena como la mía.
—¿Qué? —Suena agotada, no enfadada. Eso me asusta más.
—¿Dónde estás?
—A salvo.
—Necesito saber más.
—No. Tú quieres saber más.
Cierro los ojos.
—Tienes razón.
El silencio que sigue es receloso, como si ella esperara resistencia y no supiera qué hacer sin ella.
—Fui a la oficina de Nadine Cole —digo.
—Lo sé.
—No quiso decirme dónde estás.
—No tiene por qué hacerlo.
—Eso también lo sé.
—Entonces, ¿por qué fuiste?
—Porque esta mañana me desperté contigo en mis brazos, y esta noche no sé ni en qué ciudad estás.
Se le corta la respiración, pero cuando responde, su voz suena serena.
—Tú me dejaste en esa cama, Vaughn.
—Me llamaron porque la bebé había dejado de respirar.
—Lo sé.
—Pensé que podría volver antes de que despertaras.
—Siempre piensas que puedes volver antes de que sea demasiado tarde.
Miro la carpeta de fertilidad que tengo en el regazo.
—Encontré los papeles de la cita.
Otro silencio.
—Debería haberla recordado.
—Sí.
—Y debería haberte llamado desde el hospital. Y debería haber vuelto a casa para la fiesta.
—Sí.
—Nunca debería haber permitido que Helen publicara nada que te hiciera parecer...
—No reduzcas esto a la fotografía.
La contundencia de su voz me sobresalta.
—No lo estoy haciendo.
—Sí lo haces. Si puedes culpar a la publicación, entonces puedes arreglarlo con un comunicado. Puedes desvincularte de la bebé, hacer que los titulares desaparezcan y convencerte de que el problema fue que todos te malinterpretaron.
—No es lo que pienso.
—Es lo que haces. Resuelves la parte que se puede resolver con abogados y dinero, y me dejas con todo lo que hay debajo.
Hay varias defensas posibles. Las conozco todas. Puedo explicar el estado de la bebé, el historial psiquiátrico de Helen, el momento de la fotografía y las razones por las que me quedé. Cada explicación requeriría que Stella me entendiera antes de que yo la hubiera entendido a ella.
—No sé cómo responder a eso —admito.
—La elegiste a ella cada vez, Vaughn.
La frase es tan suave que casi no la oigo.
—Stella...
—Lo hiciste. Cada vez que hubo que elegir, elegiste a quien generaba la mayor emergencia. Yo nunca iba a ganar porque intentaba evitar que nuestra vida se convirtiera en eso.
—No es así como lo veía yo.
—Lo sé. Eso es lo que lo hace peor.
Su voz se quiebra. La oigo tomar aire y me la imagino apartando el teléfono para que no pueda oírla llorar.
—Por una vez, me elijo a mí misma —dice.
Sus palabras golpean con la claridad de un veredicto.
—Por favor, no tomes una decisión definitiva mientras estás dolida.
—Me fui porque quedarme me estaba destruyendo.
Aprieto el teléfono con más fuerza.
—Dime cómo arreglarlo.
—No pienso hacer ese trabajo por ti también. Si no puedes verlo, no te molestes en buscarlo.
La línea se queda en silencio. Me doy cuenta de que está a punto de colgar.
—Espera. Por favor.
Se queda al teléfono.
—Te quiero.
Su respuesta tarda tanto que la esperanza empieza a doler.
—Yo también te quiero —dice—. Por eso tuve que irme.