7
Héctor no estaba dispuesto a esperar ni un segundo más. Ya habíamos tenido suficientes preliminares y yo estaba tan mojada que no los necesitaba. Sentí la cabeza gruesa y caliente de su enorme polla negra frotándose contra mi coño empapado.
—Llevo días esperando esto —gruñó en mi oído—. Voy a follarte como la putita infiel que eres. Porque déjame decirte una cosa, aunque él te haya dado permiso explícito, aunque quiera ver como te dan lo tuyo…no has podido esperar ni una semana desde que te casaste para tirarte a otro.
Empujó más profundo y casi hasta el fondo.
Su polla me abrió brutalmente. Era tan gruesa que sentí cómo me dilataba centímetro a centímetro. Solté un gemido largo y ahogado cuando me la metió hasta el fondo de golpe. Nunca había sentido algo tan grande dentro de mí.
—Joder… qué coño más apretado —gruñó, quedándose quieto un momento para que me acostumbrara—. Tu marido debe tener una polla de juguete si todavía estás tan estrecha.
Empezó a follarme con fuerza contra el árbol. Cada embestida era profunda y salvaje. Mis tetas saltaban dentro del vestido mientras él me sujetaba por las caderas y me taladraba sin piedad.
—Más fuerte… —supliqué—. Fóllame más fuerte, Héctor. Así, así…Castígame. Me lo…merezco.
—¿Así te gusta, zorra? ¿Te gusta que una polla morena te reviente el coño en tu luna de miel mientras tu marido te espera?
—Sí… ¡sí! —gemí sin control.
Me dio la vuelta, me inclinó hacia delante y me folló desde atrás, agarrándome del pelo como si fueran riendas. El sonido húmedo y obsceno de su polla entrando y saliendo de mí llenaba el pequeño palmeral.
Después de varios minutos intensos, me tiró al suelo sobre la arena blanda. Me abrió las piernas como una puta y se colocó encima de mí en misionero. Me follaba inmovilizándome y mirándome a la cara, con embestidas largas y brutales.
—Mírame —ordenó—. Quiero ver la cara de esposa infiel que pones mientras te lleno el coño.
Estaba completamente desatada. Le clavaba las uñas en la espalda y levantaba las caderas para encontrarme con cada embestida. Me corrí por primera vez así, gritando su nombre mientras mi coño se contraía alrededor de su polla gruesa. Por fin, joder.
Héctor no paró. Tenía cuerda para rato. Me puso a cuatro patas y me folló como un animal, dándome azotes fuertes que resonaban en la noche.
—Dime a quién pertenece este coño ahora —exigió.
—A ti… este coño es tuyo —gemí, completamente entregada.
Finalmente se tumbó en el suelo y me hizo sentarme encima de él.
Me bajé lentamente sobre su polla hasta que la tuve toda dentro.
Me sorprendí de la facilidad con la que entraba después de un rato dándole que te pego.
Empecé a cabalgarlo con desesperación. Mis tetas saltaban con cada movimiento mientras él me agarraba el culo y me ayudaba a bajar con fuerza.
—Así, cabálgame bien, puta —gruñía—. Monta esa polla negra. Llevo días esperándote.
Cabalgaba cada vez más rápido, rebotando con fuerza sobre él. La arena se me pegaba a las rodillas y a las manos. Estaba sudada, despeinada y completamente perdida en el placer.
Héctor empezó a gemir más fuerte, apretándome las tetas con fuerza.
—Dios… me voy a correr… voy a llenarte ese coño de recién casada.
—¡Sí! ¡Córrete dentro! ¡Lléname! —supliqué, cabalgándolo como una loca.
Con un gruñido animal, Héctor empujó las caderas hacia arriba y se corrió violentamente dentro de mí.
Sentí cómo su polla palpitaba y disparaba chorros gruesos y calientes de semen profundo en mi interior.
Una, dos, tres, cuatro veces… no paraba de correrse.
Era una corrida enorme, abundante y espesa. Sentía cómo me llenaba hasta rebosar.
Me corrí por segunda vez encima de él, temblando y gimiendo como una perra mientras su semen me inundaba.
Cuando por fin terminé, me dejé caer sobre su pecho, exhausta. Su polla seguía dentro de mí, palpitando débilmente mientras los últimos restos de semen salían.
Héctor me dio una palmada en el culo y se rio bajito.
—Buena zorrita —dijo, sacándosela lentamente. Un río espeso de semen blanco empezó a chorrearme del coño y cayó sobre su polla y sus huevos.
Se levantó, se subió los pantalones y me miró desde arriba con satisfacción.
—Disfruta lo que queda de tu luna de miel, señora —dijo con sorna, y se marchó entre las palmeras.
Me quedé tirada en el suelo unos segundos más, con las piernas abiertas y el coño dolorido, todavía goteando semen. Me sentía usada, llena y absolutamente satisfecha.
Escuché pasos acercándose. Era Sergio. Se arrodilló a mi lado y me miró con una mezcla de amor y excitación que nunca había visto en él.
—Dios mío, Claudia… —susurró, observando cómo el semen de Héctor me chorreaba por los muslos—. Estás preciosa así.
Me ayudó a levantarme y me abrazó con ternura.
—Eres la esposa perfecta —me dijo al oído—. Gracias por hacer esto. Tenemos muchos años de felicidad por delante….
Lo besé con suavidad, todavía sintiendo el semen de otro hombre corriendo por mis piernas. El muy cabrón había estado mirándome desde una barcaza varada en la arena.
Lo dejé allí un momento y me acerqué a la orilla. Me limpié, me bañé bajo la luna y las estrellas y apreté las piernas para descubrir, complacida, que el orgasmo que había sentido seguía extendiendo su eco en mi entrepierna.