La esposa por contrato del multimillonario CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—Tampoco esperaba usted a que me cayera del cielo una oferta, y sin embargo la hizo. —Respiró—. No llamo para pedirle nada, señor Vale. Llamo para saber qué quiere, y para decirle qué precio tiene.

Se hizo un silencio en la línea. Al fondo se oía algo, un reloj, quizá, o la ciudad entrando por un ventanal muy alto.

—Eso es más directo de lo que esperaba.

—Ya me conoce.

—He visto una muestra. —No había sonrisa en la frase; había algo parecido a la atención—. Dígame las condiciones.

—Primero las suyas. No las que usted quiera contarme. Las verdaderas. Si voy a hablar de números con alguien, quiero saber para qué.

—Sí. —Y sonó, por primera vez, como si pesara las palabras—. ¿Tiene dónde apuntar?

Lena miró la agenda.

—Tengo.

Escribió la hora, 6:10, en el margen. Luego, con el bolígrafo sobre el papel, esperó.

—Mi abuelo murió en julio del año pasado —dijo Adrian—. Dejó un fideicomiso. Una de sus disposiciones, el Article X, impone una condición que debo cumplir: tengo que estar casado antes de mi cumpleaños. Treinta y cinco, el 15 de marzo.

Lena no escribió nada. Lo escuchó entero, la frase y el espacio vacío tras ella.

—¿Casado.

—Casado. Con alguien, entiéndame, que sea mi esposa, legalmente.

No es una expresión. —Su voz era ahora la de quien enumera hechos de una sala de juntas—.

Y la boda no basta. El texto exige un período de seis meses posterior, al que llama Seasoning Period.

Durante esos seis meses el matrimonio tiene que… sostenerse.

—¿Sostenerse cómo?

—Como un matrimonio.

—Eso no es una definición.

—Es la que tengo.

Lena cerró los ojos un instante. El patio, la ropa blanca, el café frío en la taza. Un hombre que lo tenía todo, y que necesitaba una esposa del mismo modo en que otros hombres necesitan una firma notarial: porque un documento, en alguna parte, lo exigía.

—Entonces me ofreció dinero en la cocina de mi padre porque necesita una esposa.

—Necesito una esposa que no lo malinterprete —dijo él—. Alguien que entienda el acuerdo como lo que es. Que no quiera nada de mí que yo no esté dispuesto a dar. Que no se enamore. Y que no pueda ser comprada por nadie más.

—Y yo reúno todo eso.

—Usted me dijo en público que yo podía poseer un edificio pero no a la gente que había dentro. —Algo en su tono se endureció—. Nadie dice eso si puede ser comprado.

Lena abrió los ojos. Había una ironía enorme en aquello, y no tuvo ganas de saborearla.

—¿Y si el matrimonio falla? ¿Qué pasa?

—Eso me concierne a mí.

—Lo estoy poniendo en la mesa, señor Vale. Si yo voy a firmar algo, quiero saber qué se rompe cuando se rompe.

—Si funciona, ambos obtenemos lo que necesitamos. Si no, usted no pierde nada que no hubiera perdido antes. —Se detuvo, como si hubiera notado lo poco que decía—. Lo demás, cuando nos veamos.

Lo demás. Lena anotó la frase en el margen, junto a la hora, y dibujó debajo una línea fina. No sabía todo. Sabía lo que él había decidido que podía saber. Entendió que con un hombre así esa distinción era la única información que importaba, y la guardó.

—Tiene seis meses de condición y una boda —dijo ella, despacio, ordenando—. Y yo tengo una deuda con vencimiento el 1 de diciembre, que usted ya conoce, porque si no, no habría ido a verme.

—Sí.

—Entonces quiero hablar de lo que me cuesta.

—Dígame.

Lena sintió el pulso en el cuello. Podía haber esperado, podía haberse dado una noche más, una hora más. Pero ya había esperado todo el verano, y en cada espera algo se le había ido gastando por dentro, un centímetro al día.

—No voy a sacar un solo dólar de mi bolsillo para pagarle a su fideicomiso un favor que nadie me pidió.

Mi familia no puede ser tocada por esto.

Mi trabajo no puede ser tocado por esto.

Y mi nombre sigue siendo mío. —Hizo una pausa—.

Y el precio es de un millón ciento cincuenta mil dólares.

Ni uno menos. Lo demás lo hablamos cara a cara, con papel delante y un abogado mío leyendo cada línea.

Una pausa larga. En el fondo, el reloj, o el viento.

—Un millón ciento cincuenta mil —repitió Adrian, y no lo dijo como una pregunta.

—Es lo que debo. Pero no he dicho que sea lo único que voy a pedir.

—No —dijo él, y ahora sí, apenas, algo parecido a una sonrisa se coló por el auricular, seca como una grieta en un cristal—. No me parece que lo haya dicho.

—¿Dónde?

—Mañana. A las diez. El Vale Halcyon, calle 44 Oeste. Pregunte por el Founder's Table.

—¿Por qué ahí?

—Porque es donde empezó todo —respondió él, y por un momento no sonó a negociador, sino a otra cosa que ella no supo nombrar—. Y porque nadie nos va a molestar.

Colgó él primero.

Lena se quedó con el teléfono en la mano, aún caliente, y el silencio del departamento a su alrededor. En el patio, la vecina descolgaba la última sábana. Un tren pasó lejos, hacia el sur.

Abrió la agenda en la hoja de la noche anterior. Bajo Términos, con letra firme, escribió lo que le había dicho: Article X. Casado antes del 15 de marzo. Seis meses de Seasoning Period. «Lo demás, cuando nos veamos.» Y debajo, más pequeño, subrayándolo hasta que el papel se hundió:

1 150 000.

Tenía dos meses y seis días hasta el vencimiento. Había aceptado, por fin, entrar en la casa de un hombre al que despreciaba, y lo había hecho de pie, sin pedir perdón.

Eso, por lo menos, era suyo.