La esposa ideal 3
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No pude quitarme las palabras de Sergio de la cabeza durante el resto de la mañana.

“Me encantaría saber que estás siendo bien atendida”.

Las repetía una y otra vez mientras pelaba una papaya, y más tarde mientras caminábamos por el resort y él hablaba de lo bonito que era el mar en aquel rincón del planeta.

Cada vez que las recordaba, sentía un calor intenso entre las piernas.

Era como si me hubiera dado permiso explícito para hacer lo que realmente deseaba. Y ese permiso lo cambió todo.

Después de comer algo ligero en uno de los restaurantes, le dije a Sergio que quería dar un paseo sola por la playa.

Necesitaba aclarar mis ideas, aunque en realidad solo quería buscar a Héctor.

Me puse el bikini blanco más pequeño que tenía, uno que apenas cubría mis pezones y dejaba la mayor parte de mi culo al aire, y encima me coloqué una falda pareo transparente.

Sergio me dio un beso en la frente y me dijo que me divirtiera.

No tenía ni idea de lo que realmente iba a hacer.

Caminé por la arena caliente mirando en todas direcciones hasta que lo encontré.

Héctor estaba en la zona de deportes acuáticos, encerando varias tablas de surf bajo la sombra de unas palmeras.

Estaba sin camiseta, con el torso brillante por el sudor y los músculos marcándose con cada movimiento.

Cuando me vio acercándome, dejó la tabla a un lado y me dedicó esa sonrisa arrogante y segura que me derretía.

—Vaya, vaya… la esposa más guapa del resort ha venido a buscarme —dijo con esa voz grave que me erizaba la piel.

No respondí con palabras. Simplemente me planté frente a él y lo miré directamente a los ojos. Héctor entendió al instante lo que quería. Miró a ambos lados para comprobar que nadie nos prestaba demasiada atención y me cogió de la mano con firmeza.

—Ven conmigo —murmuró.

Me llevó detrás de un muro improvisado de tablas de surf apiladas que nos ocultaban parcialmente de la vista de la gente que paseaba por la playa.

En cuanto estuvimos algo resguardados, me empujó contra una de las tablas y me besó con fuerza, metiendo su lengua en mi boca mientras sus manos grandes bajaban directamente a mi culo y lo apretaban con posesión.

Gemí contra sus labios. Sus dedos subieron por mi cintura y desataron la parte de arriba de mi bikini con habilidad.

Mis grandes tetas quedaron completamente expuestas al aire cálido.

Héctor gruñó de aprobación y se agachó para devorarlas.

Chupaba mis pezones con hambre, los mordía suavemente y los succionaba con fuerza mientras yo enredaba los dedos en su pelo corto.

—Joder, qué tetas más perfectas tienes… —murmuró contra mi piel—. Tu marido debe de babear cada vez que te ve desnuda… aunque dudo mucho que sepa darles el tratamiento que se merecen.

Bajó una mano por mi vientre y metió los dedos directamente dentro de la braguita de mi bikini. Estaba completamente empapada.

—Joder, señora Claudia… está usted chorreando —gruñó satisfecho, moviendo dos dedos gruesos entre mis labios hinchados—. Este coñito lleva ya días pidiendo polla, ¿verdad? Déjame adivinar…¿Tu maridito te folló esta mañana y todavía no tienes suficiente?

—Sí… —admití entre gemidos—. No fue suficiente… con él nunca es suficiente.

Héctor soltó una risa oscura y se bajó un poco el pantalón corto, sacando su enorme polla negra. Era gruesa, venosa y estaba completamente dura. Veinte centímetros de pura carne oscura que me dejaron la boca seca nada más verla.

Me arrodillé casi de inmediato entre las tablas de surf colocadas estratégicamente para que nadie nos viera y me la metí en la boca con avidez. Empecé a chupársela con ganas, usando las dos manos y la boca, babeando profusamente mientras él me agarraba del pelo y guiaba mis movimientos.

—Así me gusta, zorra… chúpame bien esa polla grande. Tu marido ni se imagina que su mujercita está aquí arrodillada tragándose una verga negra como una putita barata.

Cuanto más sucio me hablaba, más cachonda me ponía.

Héctor empezó a follarme la boca con movimientos controlados pero profundos.

Después de un rato me levantó, me dio la vuelta y me inclinó contra una tabla.

Yo estaba que me deshacía de las ganas. Me apartó el bikini a un lado y comenzó a frotar la cabeza gruesa de su polla contra mi coño empapado, haciendo brochazos lentos y pesados desde mi clítoris hasta mi entrada.

—¿Quieres que te folle, Claudia? ¿Quieres que te meta esta polla negra y te destroce el coñito de recién casada?

—Sí… por favor… métemela —supliqué, empujando el culo hacia atrás.

—Dime cómo te gusta que te hablen —exigió, frotando más fuerte.

—Más sucio… háblame más sucio, por favor —gemí desesperada.

Héctor soltó una risa baja y me dio un azote fuerte.

—Eres una putita infiel de mierda. Te casas con un hombrecito de polla pequeña y a los pocos días ya estás pidiendo que un negro te reviente el coño en la playa. ¿Eso es lo que eres? ¿Una zorrita casada que necesita polla de verdad?

—Sí… soy una zorra infiel… necesito tu polla grande…

En ese preciso momento, un rayo de sol me dio directamente en la cara.

Cerré los ojos y sentí una oleada de placer y vitalidad que me recorrió el cuerpo entero.

Me sentía viva, deseada por aquel extraño, sexualmente poderosa como nunca antes.

Pensé en Sergio, en sus palabras de esa mañana, en que él mismo me había dado permiso.

Y entonces tomé la decisión a la que llevaba horas dando vueltas.

Me incorporé, me di la vuelta y miré a Héctor. Su polla enorme palpitaba frente a mí, brillante por mi saliva y mis jugos.

—Para —le dije jadeando.

Héctor levantó una ceja, frustrado y sorprendido.

—¿Qué?

—Quiero que esperemos —respondí, todavía temblando de deseo—. Mi marido no puede perderse esto.