La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 21 #2
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CAPÍTULO 21 #2

Salió al vestíbulo. Estaba oscuro y silencioso, salvo por una lámpara de bronce que dejaba un charco de luz sobre el suelo de mármol. Cruzó hacia el baño de visitas, sin prisa, con la espalda recta, y se desvió de pronto, sin decidir por qué, hacia la puerta de roble bajo la escalera.

Estaba entornada. Un dedo de luz amarilla caía sobre el suelo.

Lena se detuvo a un metro. No empujó. Miró.

Era un estudio pequeño, con las paredes cubiertas de libros y una mesa de caoba cargada de papeles.

Junto a la mesa, de pie, con una copa en la mano y la corbata un poco floja, un hombre de unos cincuenta y ocho años, calvo, de gafas de montura fina y un rostro de contable amable.

Lo había visto una sola vez, el uno de octubre, al otro lado de una mesa de reuniones, con un bolígrafo de plata. Gerald Whitcombe.

El abogado hojeaba una carpeta gruesa, de lomo ancho, con una concentración tranquila. A su lado, sobre el escritorio, había otra más fina. Una hoja suelta se le había escapado de entre los dedos y cayó sobre la alfombra. Whitcombe se agachó, la recogió, y mientras se erguía levantó la vista.

Sus ojos se encontraron.

No hubo susto. Hubo una pausa, de un tercio de segundo, en la que Lena vio cómo la cara del abogado se organizaba. Cerró la carpeta con una mano, sin prisa, y apoyó la palma encima, como se pone la mano sobre una Biblia.

—Señora Vale —dijo, con una sonrisa afable—. Qué agradable sorpresa.

—Gerald. —No había dicho su nombre de pila en toda su vida—. No sabía que estaba invitado.

—No lo estoy. Asuntos de la familia. El fideicomiso. —Hizo un gesto vago—. La señora Sinclair me pidió que pasara a revisar unos documentos. Una formalidad. Ya sabe cómo son estas cosas.

—Sé cómo son.

—Espero que esté disfrutando de la velada.

—Muchísimo.

—Excelente. Excelente. —Seguía con la mano sobre la carpeta—. ¿Necesita algo?

—Solo buscaba el baño.

—Segunda puerta a la izquierda.

—Gracias.

Dio media vuelta. Atravesó el vestíbulo sin prisa y se metió en el baño de visitas, y no encendió la luz. Se quedó de pie en la oscuridad, con las manos apoyadas en el borde frío del lavabo, escuchando el latido en los oídos.

Un anexo, pensó. Un anexo confidencial, privilegiado, que nadie me ha dejado leer.

Lo había guardado todo el invierno en el último rincón de la cabeza, donde se guardan las advertencias a las que uno decide no hacer caso.

Priya, con las rosas en la mano, en el pasillo del registro: sigo pensando que has firmado algo que no has leído.

Adrian, sentado frente a ella el veintinueve de septiembre, con las manos quietas: me obliga a mí, no a ti.

Y ella, con un nudo de plazos en el estómago, había dicho que sí.

No tiene por qué ser eso, se dijo. Es un abogado del fideicomiso en la casa de la albacea del fideicomiso. Son cosas que pasan.

Se miró en el espejo. Tenía la cara muy pálida.

Pero la bandeja, pensó. Las dos copas. Las dos señales de los dedos. Una mujer que organizaba una cena de familia con un abogado en el estudio, una puerta que se abre desde dentro cuando alguien llama dos veces, y un plato de queso que se sirve exactamente cuando todos los demás están distraídos.

No sabía qué forma tenía aquello. Solo sabía que tenía una.

Se lavó las manos. Se secó. Se compuso el vestido. Y salió.

Margot la esperaba en el vestíbulo.

—Querida —dijo—. Venga conmigo un momento. Quiero enseñarle algo.

No era una petición. Lena la siguió por un pasillo lateral hasta una pequeña galería acristalada, un invernadero minúsculo con orquídeas pálidas en macetas de porcelana, iluminado por una sola lámpara.

Afuera, la nieve empezaba a caer sobre un jardín trasero.

Margot se detuvo ante una orquídea blanca y la acarició con un dedo.

—Es una Phalaenopsis. Mi padre las criaba. Dicen que son difíciles. No lo son. Solo exigen que uno no las toque demasiado.

—Es preciosa.

—Lo es. —Margot se volvió. La luz le daba en la cara desde abajo y le endurecía los pómulos—. Quiero decirle algo, Lena. Con franqueza. Creo que las dos nos hemos ganado la franqueza.

—Por favor.

—Me gusta usted. —Sonrió—. De verdad. Es la primera persona de esta familia, en décadas, que entra en una habitación y la lee. Es una cualidad rara. Pero la he observado desde el día de la boda, y hay algo que usted debería saber.

—Soy toda oídos.

—Los matrimonios de conveniencia —dijo Margot, con una suavidad de seda— terminan, casi siempre, en la primera verdad incómoda.

Sonó el silencio. En el jardín, la nieve caía sin ruido.

—No hace falta que finja conmigo —prosiguió Margot, con tono casi maternal—. Las dos sabemos qué clase de arreglo es el suyo. No se lo reprocho. Muchas cosas empiezan por razones prácticas. Pero las razones prácticas son frágiles. Basta un dato. Una fecha. Un papel. Y todo lo que parecía sólido…

Dejó la frase en el aire, abierta, como un cuchillo sobre la mesa.

Lena la miró. Miró los ojos claros, las manos largas y quietas, el collar de perlas que subía y bajaba con la respiración. Sintió que la rabia la recorría de pies a cabeza con una frialdad extraordinaria, sin ruido, como una marea.

Podía haber dicho muchas cosas. Podía haber negado. Podía haberse reído. Podía haber fingido no entender.

Eligió ser clara.

—Margot —dijo, con calma—, lo que usted llama arreglo lo firmé yo, con los ojos abiertos, sabiendo lo que hacía. No me avergüenza. No tiene por qué avergonzar a nadie. Pero ya que estamos siendo francas, permítame devolverle el cumplido.

—Por favor.

—Soy organizadora de eventos. —La miró de frente—.

Vivo de contar. Cuento invitados, puertas, copas, salidas de emergencia.

Y cuento cosas que no deberían estar donde están.

Hoy he contado a un abogado en un estudio con la puerta entornada, dos copas en una bandeja, y a una anfitriona que toca la mesa con dos dedos cuando quiere que el servicio se mueva.

Margot no se inmutó. Pero sus manos, por primera vez, dejaron de estar quietas.

—Qué observadora.

—Es mi oficio. —Dio un paso—. Una verdad incómoda, Margot, no es un arma si no tiene dueño. Y las verdades, cuando alguien las usa mal, tienen la costumbre de volverse contra quien las guardaba. Si va a hacer algo —añadió, sin elevar la voz—, hágalo de frente. Yo lo he hecho siempre. Es más limpio.

El silencio duró unos tres segundos. Fueron largos. En el jardín, la nieve ya cubría los bancos.

Margot sonrió. Fue una sonrisa pequeña, lenta, la primera que Lena le veía que no estaba ensayada. Parecía casi complacida.

—Gerald asesora a la familia, querida —dijo—. Es perfectamente normal.

—Seguro que sí.

—No hay nada que usted tenga que temer.

—Eso me tranquiliza mucho.

—Volvamos al comedor. —Margot le tocó el brazo con la punta de los dedos, un roce frío y seco—. Servirán el postre. Y Adrian estará echándola de menos.

Fueron juntas por el pasillo, a media luz, sin decir nada más.

Los pasos de Margot sonaban medidos, lentos.

Los de Lena, firmes. Cuando entraron en el comedor, Richard no levantó la vista.

Julian tenía una copa en la mano y una sonrisa en la boca.

Adrian estaba de pie junto a su silla, con el rostro pálido y los ojos fijos en la puerta, y en cuanto la vio entrar, el alivio que le cruzó la cara fue tan evidente que ella tuvo que apartar la mirada.

Tomó asiento. Dejó la servilleta sobre el regazo. Y al hacerlo se dio cuenta de que le temblaban las manos, no de miedo, sino de algo más frío y más lúcido: la certeza de que acababa de hacerse una enemiga, y de que la otra parte lo sabía desde mucho antes.

Volvieron a casa en silencio. La nieve se pegaba a las ventanillas del coche, y las luces de Park Avenue pasaban en láminas amarillas, una tras otra.

—¿Qué te dijo? —preguntó Adrian al fin. No la miraba. Miraba el cristal.

—Que los matrimonios de conveniencia terminan en la primera verdad incómoda.

No se movió. Fue lo más extraño: no se movió nada. Ni los hombros, ni la mandíbula, ni la mano que tenía sobre el muslo. Se quedó tan quieto que parecía otra cosa: una estatua de sí mismo.

—Mi tía dice muchas cosas —dijo.

—Eso me ha parecido.

—No hay que hacerle caso.

—No se lo hago.

Era mentira, y los dos lo sabían. Se hizo un silencio denso, en el que sólo se oía el rumor de los neumáticos sobre la nieve.

Lena apoyó la cabeza en el respaldo. Pensó en decirle lo del estudio.

Pensó en preguntarle, de frente, qué había en esa carpeta.

Y pensó, con una claridad que la asustó, en la regla: si los dos eligen.

Y supo que había una pregunta que él no estaba eligiendo contestar.

Más tarde, en la cama, con Adrian dormido a su lado, la respiración lenta contra su hombro y un brazo echado sobre ella con una pesadez de niño, Lena abrió la libreta negra a la luz del móvil y escribió, en una letra pequeña y recta:

2 de febrero. Whitcombe en el estudio de M. Dos copas. Dos golpes en la puerta. Carpeta gruesa.

Y debajo, tras una pausa:

Ciento siete días. Faltan setenta y cinco.

Cerró la libreta. Se quedó mirando el techo.

Había una nieve fina contra los cristales, un silencio de cincuenta y ocho pisos, un hombre que dormía por primera vez en su vida hasta las ocho de la mañana.

Y en alguna parte, bajo la cera y los lirios de una casa de piedra, una mujer de sesenta y dos años con un collar de perlas preparaba algo.

Lena no sabía qué. Solo sabía que ya había empezado.