La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

La Mesa De Margot

Adrian Vale dormía.

Lena llevaba cinco minutos de pie en el umbral del dormitorio con una taza de café en cada mano, sin atreverse a entrar, mirando a un hombre que dormía boca abajo, con un brazo colgando del borde de la cama y la cara hundida en la almohada como quien hubiera encontrado por fin un sitio donde caer.

Hasta enero, aquel dormitorio había sido una habitación de catálogo, ordenada y fría, donde ni siquiera se notaba que alguien dormía.

Ahora tenía una manta sobre una butaca, un libro boca abajo en la mesilla y una huella en el colchón, a la izquierda, donde cabía el cuerpo de ella.

Habían pasado tres semanas desde el doce de enero. Tres semanas de mañanas así.

Lo había aprendido sin quererlo: que Adrian dormía mejor cuando ella estaba cerca, y que no lo sabía; que decía su nombre en sueños, una sola vez, hacia las cinco; que a las siete se despertaba de golpe, con el sobresalto de quien teme haber dormido demasiado, y que en cuanto la veía en la puerta se le aflojaba la cara.

Se le aflojó ahora.

—¿Qué hora es?

—Las ocho.

—Las ocho. —Se incorporó, con el pelo revuelto, y miró el reloj como quien comprueba una cuenta—. Nunca duermo hasta las ocho.

—Lo sé. Tengo testigos. —Le tendió la taza y se sentó en el borde de la cama—. Te he contado: cuatro horas de lunes a viernes, cinco los sábados. Este mes llevas siete y media de media. Voy a escribir un artículo científico.

—Me parece sospechosamente alegre para las ocho de la mañana.

—He dormido bien.

—¿Sí?

—Tengo la cama calentita —dijo ella, y vio que él sonreía contra el borde de la taza.

Esa era la regla. La había puesto ella, aquella mañana de enero en el Halcyon, con la sábana todavía enredada en las piernas y una rabia limpia en la voz: esto solo vuelve a pasar si los dos lo elegimos, y sin contrato en la habitación.

Adrian había asentido despacio, como quien firma algo que en realidad ya había firmado hacía mucho.

Y desde entonces la cumplían a su manera, con una precisión casi litúrgica.

Cada noche, antes de apagar la luz, Lena lo miraba y preguntaba, medio en broma, medio en serio:

—¿Hay contrato en la habitación?

Y Adrian respondía, mirándola:

—No hay contrato en la habitación.

Era una fórmula tonta. Funcionaba. Lena se había sorprendido más de una vez a mediodía, en una reunión con un cliente, repitiéndola mentalmente como un amuleto.

—¿Qué plan tienes hoy? —preguntó él.

—Dos reuniones con clientes nuevos. Uno del museo de la Quinta, uno de una boda en Brooklyn. Clausula seis, señor Vale. Sigo trabajando.

—Lo sé. —Se apoyó en la almohada—. Me gusta que lo hagas.

—¿Por qué?

—Porque cuando vuelves a casa traes cosas. —Lo dijo mirando la taza, con la voz de quien confiesa una debilidad—. Historias. Ideas. Una vez me trajiste un trozo de bizcocho en una servilleta.

—Era de la prueba de menú.

—Lo guardé en la nevera tres días.

Lena se echó a reír. Fue una risa abierta, ridícula, la primera de la mañana, y vio que él la miraba reír con una expresión que no sabía qué hacer consigo misma.

Era un hombre que había construido una vida alrededor de no necesitar nada.

Y la necesidad, cuando llegaba, le salía torpe, desproporcionada, de adolescente.

El teléfono de Adrian vibró sobre la mesilla.

Lo cogió con la mano libre, miró la pantalla y Lena vio el cambio en él antes de que llegara a leer el nombre.

No fue grande. Fue un cierre. Los hombros, primero.

La mandíbula, después. La manera en que giró el aparato, con el pulgar, boca abajo sobre el colchón, y se quedó mirando un punto de la pared.

Aquella postura, de animal que oye algo lejano, la había visto antes.

La había visto el doce de enero, cuando llegó tarde de una reunión con una cara que le duró tres días.

La había visto en Acción de Gracias, y en la mesa de los Vale, y en cada llamada que él atendía de espaldas.

Había aprendido a leerla, igual que se aprende el clima de una persona: no sabía de qué trataba, pero sabía cuándo se acercaba.

—¿Quién era?

—Mi tía. —Dejó la taza en la mesilla—. Nos espera esta noche. Una cena de familia, en su casa.

—¿Cuándo lo decidió?

—Hace una semana. Se me olvidó decírtelo.

No se le olvidaba nada. Lena lo sabía. Había en esa frase una pequeña falsedad, tan pulida y tan barata que casi le dio ternura: la mentira de alguien que no sabe mentir y lo hace de todas formas.

Podría haber insistido. Podía haberle preguntado, mirándolo, ¿qué es lo que no me dices? La pregunta le subió hasta la garganta.

Pero había una regla, y la regla decía: si los dos eligen. No se puede elegir lo que se exige.

—Si es algo que debo saber —dijo en voz baja—, me lo dirás.

Adrian la miró. Tardó un instante en responder.

—Te lo diré —dijo—. Pronto.

Era la palabra con la que terminaban todas las conversaciones que no terminaban.

Lena la archivó donde guardaba las demás: en un rincón del pecho, ya bastante lleno, sin hacer ruido.

Después se inclinó y lo besó en la frente, y él cerró los ojos, y en los segundos que duró el beso hubo tanta alegría entre los dos que casi pudo olvidar el sonido que lo acompañaba: un zumbido sordo, de fondo, como el de un motor en la planta baja de un edificio de cincuenta y ocho pisos.

La casa de Margot Sinclair ocupaba un edificio de cinco plantas en una calle tranquila del Upper East Side, con la fachada de piedra caliza, balcones de hierro y una puerta tan pesada que abrirla parecía un acto ritual.

Dentro olía a cera y a lirios. Todo estaba a media luz: paneles de madera oscura, alfombras persas, candelabros que nadie había encendido desde que se inventó la electricidad.

En el vestíbulo, un mayordomo calvo y de modales de reloj les quitó los abrigos sin que se notara el movimiento.

—La señora los espera en el comedor.

El comedor era un salón alargado con una mesa para dieciséis y un retrato al óleo sobre la chimenea. Everett Vale, a los cincuenta años, de pie junto a una ventana, con una mano en el bolsillo y la otra sobre un bastón. Tenía los mismos ojos que Adrian. Lena se detuvo un momento ante él.

—Mi padre —dijo Margot, detrás—. El mejor retrato que le hicieron nunca. Se negó a posar más de una hora. Decía que la inmortalidad era una pérdida de tiempo.

—Se parece a Adrian.

—Se parece a Adrian —confirmó Margot, y fue algo en su voz lo que hizo que Lena la mirara. Fue un instante. Margot miraba el cuadro con la misma cortesía fría con la que se miraría a un huésped que se ha quedado demasiado tiempo—. Siéntese, querida. A mi derecha. Quiero tenerla cerca.

Eran seis a la mesa. Margot, en la cabecera. Richard Vale a su izquierda, con el rostro de siempre, tallado con menos luz, que inclinó la cabeza hacia Lena sin una palabra. Julian, frente a ella. Adrian, a su lado. Y una silla vacía, al fondo, que nadie mencionó.

Lena había aprendido, en diez años de organizar cenas ajenas, a leer una mesa.

A ver quién se sentaba dónde y por qué. Quién había puesto la silla, quién la había movido.

La mesa de Margot era un tablero. Tenía a Adrian de espaldas a la ventana, con la luz detrás, lo cual le oscurecía la cara.

A ella, frente a una lámpara que la deslumbraba. Y a Julian de cara a los dos.

Se sentó. Sonrió.

—Qué bonita mesa, Margot.

—La puse yo misma.

—Se nota.

La cena fue exquisita. Un consomé claro, una merluza con espárragos, un cordero que se deshacía. Margot hablaba poco y bien. Richard comía en silencio, mirando el mantel. Julian llevaba la conversación con una soltura de anfitrión alternativo.

—Lena, tú que sabes de mesas —dijo, con una sonrisa cálida que tenía los bordes afilados—. ¿Qué te parece la de mi madre?

—Muy equilibrada.

—Muy diplomática. —Le guiñó un ojo—. Mi madre dice que tú arreglaste la de noviembre sin que nadie se enterara. Que bajaste del pedestal a medio Japón con un gesto de la mano.

—Se movieron cuatro tarjetas.

—Cuatro tarjetas. —Julian alzó la copa—. La próxima vez avísame. Aprenderé.

Lena sonrió. Y mientras sonreía, empezó a ver.

Empezó por los camareros. Había dos, aparte del mayordomo: un hombre joven con guantes blancos y una doncella de rostro sereno.

Se movían con la precisión de una coreografía, y Lena, que vivía de coreografías, lo notó primero en los pequeños desajustes.

El joven había llenado la copa de Adrian dos veces, antes de que Adrian la vaciara.

La doncella no había retirado el plato de Richard hasta que Margot, sin mirar, levantó dos dedos del mantel y los dejó caer.

Una vez, dos veces. No era una indicación casual.

Margot tocaba la mesa, y el servicio respondía.

Son señales, pensó.

Margot, cuando creía que nadie la miraba, miraba el reloj.

Una vez al principio. Otra, a la mitad del cordero.

Una tercera, al servirse el queso. Después, sin ruido, entrelazó los dedos sobre el mantel y movió el índice.

El mayordomo, desde la puerta, inclinó la cabeza, giró sobre los talones y salió del comedor con una bandeja que no había llevado hasta entonces. Con dos copas.

Lena siguió la bandeja con los ojos. Cruzó el vestíbulo. Se detuvo ante una puerta de roble, al fondo, bajo la escalera. Llamó con los nudillos. Dos golpes breves. La puerta se abrió desde dentro, una rendija de luz amarilla, una mano que recogió la bandeja. Después se cerró.

—¿Algo interesante en el pasillo? —preguntó Margot, con una voz de miel.

—Estaba admirando la madera —dijo Lena—. Es muy bonita.

—Roble. De la casa de mi abuelo.

Adrian había dejado el tenedor. No la miraba. Tenía los ojos fijos en el mantel, y la mandíbula tensa, y Lena supo, sin ver nada, que él también había visto la bandeja.

Se levantó antes del postre.

—¿Me disculpan un momento? —dijo—. Necesito… —Hizo un gesto vago. Nadie preguntó.