CAPÍTULO 8 #3
—Priya, entonces.
Lena sintió que se le formaba un nudo bajo las costillas.
—¿Y mi familia?
Adrian tardó en responder. Fue honesto, y esa honestidad la golpeó.
—No pueden saberlo. No puede saberlo nadie que no tenga una obligación profesional de callar.
—Mi padre tiene sesenta y tres años y ha tenido un infarto.
Mi madre cree que la gente buena existe.
Mi hermano me mira como si todavía pudiera arreglarlo todo.
Les voy a decir que me he casado con un hombre al que conocí por trabajo, y que él ha pagado la deuda porque es generoso.
—Hizo una pausa, y sintió la garganta seca—. Eso es mentirles.
—Sí.
—Cada día.
—Sí.
—No lo estás suavizando.
—No voy a hacerlo. —Adrian bajó la mirada—. Te pido que mientas a quienes más quieres, durante un año. Es lo más caro de este contrato, y no voy a fingir que no lo es.
Lena respiró despacio. Pensó en Rosa, preguntándole por teléfono si ya había comido. Se dijo que aquello era una deuda, que las deudas se pagan, y que mentir era solo el interés.
—Catorce —dijo, y le tembló un poco la voz—. De acuerdo.
—Gracias.
—No me des las gracias. —Y se oyó repetir, sin querer, una frase que le había oído decir a su padre mil veces—. Dáselas a quien te las pida.
La última cláusula llevaba un nombre que ella había odiado desde que lo imaginó.
—Terminación anticipada —dijo.
—Diecisiete.
—Si quiero irme, me voy.
—Si quieres irte, hay que ordenar cómo.
—Treinta días de aviso por escrito, por cualquiera de las dos partes.
—Eso me deja sin matrimonio antes de que termine el plazo —dijo Adrian—. Sin él, el artículo no se cumple.
—Eso no es mi problema.
—Sí lo es. Si te marchas antes de la Review, la empresa pasa a manos de personas que no me conviene que la tengan.
—Entonces págame para que no me vaya.
Adrian levantó la vista, y por un instante Lena creyó haberlo herido. Pero la voz con que contestó fue neutra.
—Si me voy yo, pago los trescientos cincuenta íntegros. Si te vas tú antes del final, pierdes ese tramo. El préstamo queda saldado de todas formas. Eso no depende de nada.
—¿Aunque me vaya al día siguiente?
—Aunque te vayas al día siguiente.
—Dilo otra vez.
—El préstamo de tu familia queda saldado el día que firmes. No hay manera de recuperarlo. No está sujeto a condición alguna.
Lena lo anotó con especial cuidado, sílaba por sílaba. Era la frase que más necesitaba, y se la había dado sin que tuviera que arrancársela. Debería haberse sentido aliviada. Se sintió, en cambio, como se siente quien ha ganado una discusión con alguien que sabe perder demasiado bien.
—Treinta días —dijo—. Diecisiete.
—Diecisiete.
Dejó la pluma. Le dolían los dedos. En la página, letra por letra, estaba todo lo que había ido apuntando: 6, 11, 14, 17.
Una cifra, y otra. Dormitorios separados.
El afecto, solo en público. Un millón quinientos mil.
Su apartamento. Su empresa. Estaba, en apariencia, ganando.
Cada línea del cuaderno decía que ganaba.
—¿Y ahora qué? —preguntó.
—Ahora Whitcombe & Crane lo convierten en un contrato.
—Adrian arrancó las hojas del bloc una a una, con cuidado de no rasgarlas, y las ordenó en una pila—.
Es el bufete que lleva mis asuntos. Redactan los términos, añaden las disposiciones de cierre, que son formalidades, y en tres o cuatro días tendrás un borrador.
—Las disposiciones de cierre.
—Jurisdicción, notificaciones, cosas de ese tipo.
—Quiero verlo todo.
—Lo verás todo.
Lena notó que había respondido deprisa. Muy deprisa. Lo anotó en una esquina, sin pensar, y un segundo después tuvo ganas de borrarlo.
—Y lo leerá Priya —dijo.
—Por supuesto.
—Antes de que yo firme nada.
—Es lo que habría pedido yo.
Se levantaron casi a la vez. Adrian le tendió de nuevo la mano, y esta vez ella pensó en lo que le había costado llegar a esa mesa, en lo que le costaría salir de ella, y en lo que ocurriría si no estrechaba esa mano. La estrechó. Los dedos de él eran cálidos y estaban secos. Los suyos, no.
—Esto no cambia lo que pienso de ti —dijo ella.
—No esperaba que cambiara.
—Bien.
—Lena.
Ya estaba en la puerta. Se volvió.
—Gracias por haber venido —dijo Adrian—. De verdad.
No contestó. Bajó la escalera sin tocar la barandilla, cruzó el vestíbulo bajo la mirada tranquila del hombre del pelo blanco y salió a la calle. Hacía frío. La marquesina del teatro de al lado parpadeaba en rojo sobre el asfalto mojado, y una pareja con paraguas pasó riéndose, sin saber nada.
Lena se detuvo en la esquina y abrió el planificador bajo la farola.
Había escrito mucho, con letra apretada.
Había ganado en todos los puntos que había llevado, y aun así, al leer la página, tuvo la sensación de que faltaba una línea.
No sabía cuál. Algo que él no había dicho, o algo que ella no había preguntado.
Sacó el teléfono y escribió a Priya: Tengo un borrador. En unos días. Necesito que lo leas tú antes que yo.
La respuesta llegó antes de que terminara de guardar el móvil.
No me gusta cómo suena eso. Trae café.