La esposa ideal 2
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Por la mañana me desperté empapada. El sol entraba por las cortinas del bungalow y mi cuerpo ardía.

Tenía el coño hinchado y sensible, todavía palpitando por las ganas que no había podido quitarme la noche anterior.

Miré a Sergio, que dormía plácidamente a mi lado.

Su respiración era tranquila, ajena a todo.

No aguantaba más.

Me acerqué a él y empecé a besarle el cuello mientras deslizaba la mano por su pecho hasta llegar a su polla. La acaricié por encima del bóxer hasta que empezó a endurecerse. Sergio se removió y abrió los ojos, sorprendido.

—Claudia… ¿qué hora es? —murmuró con voz somnolienta.

—No me importa —susurré, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Necesito que me folles.

Se quedó un segundo desconcertado. Normalmente era él quien iniciaba el sexo, y casi siempre por las noches.

Pero esa mañana yo estaba desesperada. Me subí encima de él, aparté el bóxer y saqué su polla, que ya estaba medio dura.

Me quité las bragas y me senté directamente sobre él, restregando mi coño mojado contra su miembro.

—Joder, Claudia… ¿qué te pasa? ¿has tenido un sueño calenturiento? —dijo sorprendido.

No respondí. Solo cerré los ojos y me concentré en frotarme contra él. Cuando estuvo lo suficientemente duro, me levanté un poco, coloqué su polla en mi entrada y me dejé caer de golpe, metiéndomela entera.

Empecé a cabalgarlo con ganas. Arriba y abajo, moviendo las caderas en círculos.

Sergio gemía debajo de mí, agarrándome las tetas, pero yo apenas lo sentía.

Tenía los ojos cerrados y en mi mente solo aparecía Héctor.

Imaginaba que era su enorme polla negra la que me estaba abriendo, que eran sus manos fuertes las que me sujetaban.

—Más fuerte… —gemí, acelerando el ritmo.

Sergio duró menos de cuatro minutos. Como siempre.

Se tensó, soltó un gemido corto y se corrió dentro de mí.

Apenas sentí sus chorros débiles. Yo seguí moviéndome, desesperada, frotando mi clítoris contra su pelvis hasta que logré correrme también.

Fue un orgasmo vacío, insatisfactorio. Me dejé caer sobre su pecho, respirando agitada.

—Vaya… qué manera de empezar el día —dijo Sergio con una sonrisa satisfecha, acariciándome la espalda.

Yo solo sonreí y le di un beso rápido. Me sentía culpable y excitada al mismo tiempo.

Después de ducharnos juntos (sin nada más que unos cuantos besos) fuimos desayunar. Mientras comíamos fruta y huevos en la terraza de uno de los restaurantes, no podía dejar de pensar en lo vacía que me sentía después de aquel polvo desesperado.

Sergio era un buen marido. Me daba una vida cómoda, seguridad económica, viajes, lujo…

pero sexualmente me dejaba insatisfecha desde hacía mucho tiempo.

Nuestra relación siempre había sido más de conveniencia que de pasión.

Yo era su esposa trofeo: guapa, joven, educada.

La que todos miraban en las cenas de empresa.

Y él era el hombre exitoso que podía permitirse tener una mujer veinte años menor.

Terminamos de desayunar y volvimos al bungalow. Sergio quería descansar un rato y revisar sus e-mails antes de ir a la playa. Yo salí al balcón a tomar el aire, necesitaba aclarar la cabeza. Estaba apoyada en la barandilla cuando escuché una voz grave detrás de mí.

—Buenos días, señora Claudia.

Me giré. Era Héctor. Llevaba una bandeja con frutas frescas y me sonreía con esa confianza que me ponía nerviosa.

—Te traigo algo dulce —dijo, acercándose—. ¿Has dormido bien?

Me sonrojé. Sabía perfectamente que no.

—Más o menos —respondí.

Héctor se acercó más y bajó la voz.

—¿Estás recién follada? —preguntó sin rodeos, mirándome a los ojos—. Tienes esa cara… la de una mujer que acaba de correrse pero que sigue con ganas de más.

Me quedé sin palabras. En ese momento Sergio salió al balcón.

—Hola —dijo mi marido, mirando a Héctor con curiosidad.

—Buenos días, señor. Le traje frutas frescas a su esposa —respondió Héctor con naturalidad, dejando la bandeja sobre la barandilla—. Que disfruten del día.

Cuando Héctor se marchó, Sergio se quedó mirándome fijamente.

—¿Qué quería ese tipo? —preguntó.

—Solo traerme fruta —mentí—. Cortesía del hotel, supongo.

Sergio se acercó y me miró con una expresión extraña.

—Claudia… Espero que no te moleste que te pregunte esto, pero … ¿te gustaría tirarte a ese hombre?

Me quedé congelada. El corazón me latía tan fuerte que pensé que lo iba a escuchar.

—Yo… no sé… —balbuceé, completamente turbada y avergonzada.

—No me mientas —insistió Sergio, mirándome con intensidad—. He visto cómo lo miras. Y cómo te mira él.

Me quedé en silencio, incapaz de negarlo.

Entonces Sergio soltó algo que nunca esperé escuchar:

—Solo voy a decirte que si lo haces…Me encantaría saber que estás siendo bien atendida.

Lo miré sin entender.

—¿Qué quieres decir?

Sergio respiró hondo antes de continuar:

—Que no me importaría que te follara. De hecho… creo que me gustaría saberlo. A veces me da la sensación de que conmigo no tienes suficiente y si vas a hacerlo de todas formas…prefiero estar al tanto, eso es todo. De hecho preferiría…ver como te dan lo que tanto te mereces.

Me quedé en shock. Mi marido, el hombre correcto y formal con el que me había casado, acababa de confesarme algo que nunca imaginé. Me temblaban las piernas.

Necesitaba tiempo para procesar lo que acababa de escuchar.