La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 20 #2
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CAPÍTULO 20 #2

El doce de enero, Adrian entró en la casa de Margot sin haber sido anunciado.

El mayordomo abrió la boca para protestar y la cerró.

Algo en la manera en que Adrian cruzó el vestíbulo, sin quitarse el abrigo, con la nieve derritiéndose sobre la alfombra, lo disuadió.

Dos días antes la ciudad había quedado sepultada.

Ahora todo goteaba, grises los bordes de las aceras, el aire con ese olor a metal mojado que deja un invierno que no termina de irse.

Margot estaba en la sala del jardín, sentada ante un escritorio pequeño que él nunca había visto allí. Escribía con una pluma fina, sin levantar la cabeza. Detrás de ella, a través del ventanal, el jardín era una extensión lisa y blanca, sin una huella.

—No te anunciaste —dijo.

—Lo sé.

—Siéntate.

—Prefiero estar de pie.

Margot terminó la línea que escribía, firmó con un trazo limpio y dejó la pluma sobre el secante. Recién entonces lo miró. Era una mirada larga, sin prisa, de quien lee un expediente por segunda vez y busca la página que le faltaba.

—Tienes cara de no haber dormido —observó—. No es nuevo. Pero es distinta.

—Margot, quiero que liberes el anexo.

—Lo pediste en noviembre.

—Lo pido de nuevo.

—Y yo respondí en noviembre.

—No te ofrezco acciones. —Adrian dio un paso hacia el escritorio—. No te ofrezco informes ni garantías. No te ofrezco nada, porque lo que tengo ya sabes lo que vale. —Respiró hondo, y el aire le salió con un temblor que le fue imposible disimular—. Te lo ruego. Lo digo así, sin cálculo. Libérala.

Margot no se movió. En la chimenea, un leño se partió con un chasquido seco.

Adrian tuvo la impresión, absurda y fugaz, de que ella se había quedado sin aire un segundo, como quien oye por primera vez una palabra en una lengua que hablaba de niña.

—Nunca te había oído decir esa palabra —dijo al fin.

—Es la que corresponde.

—Qué incómodo debe resultarte. —Lo dijo sin burla, con un asombro casi sincero—.

Yo le rogué a tu abuelo dos veces en mi vida.

Una cuando tenía veinticinco años, y otra a los cuarenta.

Me enseñó lo que vale un ruego en esta familia.

—Su mirada se desvió un instante hacia la fotografía del piano—.

La primera vez quería su bendición para casarme con el hombre que yo había elegido.

Dijo que ya había elegido por mí. La segunda quería un asiento en la mesa donde se decidían los hoteles.

Me dio un lugar en un comité. —Cruzó las manos sobre el secante—.

Pregunto, Adrian, con todo el interés del mundo: ¿de qué quieres liberarla?

—Del anexo. De los siete días. Del pagaré. De todo.

—Del pagaré —repitió ella—. Un pagaré que, según me aseguras, su familia cree pagado.

—Ellos creen que está saldado.

—Y tú pides que se lo libere de algo que no sabe que lo ata.

Es curioso, ¿no? —Ladeó la cabeza—. Si lo que has hecho es un matrimonio verdadero, no hay nada de lo que haya que librar a nadie.

Una esposa que quiere estar no necesita que se le quite ninguna cuerda.

Si me pides que se la quite, me estás diciendo que la cuerda es lo que la sostiene.

La frase le entró a Adrian como una aguja bajo la uña. Lo supo en el mismo instante en que ella la pronunció: Margot había dado con el único argumento que no podía contestar sin dar la razón a alguno de los dos. Y ella lo sabía, y lo dejó caer entre ambos como quien deja una carta boca arriba.

—No es eso.

—No he dicho que lo sea. Lo estoy considerando. —Margot sonrió apenas—. Julian me contó que la noche del diez no volvieron a casa. Que el Halcyon los retuvo. Qué cosa, la nieve.

Adrian sintió que algo se le cerraba en el pecho.

—Mi hijo se ocupa de saber dónde están los miembros de esta familia —añadió ella, con suavidad—.

Por cariño, naturalmente. Y ahora lo entiendo todo: tanta prisa, tanta humildad.

No has venido a pedirme que la libere. Has venido porque anoche...

—Se interrumpió con elegancia—. Dejémoslo. No es asunto mío.

—Es asunto de Lena.

—Es asunto del fideicomiso. —Su voz se endureció una décima—. Y mientras yo sea la Fiduciaria Gerente, el fideicomiso no libera lo que ha tomado. Ni por tus ruegos, ni por tus acciones, ni por la pena que te dé verte aquí, con el abrigo mojado, diciendo una palabra que no sabes pronunciar.

—Margot...

—No. —Cerró el expediente que tenía abierto—. Esta es la segunda vez, Adrian. Ya sé cómo suena la tercera. Tendrás tiempo de ensayarla.

Él se quedó mirándola. Detrás de los hombros de ella, en el piano, la fotografía de Everett parecía observar la escena con ese gesto de quien ha oído una cifra y la encuentra insuficiente.

Adrian pensó, con una claridad desoladora, que todo lo que sabía hacer, comprar, negociar, resistir, no servía en esa sala.

Tenía un hotel en cada ciudad importante y no tenía nada que ofrecerle a una mujer de sesenta y dos años que lo único que quería era que él fracasara con elegancia.

—Una cosa más —dijo Margot, mientras tomaba de nuevo la pluma—. A partir de hoy voy a prestar más atención a la convivencia. Es mi deber. Seis meses, Adrian. No son tantos.

No lo acompañó a la puerta. El mayordomo, que lo esperaba en el vestíbulo, le tendió el paraguas sin una palabra.

Afuera, la nieve vieja crujía bajo los zapatos.

Adrian caminó media cuadra sin rumbo y se detuvo junto a un buzón cubierto de hielo.

Se quedó allí con las manos en los bolsillos, tratando de acordarse de la última vez que había pedido algo sin saber con certeza que se lo iban a negar. No encontró ninguna.

Sin contrato en la habitación.

La frase de Lena le sonaba en el oído con su voz exacta, la que había usado de espaldas a él, con el cierre del vestido a medio subir.

Había dicho que sí. Había aceptado con una sola palabra, de la manera en que aceptaba cualquier cosa, y mientras la decía sabía que la habitación estaba llena: el anexo en las paredes, el pagaré bajo el parquet, el sello de Whitcombe en el aire.

No había una sola habitación de su vida, ahora, en la que ese contrato no estuviera sentado, esperando con la paciencia de lo que sabe que va a ganar.

Pensó en lo que Lena había dicho de los nueve mil empleos: dímelo con esa frase, lo entenderé.

Le había ofrecido la salida más digna que él podía imaginar, una verdad parcial y decente que lo habría absuelto de todo.

Y él la había dejado pasar, porque aceptarla era empezar a decir la verdad, y la verdad no tenía una versión parcial que cupiera en una habitación.

Dos intentos. Dos negativas. La fecha de marzo, en alguna parte, avanzando a su ritmo.

Levantó el brazo para llamar un taxi. Tardó más de lo debido en conseguir que la mano dejara de temblar.