La esposa ideal 4
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Volví al bungalow con las piernas temblando y el bikini completamente mojado.

Tenía el coño hinchado, palpitando y chorreando.

Cada paso que daba me recordaba lo cerca que había estado de dejar que Héctor me follara entre las tablas de surf.

Todavía sentía su polla gruesa frotándose contra mí, sus palabras sucias resonando en mi cabeza y el sabor salado de su verga en mi boca.

Entré en la habitación y me detuve en seco. Sergio estaba sentado en la mesa del salón, con el portátil abierto, tecleando concentrado. A pesar de que habíamos acordado explícitamente que no trabajaría durante la luna de miel, ahí estaba, respondiendo correos y revisando informes.

—¿En serio, Sergio? —pregunté, cerrando la puerta detrás de mí—. ¿Habíamos dicho que nada de trabajo?

Levantó la vista y me miró. Por un segundo pareció sorprendido de verme allí, con el pelo revuelto, las mejillas sonrojadas y claramente agitada.

—Es solo un momento, cariño. Ya sabes que soy el responsable del equipo y no puedo desconectar al cien por cien. Ya me gustaría. Surgió una urgencia con un cliente importante —respondió, intentando justificarse.

Me acerqué lentamente hasta quedarme frente a él. Todavía sentía el pulso entre las piernas y la adrenalina corriendo por mis venas. No podía esperar más. Necesitaba respuestas.

—Sergio… esta mañana, cuando dijiste que te encantaría saber que estoy siendo bien atendida… ¿hablabas en serio?

Se quedó mirándome en silencio durante unos segundos. Luego cerró el portátil lentamente y se recostó en la silla, observándome con una expresión que no lograba descifrar del todo.

—¿Eso es lo que te preocupa? Ven aquí —dijo suavemente, dando una palmada en su regazo.

Me senté a horcajadas sobre él. Podía sentir su polla ya medio dura debajo de mí. Eso me dio algo de valor.

—Dime la verdad —insistí—. ¿De verdad te gustaría que me follara a Héctor? ¿Te excita la idea de que otro hombre me toque… de que me folle?

Sergio respiró hondo, me puso las manos en la cintura y me miró directamente a los ojos.

—Sí, Claudia. Hablaba completamente en serio. Me pone muy cachondo imaginarte con él.

Sentí un latigazo de excitación recorrer mi cuerpo. Me mordí el labio.

—¿Quieres que te cuente lo que ha pasado en la playa? —pregunté, casi en un susurro.

—Quiero todos los detalles —respondió, apretándome las caderas—. Sin omitir nada.

Empecé a hablar. Le conté cómo fui a buscar a Héctor, cómo me llevó detrás de las tablas de surf, cómo me besó con fuerza y me quitó la parte de arriba del bikini para comerme las tetas con hambre.

Le describí cómo me arrodillé y le chupé la polla, lo grande y gruesa que era, cómo me folló la boca mientras me agarraba del pelo y me llamaba zorra infiel.

Sergio empezó a respirar con algo de dificultad. Noté que su polla se había puesto completamente dura debajo de mí. Agité un poco las nalgas para acomodarla entre ellas.

—Continúa —pidió con voz ronca.

Empecé a moverme en círculos sobre su regazo mientras le daba todo lujo de detalles sobre cómo aquel negrazo espectacular me inclinó contra las tablas, cómo me frotó su enorme polla negra contra el coño, dándome unos brochazos lentos y tortuosos, cómo me dijo todo tipo de obscenidades, llamándome putitaa casada, zorra infiel y cómo estuve a punto de suplicarle que me follara allí mismo.

—Pero no lo hice —confesé—. Me detuve. Pensé que tal vez… tú querrías verlo.

Sergio se quedó callado unos segundos, procesando todo. Su polla palpitaba contra mí.

—Sí quiero verlo —admitió finalmente—. Quiero ver cómo te folla.

Quiero ver cómo te hace lo que yo no puedo hacerte.

Pero aún no. Quiero que esperes un par de días.

Quiero que te mueras de ganas, y que él te coja con ganas también.

Quiero que cuando finalmente te lo folles, estés completamente desesperada.

Tampoco follarás conmigo hasta que eso no suceda.

Me quedé mirándolo, sorprendida y tremendamente excitada. Mi marido, siempre tan correcto y controlado, me estaba pidiendo que me follara a otro hombre… y que lo hiciera esperar para aumentar las ganas.

—Estás muy empalmado —susurré, moviendo las caderas contra su polla dura.

—Mucho —reconoció—. Contarme cómo te arrodillaste y le chupaste la polla a otro me ha puesto como una piedra.

Me besó con fuerza, metiéndome la lengua, y me apretó el culo con ambas manos. Yo seguía cachonda perdida, con el coño chorreando sobre sus pantalones.

—Dos días —repitió contra mis labios—. Quiero que vayas a buscarlo, que lo provoques, que te dejes tocar… pero que no te lo folles todavía. Quiero que vengas cada día y me cuentes todo lo que haces con él. Cómo lo dejas al límite.

Asentí, mordiéndome el labio. La idea de tener que esperar me frustraba y me excitaba al mismo tiempo.

—Está bien —susurré—. Haré lo que quieras.

Sergio sonrió con una mezcla de ternura y perversión que nunca había visto en él.

—Buena chica.

Me besó de nuevo, esta vez más despacio, mientras yo seguía restregándome contra su polla dura, sabiendo que los próximos días iban a ser una tortura deliciosa. Y que, al final de esos dos días, iba a dejar que Héctor me follara como la zorra infiel en la que me estaba convirtiendo.