La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

Ella lo dejó pasar. Anotó: 6: sí. Raro el silencio.

A las seis y media un camarero mayor apareció con una bandeja, sin que nadie lo llamara.

Dejó una tetera, dos tazas, una jarra de leche tibia y un plato de galletas de mantequilla, y se retiró caminando hacia atrás, como si hubiera aprendido el oficio en otro siglo. Lena sirvió para los dos sin preguntar.

—¿Siempre lo atienden así aquí? —preguntó.

—Me atienden así porque llevo toda la vida viniendo. El hotel tiene cuarenta y dos habitaciones. Mi abuelo vivió los primeros cuatro años en una de ellas. Dormía en el cuarto piso, y por las mañanas bajaba a trabajar al mostrador, para ahorrar un sueldo.

—No lo imaginaba así. A él, quiero decir.

—Nadie lo imagina así. —Adrian removió el té sin beberlo—. Cuando empezó, el Halcyon era todo lo que tenía. Después construyó el resto, y el resto lo hizo famoso. Pero este es el único sitio donde se sentía obligado a decir la verdad.

—¿Por qué me has traído aquí?

—Porque no quería negociar contigo en mi oficina.

—¿Por qué?

—Porque en mi oficina siempre gano. —Dijo la frase sin vanidad, casi como una confesión técnica—. Y no quiero que esto sea algo que gano.

—Sigamos —dijo.

Las dos exigencias de Adrian llegaron juntas, a las siete y cuarto, y las puso sobre la mesa con la misma calma con que se pone un plato.

—Residencia. Vivirás en el Aerie. Desde el día de la boda hasta el final.

—No.

—Y asistirás conmigo a todos los eventos de alto perfil. Los que yo señale. Con tiempo.

—No.

—Son los dos puntos que no negocio.

—Entonces no hay trato.

Lo dijo con firmeza, aunque por dentro algo se le había encogido. Se oyó a sí misma y pensó que había sonado menos convencida de lo que quería. Adrian no se movió.

—Lena. Margot Sinclair va a tener a alguien mirándome durante seis meses.

No me refiero a un detective. Me refiero a los camareros de mi propia casa, a mi portero, a los asistentes de los hoteles.

Si mi esposa duerme en Brooklyn y aparece de vez en cuando, esa mujer va a tener un expediente antes de Navidad.

—El resumen que me enviaste de ese artículo no dice nada sobre dónde vive nadie.

—No lo dice.

—Entonces no es una condición.

—Es una precaución. —Se inclinó hacia delante por primera vez desde que se habían sentado—. No lo dice porque no hacía falta que lo dijera. Un matrimonio de verdad comparte techo. Lo que yo no puedo permitir es que alguien lo ponga en duda.

Lo dijo con la cadencia de quien recita una regla que ha dado por buena a fuerza de repetírsela.

Lena pensó que quizá fuera cierta y que quizá no, y que no tenía manera de saberlo.

Lo anotó igual: residencia — no está en el texto.

Él lo cree necesario. Pensó que había una diferencia entre las dos frases, y no supo cuál.

—Mi apartamento —dijo.

—¿Qué pasa con él?

—Me lo quedo. El contrato de alquiler, mis cosas, mi llave. Lo pago yo, con mi dinero. No lo subarriendo, no lo cierro. Si necesito quedarme allí una noche porque he discutido con alguien o porque estoy enferma o porque quiero oír mis propios pasos, voy.

—¿Duermes allí cuando quieras?

—Con aviso razonable, para que tu personal no se alarme. Y sin dar explicaciones.

Adrian sopesó eso. Lena lo vio hacer la cuenta, tratando de imaginar el expediente de Margot con una columna de noches en Sunset Park.

—Dos noches por semana como máximo —dijo.

—Cuatro.

—Tres.

—Tres, y las eventualidades que no cuenten.

—¿Qué eventualidades?

—Enfermedad. Un problema con mi familia. Un cliente en crisis.

—Tres noches y las eventualidades razonables.

—Hecho.

—Los eventos —dijo.

—Todos los de alto perfil.

—Defíname «alto perfil».

—Cenas de directorio, galas del grupo, inauguraciones, recepciones con prensa, cualquier acto donde haya más de cincuenta personas que me conozcan.

—Con diez días de aviso.

—Siete.

—Diez, salvo emergencia real. Una emergencia no es una cena que te acuerdas de que existe el mismo día.

—Diez.

—Y puedo negarme a un evento por un conflicto con un cliente. Una vez por trimestre, con cuatro días de aviso. Un evento. No es un veto: es un respiro.

Adrian no contestó enseguida. Lena sintió que, esa vez, estaba cediendo por cortesía y no por cálculo, y se preguntó si él sabía diferenciarlos.

—Una vez por trimestre —dijo.

Ella escribió: 10 días. Un «no» por trimestre. Debajo, como una nota para sí misma, añadió: me ha dado casi todo. Y dudó antes de escribir lo siguiente. ¿Por qué?

La cláusula once la propuso él.

—Una condición mía. La única que de verdad me importa.

—Ya tienes dos que no negocias.

—Esta no es por la apariencia. —Adrian recogió la pluma y la dejó otra vez—. Ninguno de los dos desarrollará apego. Ni romántico ni sexual. Ni lo buscará en el otro, ni lo permitirá en uno mismo.

Lena soltó una risa corta, sin alegría.

—Eso no me preocupa.

—Lo sé.

—No me lo digas como si me hicieras un favor.

—No es un favor. —Su voz tenía algo duro, que no iba dirigido a ella—. Es un seguro. Si uno de los dos empieza a sentir algo, tiene que decirlo de inmediato. Sin esperar. Y la otra parte puede invocar la cláusula, y en ese caso se suspende cualquier contacto que no sea público. Hasta que se aclare.

—«Aclarar» no es una acción.

—Hasta que el que lo haya notado deje de notarlo.

Lena apuntó la cláusula, y mientras apuntaba pensó en un hombre cuyo nombre ya no pronunciaba, en una oficina de cristal, en un día en que había confundido la necesidad de alguien con su afecto y había tardado semanas en entender la diferencia.

No dijo nada de eso. Su vida privada no era moneda de cambio.

—Mutua —dijo.

—Por supuesto.

—Que cualquiera de los dos pueda invocarla. No solo tú.

—Mutua.

—Y que invocarla no tenga consecuencias económicas.

—Ninguna.

—Entonces la acepto. —Escribió: 11: mutua, sin penalización. En el margen, sin saber por qué, dibujó una raya pequeña y la tachó.

La confidencialidad llegó a las ocho. El té se había enfriado. Los ventanales mostraban ya una calle oscura, con la marquesina del teatro vecino iluminada, y en el fondo de la sala alguien había ido apagando una a una las lámparas que no se usaban.

—Cláusula catorce —dijo Adrian—. Confidencialidad. Nadie sabe que es un acuerdo. Ni de forma directa ni por omisión.

—¿Nadie?

—Nadie. Salvo asesores legales y fiscales de cada parte. Marcus Bell, por mi lado, y un abogado externo. Por el tuyo, quien quieras.

—Priya.

—¿Quién es Priya?

—Mi abogada. Y mi amiga.