La esposa ideal 1
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La esposa ideal

La esposa ideal

Por Lena Luxe

© inepub.com

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Al principio de todo nunca imaginé que traicionaría a Sergio durante nuestra luna de miel. De verdad creía que este viaje sería el comienzo perfecto de nuestra vida juntos.

Habíamos llegado a Punta Cana hacía tres días.

El resort era espectacular: playas de arena blanca, agua turquesa, palmeras y un ambiente de lujo que nos hacía sentir como en un sueño.

Sergio estaba eufórico. Me besaba constantemente, me decía lo afortunado que era de tener una esposa como yo y hacía planes para nuestro futuro.

Yo sonreía, le devolvía los besos y fingía que todo era perfecto.

Pero algo dentro de mí se había roto desde el primer día.

Todo empezó en la piscina del resort. Estaba tumbada tomando el sol cuando lo vi por primera vez.

Se llamaba Héctor. Era uno de los animadores del hotel.

Alto, de piel negra, cuerpo musculoso y definido, con una forma de moverse que llamaba la atención sin hacer ningún esfuerzo especial.

Tendría unos treinta y cinco años y exudaba una masculinidad cruda que contrastaba fuertemente con Sergio.

Mi marido es un buen hombre. Cariñoso, detallista y estable.

Pero físicamente… nunca ha sido imponente.

Es delgado, de estatura media y con una polla pequeña que nunca me ha llenado del todo.

Durante años me convencí de que el tamaño no importaba, que el amor y la conexión eran más importantes.

Pero en ese viaje, por alguna razón, esa mentira piadosa empezó a pesarme.

Esa misma tarde, mientras Sergio dormía la siesta en la habitación, decidí bajar sola a la playa.

Caminé por la orilla y allí estaba Héctor, organizando un partido de vóley con algunos huéspedes.

Nuestras miradas se cruzaron. Me miró de arriba abajo sin ningún disimulo.

Sentí un calor intenso entre las piernas que me avergonzó.

Por la noche, durante la cena, no pude dejar de buscarlo con la vista.

Sergio hablaba de lo maravilloso que era estar casados, de los hijos que quería tener, de nuestra vida en común.

Yo asentía y sonreía, pero mi mente estaba en otro lado.

Imaginaba cómo serían las manos grandes de Héctor sujetándome, cómo se sentiría tener un hombre de verdad follándome sin piedad.

Al día siguiente la tensión aumentó.

Sergio quería hacer snorkel. Yo me excusé diciendo que me dolía un poco la cabeza y prefería quedarme en la piscina. En realidad solo quería ver a Héctor otra vez. Y allí estaba. Cuando se acercó a mí mientras tomaba el sol, el corazón se me aceleró.

—Buenos días, señorita recién casada —dijo con esa voz profunda y grave que me erizó la piel—. ¿Disfrutando de la luna de miel?

Su sonrisa era peligrosa. Me recorrió el cuerpo con la mirada sin vergüenza. Llevaba un bikini blanco bastante revelador y sentí cómo mis pezones se endurecían bajo la tela.

—Bueno, algo así —respondí, intentando sonar casual.

Hablamos durante casi veinte minutos. Me preguntó cómo era mi marido, si me hacía feliz, si me satisfacía. Las preguntas eran cada vez más directas. Yo respondía con evasivas, pero no me marchaba. Me gustaba cómo me miraba. Me gustaba sentirme deseada de esa forma tan animal.

Esa noche, Sergio se durmió temprano después de hacer el amor de forma rápida y mecánica, como siempre. Apenas duró tres minutos. Cuando terminó, se dio la vuelta y se quedó dormido. Yo me quedé mirando el techo, frustrada, con el coño todavía palpitando de insatisfacción.

No podía dormir.

Me levanté, me puse un vestido ligero y salí de la habitación. Caminé sin rumbo por el resort hasta que lo encontré. Héctor estaba solo en una zona apartada cerca de la playa, fumando. Cuando me vio, sonrió como si ya supiera que iba a aparecer.

—No podías dormir, ¿verdad? —preguntó.

—No —admití.

Se acercó más. Su presencia era abrumadora. Me miró los labios, luego el escote.

—Tu marido no te folla como necesitas, ¿me equivoco?

Me quedé callada. No hacía falta responder. Mi silencio lo dijo todo.

Héctor dio un paso más y bajó la voz:

—Si alguna vez quieres sentir lo que es que te folle un hombre de verdad… solo tienes que decírmelo. Te prometo que no vas a volver a mirar a tu marido de la misma forma.

Sus palabras me golpearon directo entre las piernas. Sentí cómo me mojaba al instante. Me quedé allí, temblando de deseo, sabiendo que estaba a un solo paso de cruzar una línea que no tendría vuelta atrás.

No pasó nada esa noche. Me despedí con las piernas débiles y volví a la habitación. Sergio seguía dormido, ajeno a todo.

Me metí en la cama y, por primera vez en mi vida de casada, me toqué pensando en otro hombre. Me corrí imaginando la enorme polla negra de Héctor abriéndome, follándome sin piedad mientras mi marido dormía a pocos metros.

Cuando terminé, me quedé mirando el techo con la respiración agitada.

Dudaba de si aquello podría quedarse en una fantasía. No iba a poder resistirme mucho más.

Esta luna de miel estaba a punto de destruir todo lo que creía saber sobre mí misma.