5
Al día siguiente me desperté con una sensación de nervios y excitación que apenas me dejaba respirar.
La noche anterior había dormido poco, dando vueltas en la cama mientras recordaba la polla enorme de Héctor frotándose contra mí mientras yo respiraba sobre aquella tabla de surf; y las palabras de Sergio dándome permiso para seguir adelante con aquel juego de imprevisibles consecuencias.
Me sentía poderosa, perversa y terriblemente cachonda.
Fuimos a desayunar y Sergio estaba especialmente cariñoso.
Me besaba, me tocaba la pierna por debajo de la mesa y me preguntaba con una sonrisa cómplice si había visto a Héctor.
Le dije que todavía no, pero que pensaba buscarlo.
Su polla se endureció visiblemente bajo los pantalones cortos.
Era surrealista ver a mi marido tan excitado con la idea de que otro hombre me tocara.
Ojalá hubiese sabido todo esto antes. Habría tenido muchas menos dudas a la hora de pasar por el altar.
Después del desayuno, Sergio se quedó en el bungalow, de nuevo “terminando unas cosas del trabajo”. Yo me puse un bikini rojo aún más pequeño que el del día anterior y salí hacia la playa.
Encontré a Héctor cerca de la zona de kayaks. Estaba claramente mosqueado. Cuando me vio, me miró con los brazos cruzados y una expresión entre frustrada y excitada.
—Vaya… la princesita ha vuelto —dijo con tono seco—. Ayer me dejaste con la polla tiesa y dolorida. ¿Te pareció divertido?
Sonreí con malicia. Por primera vez sentía que tenía el control de la situación y eso me gustaba mucho.
—Todo llegará, Héctor —respondí acercándome a él—. Tienes que aprender a ser paciente.
Él soltó una risa sarcástica y miró alrededor. La playa estaba bastante concurrida, pero había zonas más tranquilas.
—Ven conmigo —ordenó.
Caminamos hasta meternos en el agua. Cuando el agua nos llegó a la cintura, Héctor se colocó detrás de mí y me rodeó con sus brazos. Su mano bajó directamente dentro de mi bikini y sus dedos gruesos encontraron mi clítoris.
—Joder… sigues cachonda, ¿verdad? —gruñó en mi oído mientras empezaba a masturbarme bajo el agua.
Gemí bajito y me apoyé contra su pecho. Sus dedos se movían con habilidad, frotando mi clítoris en círculos y metiendo dos dedos dentro de mí.
El agua disimulaba lo que estaba pasando, pero cualquiera que nos mirara con atención podía sospechar.
Básicamente porque empecé a jadera como una perra en celo.
—Quiero follarte, Claudia —susurró mordiéndome el lóbulo de la oreja—. Quiero meterte esta polla negra hasta el fondo y llenarte ese coñito.
Estaba a punto de correrme cuando, de repente, me arrancó la parte de arriba del bikini con un tirón seco. Mis tetas quedaron completamente expuestas. Solté un grito ahogado y me tapé como pude con los brazos.
—Devuélvemelo —susurré nerviosa.
Héctor sonrió y se guardó la prenda en el bolsillo del bañador.
—Vuelve al bungalow así. Quiero que tu marido tenga muy claro lo puta que estás hecha.
Salí del agua indignada, más que por ir semidesnuda, por no haber conseguido correrme.
Tuve que caminar por la playa tapándome los pechos con los brazos, con el corazón latiendo a mil. Varias personas me miraron. Sentía vergüenza y excitación al mismo tiempo.
Cuando llegué al bungalow, Sergio estaba sentado en la terraza con el portátil. Al verme entrar casi desnuda de cintura para arriba, levantó una ceja y sonrió.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
Le conté todo con detalle: cómo Héctor me había masturbado bajo el agua, cómo me había arrancado el bikini y cómo había tenido que volver tapándome. Mientras hablaba, vi que Sergio tenía una erección evidente.
Cuando terminé de contarle, él señaló con la cabeza hacia la mesilla de noche.
—Mira ahí —dijo.
Sobre la mesilla había unos prismáticos. Lo miré sin entender.
—Te he estado viendo todo el rato —confesó con voz tranquila—. Desde que te metiste al agua con él. Lo he visto todo: el movimiento de sus manos debajo del agua, cómo te retorcías de placer, cómo te arrancó el bikini y dejó tus tetazas al aire…ufff…
Me quedé sin palabras. Sergio se levantó, se acercó y me besó con fuerza.
—Me ha encantado verte —susurró contra mis labios—. Verte tan cachonda, tan zorra… Me he puesto a mil.
Sentí que mi coño se contraía de pura excitación. Mi marido me había estado espiando mientras otro hombre me tocaba y le había encantado.
—Esto se está acercando, ¿verdad? —pregunté casi sin voz.
Sergio asintió y me apretó el culo.
—Muy pronto. Quiero que sigas provocándolo un poco más… y luego quiero verlo todo. Quiero verte cómo te follas a ese negro como la zorra necesitada que eres.
Lo besé con desesperación. Estaba más cachonda que nunca. Sabía que ya no iba a poder esperar mucho más.
Héctor iba a follarme.
Y mi marido no solo lo sabía… sino que lo estaba deseando. Tal vez incluso más que yo.