La esposa ideal 6
86%

6

Esa noche el resort organizaba una gran cena de gala al aire libre. Habían preparado mesas junto a la playa, antorchas, luces íntimas y una banda en vivo que tocaba salsa, bachata y reggaetón. El alcohol corría sin control y el ambiente era claramente más desinhibido que los días anteriores.

Me vestí con un largo vestido blanco vaporoso, con una abertura lateral que llegaba casi hasta la cadera y un escote contundente que dejaba muy poco a la imaginación. Sergio me miró con deseo cuando salí del baño y me dijo que estaba espectacular. Yo sonreí, pero en mi mente solo pensaba en Héctor.

Durante la cena compartimos mesa con otra pareja joven, Laura y Andrés, que estaban celebrando su aniversario.

Charlamos de todo un poco: del resort, de los viajes, de lo bonito que era estar recién casados.

Sergio estaba encantador, como siempre. Yo reía, bebía vino y fingía interés, pero mis ojos no dejaban de buscar a Héctor entre la gente.

Lo vi cerca del escenario. Estaba guapísimo.

Llevaba una camisa blanca de lino ajustada que marcaba sus músculos y un pantalón claro del mismo tejido.

No llevaba ropa interior. Se notaba perfectamente.

Su polla gruesa colgaba pesada y se bamboleaba con cada movimiento que hacía.

Cada vez que se giraba, la tela se marcaba y yo sentía un espasmo directo en el coño.

Después de la cena, Sergio me invitó a bailar.

La banda tocaba una bachata sensual. Me pegó a su cuerpo y empezamos a movernos.

Pero yo no dejaba de mirar hacia Héctor.

Él estaba apoyado en una columna, con una copa en la mano, observándome con una sonrisa tensa y segura.

Sabía exactamente el efecto que causaba en mí.

A medida que avanzaba la noche y el alcohol hacía efecto, me volví más atrevida. Poco antes de las doce, me senté sobre el regazo de Sergio mientras la otra pareja bailaba. Empecé a moverme lentamente, frotando mi culo contra su polla, que ya estaba dura.

—Héctor nos está mirando —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo.

Sergio soltó un gemido bajito y me apretó las caderas, ayudándome a moverme.

—Que mire —respondió con voz ronca—. Quiero que vea lo puta que te pones cuando bebes dos copas.

Seguí restregándome contra él, cada vez más descarada, mientras Héctor no apartaba la vista de nosotros.

Tenía los pezones como diamantes. Le lancé una mirada cargada de lujuria, una mirada de zorra en celo que dejaba claro lo que quería.

Él sonrió y levantó su copa hacia mí como un brindis silencioso.

Cuando el reloj marcó las doce, Sergio me cogió de la cara y me besó con fuerza antes de susurrarme al oído:

—Llévatelo a la playa. Fóllatelo como la zorra que eres. Quiero que te dé todo lo que yo no puedo darte. Quiero que te destroce. Es nuestra luna de miel y quiero que la disfrutes de verdad. Yo estaré cerca… no pienso perderme el espectáculo. Y quiero oírte gritar de placer…

Esas palabras fueron el detonante.

Me levanté con las rodillas temblando de excitación. Caminé directamente hacia Héctor sin mirar atrás. Cuando llegué a él, le cogí de la mano sin decir nada y tiré de él. No hizo falta explicarle. Me siguió con una sonrisa lobuna.

Lo llevé hacia un pequeño montículo rodeado de palmeras, un poco apartado de la zona principal de la fiesta.

Apenas había luz, solo la de la luna y algunas antorchas lejanas.

En cuanto estuvimos entre las palmeras, Héctor me empujó contra un tronco y me besó con brutalidad, metiendo su lengua mientras sus manos grandes subían por mis muslos, levantándome el vestido vaporoso.

—Por fin, joder… —gruñó contra mi boca—. Llevo todo el día con la polla dura pensando en darte tu merecido.

Me levantó el vestido hasta la cintura y metió la mano dentro de mis bragas. Estaba empapada.

—Qué coño más caliente y mojado —dijo, metiendo dos dedos de golpe—. ¿Tu maridito ya sabe que su mujercita está aquí a punto de que la folle un negro?

—Sí… y quiere verlo —confesé entre gemidos.

Héctor soltó una risa oscura y me dio la vuelta, pegándome contra el tronco. Me bajó las bragas de un tirón y escuché cómo se bajaba los pantalones. Sentí la cabeza gruesa y caliente de su enorme polla frotándose contra mi entrada.

—Entonces vamos a darle un buen espectáculo —gruñó.

Y empujó.