La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 8
18%

CAPÍTULO 8

La Mesa Del Fundador

Lena llevaba la lista en la primera página del planificador negro, y la había reescrito tres veces durante el viaje en metro desde Red Hook. La tercera versión era la más corta. Seis líneas, sin adjetivos. Había aprendido que cuanto más se explica una exigencia, más fácil resulta negociarla.

El Vale Halcyon no se parecía a nada que ella hubiera esperado.

Dentro olía a cera de muebles y a café recién hecho.

El vestíbulo cabía entero en el comedor de Hart's Table.

Una alfombra roja de dibujo desvaído, un mostrador de madera oscura con un timbre de campana, un ascensor con rejilla plegable al fondo.

Detrás del mostrador, un hombre de pelo blanco levantó la vista, reconoció a la persona que esperaba sin que nadie se lo hubiera descrito y dijo, con una inclinación mínima:

—La señorita Hart. El señor Vale la espera en el primer piso.

—¿Cómo sabe quién soy?

—Es la única persona que ha entrado hoy mirando las salidas de incendio antes que el mostrador —respondió el hombre, con una sonrisa que no llegó a ser burla.

Lena se miró los zapatos para ocultar que casi se reía.

Había sido, en efecto, lo primero que había mirado.

Años organizando eventos le habían dejado esa clase de hábitos.

Subió por la escalera, no por el ascensor, porque no estaba dispuesta a entrar en una jaula de latón para ir a ver a ese hombre.

El primer piso era una sala larga con el techo bajo y las ventanas hacia la calle.

Alguien había encendido las lámparas aunque todavía quedaba luz de la tarde, y esa luz doble, amarilla y gris, volvía todo un poco irreal.

Había mesas cubiertas con manteles blancos, ninguna ocupada.

Al fondo, junto a una chimenea que no parecía haberse encendido en años, había una mesa redonda de nogal oscuro, grande para dos personas, con una placa de bronce atornillada en el borde.

Lena la leyó antes de leer a quien la esperaba sentado detrás.

Founder's Table. E. V. — 1962.

—Mi abuelo cerró aquí su primer trato —dijo Adrian—. Con un hombre que le prestó el dinero y que, según la familia, nunca se lo cobró. La historia cambia según quién la cuente.

No se había levantado. Llevaba una camisa blanca con las mangas dobladas dos vueltas, sin corbata, sin chaqueta, y sobre la mesa tenía un bloc amarillo de abogado y una pluma.

Ni un teléfono. Ningún asistente. Lena había esperado al hombre del rooftop del Meridian, el de la voz que cortaba el aire, con ese traje que parecía hecho a la medida de su desprecio.

Este hombre era el mismo, y no lo era. Estaba en su territorio y se le notaba en los hombros, que no estaban rígidos.

Dedujo que eso formaba parte de la jugada. Se sentó frente a él, abrió el planificador y colocó la pluma encima.

—Gracias por venir —dijo Adrian.

—No he venido por ti.

—Lo sé.

—Quiero que esto quede claro desde el principio. —Lena alzó la vista—. Hace nueve días me ofreciste un trabajo en la cocina de mi padre, sin explicarme qué trabajo era. Ayer te llamé yo. Tú me dijiste qué necesitabas y yo te dije que lo pensaría. Lo he pensado. Eso no significa que me caigas mejor.

—No lo pretendía.

—Pues no empieces a pretenderlo.

Se produjo un silencio. Del fondo llegó el tintineo de una cucharilla contra una taza: alguien trabajaba tras la barra de la sala contigua. Adrian la observó con los ojos entornados, como se mira una pieza de ajedrez que se ha movido sola.

—Empieza tú —dijo.

—Siempre empiezo yo.

—Aquí, sí. —Hizo un gesto vago hacia la sala—. Tú pones el orden. Yo lo escribo.

Lena no se fió de la generosidad. Ninguna generosidad que viniera de ese hombre llegaba sin factura. Pero dejó que el planificador se abriera en la primera página.

—Tres cosas antes de hablar de dinero —dijo—.

Primera: no soy tu empleada. Soy una contraparte.

Quiero que ese documento lo diga con esas palabras, o con otras que signifiquen lo mismo.

Segunda: sigo trabajando. Mi empresa sigue siendo mía, mis clientes siguen siendo míos, y ninguna persona de tu familia ni de tu directorio decide con quién trabajo ni para quién.

—¿Y tercera?

—Tercera: no quiero que me hagas favores. —Lo dijo despacio—. Si me das algo, quiero que esté escrito. Si no está escrito, no lo acepto.

Adrian apuntó algo en el bloc. Lena vio que la letra era pequeña, angulosa, de alguien que había aprendido a escribir bajo presión.

—¿Eso es todo?

—Es lo que importa. El resto son cifras.

—Entonces hablemos de cifras.

El número lo dijo él, y lo dijo sin adornos.

—Un millón ciento cincuenta mil dólares. Es el saldo del préstamo de tu familia con Brightwater. Se salda el día de la firma. Directamente al banco, no pasa por ti.

Lena lo había calculado en el metro, y había calculado que él ofrecería exactamente eso. El número que ella había escrito en el margen era otro.

—Eso es la deuda de mi padre —dijo—. No es mi precio.

—No te estoy poniendo precio.

—Sí que me lo estás poniendo. —Su voz salió más baja de lo que quería—.

Me estás pidiendo que viva un año de mi vida bajo tu techo, que me siente a tu lado en las cenas, que sonría a gente que me ve como a una camarera con buenos modales.

Si el único pago es que el banco deje de llamar a mi madre, entonces no soy una socia: soy una garantía. Quiero algo que sea mío.

Adrian dejó la pluma.

—¿Cuánto?

—Trescientos cincuenta mil. Cuando termine.

—¿Cuando termine qué?

—Cuando termine lo que tú necesitas. Que no sé cuándo es, porque no me has dado una fecha que me sirva.

—La fecha es el veinte de abril del año próximo —dijo Adrian—. La Vesting Review. Si el matrimonio la supera, se transmite el Bloque. Ese día se cierra el contrato.

—Entonces ese día me pagas.

—Hecho.

Lena tardó un segundo en darse cuenta de que no había oído una réplica.

—¿Hecho?

—Hecho.

—No has regateado.

—No tengo tiempo de regatear lo que ya iba a pagar. —Adrian movió una mano sobre el bloc—. Un millón quinientos mil en total. Un millón ciento cincuenta para el préstamo, trescientos cincuenta para ti. Sin condiciones sobre el uso del segundo tramo.

Ella apuntó las cifras, más despacio de lo necesario. Había esperado una pelea, y se había preparado para una pelea, y sin pelea la preparación se le quedaba flotando, inútil. Sospechó de inmediato. Cuando un hombre así cede tan rápido, siempre es porque lo que se guarda es mayor.

—Hay otra cosa —dijo—. La factura. Los doscientos doce mil de mi empresa.

Lo vio quedarse quieto.

—Eso no entra aquí —continuó Lena—. No es un precio y no quiero que lo parezca.

Es una deuda de Vale Hospitality con mi empresa por un trabajo hecho.

No voy a vendértela, ni a cambiártela, ni a dejar que se confunda con lo que estamos firmando.

Si quieres que cuente como parte de esto, la respuesta es no.

—No he dicho que lo fuera.

—Lo estoy diciendo yo. Para que quede en mi cuaderno.

Adrian apartó la mirada hacia la ventana. Afuera, en la calle, un taxi hacía sonar la bocina contra un camión de reparto. Pareció que iba a decir algo y se lo pensó mejor.

—Entendido —dijo.

Lena esperó a que añadiera una frase, una excusa, un «lo revisaré». No llegó. Anotó en la esquina de la página: factura, no tocó. Y la rodeó con un círculo.

La parte de las habitaciones la despachó él antes de que ella la abriera.

—Dormitorios separados. Por supuesto.

—Dilo en el contrato.

—Lo diré.

—«Por supuesto» no es una cláusula.

—Tendrás tu propia habitación con llave —dijo Adrian, con un cansancio paciente—. En el piso inferior, la que tiene baño propio y entrada independiente desde el pasillo. No tengo intención de entrar en ella, ni de pedirte que entres en la mía.

—Lo vamos a escribir.

—Lo escribiremos.

Pasaron a la siguiente. Era la que más había temido preparar, y también la que más le había costado escribir en la lista, porque la lista se negaba a quedarse en seis líneas cuando llegaba a este punto.

—Afecto —dijo Lena—. Solo en público.

—Es lo que se espera de un matrimonio.

—Es lo que se espera de uno que quiere que lo crean.

En privado no hay nada que hacer, así que no hay nada que fingir.

Delante de otras personas, sí. Una mano, un brazo, un beso en la mejilla, una frase en voz alta que suene bien.

Fuera de eso, cada uno hace lo que quiera con su cuerpo y con su tiempo.

—Habrá ocasiones en que sea necesario algo más convincente.

—Entonces lo decidiré yo, en el momento. Y puedo parar cuando quiera. Sin explicarte nada.

Adrian la miró. Tardó lo bastante como para que Lena sintiera, por primera vez en toda la tarde, que le había dado donde dolía, y no supo si había sido por el contenido o por el tono.

—De acuerdo —dijo.

—Lo quiero así en el papel.

—Lo tendrás.

La pluma de él se movió. La de ella también. —Ahora —dijo Lena— el trabajo. Cláusula seis.

Habían decidido numerar los puntos por temas a medida que los cerraban, y el del trabajo era el sexto.

—Cláusula seis —dijo Adrian—. Ejercicio profesional independiente.

—Mi empresa, mis clientes, mis contratos. Nadie me exige consentimiento ni aprobación. Nadie me pide cuentas. Si me contrata un competidor tuyo, es asunto mío.

—Un competidor mío.

—Hipotético. Me contrataría una gala benéfica, o una boda, o un congreso de dentistas. No voy a quedarme en casa esperando a que me llames.

—Tus clientes pueden ser quienes quieras.

—Sin que tu familia lo vea como un conflicto.

—Mi familia no es parte de este contrato.

—Eso es lo que me preocupa.

Hubo un instante en que Adrian dejó de escribir.

Fue breve. Lena habría pasado por alto el gesto si no hubiera pasado años mirando a clientes mientras fingían que no les costaba aceptar lo que acababan de aceptar.

Él se quedó con la pluma suspendida un segundo más de lo necesario, la vista fija en el papel y no en ella.

Luego escribió una línea, la subrayó, y levantó los ojos con la cara limpia.

—Cláusula seis. Sin consentimiento de nadie. Está.