CAPÍTULO 25
A la mañana siguiente, Daniel se marchó sin besarla.
No era un castigo. Emma casi habría preferido que lo fuera, porque el enojo habría sido más fácil de entender que aquella forma cuidadosa en que se movía por el dormitorio, se duchaba, se vestía y revisaba el teléfono mientras evitaba cualquier conversación que pudiera llevarlos de nuevo a Ethan.
Antes de salir, se detuvo junto a la cama y le dijo que había café abajo.
—Daniel.
Él se volvió.
Mientras Daniel se vestía, Emma había ensayado varias frases. No quiero volver con Ethan. No sé por qué sigo pensando en él. Querer desbloquear a alguien no significa que quiera dejar a mi marido. Ninguna le pareció lo bastante convincente como para decirla en voz alta.
—Que tengas un buen día —dijo.
—Tú también.
Un minuto después, la puerta principal se cerró.
Emma permaneció en la cama hasta que oyó el vehículo de Daniel alejarse por la carretera. Odió el alivio que sintió entonces. Por primera vez desde el ataque de la camioneta, estar sola le resultaba más fácil que estar con él.
A las diez, la sensación se había invertido.
Cada vez que escuchaba un motor miraba hacia la ventana, y revisó dos veces la cerradura de la puerta principal sin recordar haberlo hecho la primera. Intentó grabar un video para TikTok, detestó todo lo que había grabado y lo borró. Cuando Rebecca llamó, Emma contestó antes del segundo timbrazo.
—Tienes una voz horrible —dijo Rebecca.
—Buenos días para ti también.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Rebecca escuchó mientras Emma le contaba que Carlos sabía de los mensajes de «Bonita vida». Esta vez omitió muy poco. Mantener separadas las distintas partes de la historia había empezado a parecerle más peligroso que vergonzoso.
—¿Y Daniel era la única persona a quien se lo habías contado? —preguntó Rebecca.
—La única a quien recuerdo habérselo contado.
—Esa aclaración es inquietante.
—Mi memoria perdió el derecho al voto.
Rebecca se rio, pero Emma no. Le contó que Daniel la había oído admitir que quería desbloquear a Ethan y también le habló del silencio de aquella mañana.
—¿Quieres mi opinión?
—No.
—Excelente. Daniel está dolido.
—Lo sé.
—Y tienes que decidir qué quieres de Ethan antes de desbloquearlo.
—No lo he desbloqueado.
—Lo sé. Por eso dije antes.
Emma entró en la cocina y se sirvió el café que Daniel le había dejado. Estaba frío.
—¿Y si no quiero nada de él?
—Entonces déjalo bloqueado.
Emma se apoyó contra la encimera.
—Debería ser fácil.
—Sí.
—No lo es.
—Entonces deja de fingir que no quieres nada.
Emma cerró los ojos. Rebecca tenía el irritante talento de hacer que las cosas complicadas parecieran sencillas sin volverlas realmente más simples.
—¿Qué crees que quiero?
—Creo que quieres saber si esa parte de ti que le perteneció a Ethan todavía sigue ahí. Eso no es lo mismo que querer volver con él, pero tampoco es inofensivo.
Emma no respondió.
La voz de Rebecca se suavizó.
—Amas a Daniel.
—Sí.
—Lo sé. Por eso estás tan mal.
Después de la llamada, Emma se duchó y se vistió. No tenía pensado ir a ningún sitio, pero acabó de pie junto a la cama, con el teléfono en la mano, mirando otra vez la lista de contactos bloqueados.
Desbloqueó a Ethan.
No pasó nada.
Emma se rio de sí misma. Al parecer, una parte de ella esperaba que el teléfono explotara, que Daniel percibiera la traición desde la clínica o que Ethan se materializara frente a la casa en el preciso instante en que su número saliera de la cárcel digital.
No le escribió.
Veinte minutos después, Ethan le envió un mensaje.
¿Estás bien?
Emma se quedó mirando la pantalla.
Ningún reproche. Ningún ¿por qué me bloqueaste? Ningún intento de retomar lo que ella había detenido.
¿Cómo supiste que te había desbloqueado?
La respuesta llegó enseguida.
No lo sabía. Llevo enviándote ese mensaje todos los días.
Emma se sentó.
¿Por qué?
Porque Billie se enteró de tu accidente.
Claro que se había enterado. Al parecer, cuando se trataba de Emma, La Fortuna era capaz de hacer circular la información más rápido que internet.
Estoy bien. El hombro golpeado. La camioneta no tanto.
El indicador de escritura apareció, desapareció y volvió a aparecer.
¿Era la misma camioneta?
Creo que sí.
Esta vez la respuesta fue inmediata.
Tenemos que hablar.
Emma estuvo a punto de bloquearlo otra vez.
¿De qué?
Del hombre del bar. Andrés por fin le dio a Billie algo útil.
Emma se quedó mirando el mensaje mientras recordaba la llamada que le había ocultado a Daniel y la advertencia que nunca le había contado: que dejara de preocuparse por la camioneta y empezara a preocuparse por el marido de Emma.
Dímelo por aquí.
No por mensaje.
¿Por qué?
Ethan tardó más en responder.
Porque Daniel forma parte de esto.
Emma sintió que se le encogía el estómago.
Lo llamó.
Ethan contestó diciendo:
—Te dije que no por teléfono.
—Y yo estoy cansada de que todo el mundo me diga cuándo tengo derecho a enterarme de las cosas. Habla.
Se oía ruido a su alrededor, voces en algún lugar al fondo. Luego una puerta se cerró y el sonido se apagó.
—Andrés dice que el tipo que estaba con él aquella noche no iba detrás de mí por nada de lo que hice en el bar.
—Eso ya lo sabíamos.
—No. Lo suponíamos. Esto es diferente.
—Ethan.
—Le pagaron para asustarme.
Emma apretó el teléfono.
—¿Quién?
—Andrés no quiere decirlo.
—Entonces no sabemos nada.
—Dijo que el dinero llegó a través de alguien relacionado con la familia de Daniel.
Emma dejó de caminar.
—¿Relacionado de qué manera?
—No quiso explicarlo.
—Eso podría significar cualquier cosa.
—Lo sé.
—Robert conoce a media región. Margaret conoce a la otra mitad.
—Lo sé.
—Y Carlos dijo que la persona que estaba enviando mi foto preguntaba por ti, no por mí.
—Eso también lo sé.
Emma empezó a irritarse.
—Entonces deja de decir «lo sé» y dime qué tienes realmente.
Ethan guardó silencio un momento.
—Tengo a Andrés diciéndole a Billie que la advertencia era para que me mantuviera alejado de ti.
Tengo a alguien fotografiándonos afuera de un bar.
Tengo una camioneta del mismo tipo intentando sacarte de la carretera después de que la advertencia no funcionó.
Y ahora tengo a Andrés diciendo que el dinero vino de alguien relacionado con la familia Méndez.
—Estás pasando por alto la parte en la que atacarme a mí no tiene ningún sentido si Daniel quería mantenerte alejado de mí.
—Yo no he dicho que Daniel le pagara a nadie.
—Dijiste que Daniel forma parte de esto.
—Forma parte de esto, Emma. Eso no significa que haya sido él quien lo hizo.
Margaret.
El pensamiento apareció antes de que Emma quisiera tenerlo.
Recordó el café, los chismes de los viernes por la noche, las palabras que Margaret le había dicho en voz baja a Daniel junto a la puerta y aquella frase de meses atrás que en su momento casi le había parecido graciosa.
Mi madre no amenaza. Se encarga de que las cosas salgan como ella quiere.
Emma se sentó en el borde de la cama.
—Tengo que irme.
—Emma, no enfrentes a nadie.
—He dicho que tengo que irme.
—¿Adónde vas?
Emma terminó la llamada.
Durante varios minutos permaneció inmóvil, con el teléfono en la mano, tratando de separar los hechos del miedo.
Ethan no tenía pruebas. Billie tenía información de Andrés, que ya había demostrado que disfrutaba asustando a la gente.
Relacionado con la familia de Daniel podía significar Robert, Margaret, un empleado, un socio comercial o absolutamente nada.
Emma sabía exactamente lo que Daniel diría: no conviertas cada cosa extraña en partes de un mismo monstruo.
Había tenido razón cuando se lo dijo.
Abrió la conversación con Daniel y escribió:
¿Puedes salir temprano de la clínica? Necesito hablar contigo.
Daniel respondió unos minutos después.
Sí. Dame una hora.
Emma miró el mensaje y escribió otro.
Aquí no.
La respuesta tardó un poco más.
¿Dónde?
Emma pensó en la casa, en las ventanas que no dejaba de revisar y en la carretera, donde ahora cualquier vehículo oscuro le aceleraba el corazón. Quería un lugar conocido, un lugar privado, un lugar que hubiera pertenecido a la vida de Daniel mucho antes de que todo aquello comenzara.
En el establo.
La respuesta de Daniel apareció casi de inmediato.
Está bien.
Daniel ya estaba en el establo cuando Emma llegó.
Su vehículo estaba estacionado junto a la cerca, y él se encontraba dentro, cerca del box de Thunder, con las mangas remangadas hasta los codos.
Durante un instante desconcertante, Emma volvió a ver al hombre de aquella tarde que habían pasado allí con Robert y White: el médico examinando a un caballo al que no podía tratar, el marido que se había reído cuando ella confesó que una vez había fingido que le encantaban los caballos para impresionarlo.
Entonces Daniel se volvió hacia ella y el recuerdo desapareció.
—¿Viniste sola?
—¿De verdad quieres empezar por eso?
—No. —Miró hacia el auto de Emma—. Pero después de lo que pasó, habría ido a buscarte.
—Necesitaba pensar.
Daniel asintió y no discutió. Emma avanzó hacia el interior mientras respiraba el olor a heno, cuero y tierra húmeda.
Aquel aroma había pertenecido alguna vez al comienzo de su matrimonio.
Ahora hasta las cosas familiares parecían capaces de transformarse dependiendo de lo que uno sabía al volver a encontrarlas.
—¿Qué pasó? —preguntó Daniel.
Emma le contó lo de la llamada de Ethan.
Esta vez no suavizó nada ni omitió lo de Andrés.
Admitió que Ethan la había llamado días atrás, que había mentido al decirle a Daniel que estaba hablando con Rebecca y que Andrés le había advertido a Billie que dejara de preocuparse por la camioneta y empezara a preocuparse por el marido de Emma.
Daniel escuchó sin interrumpir hasta que ella llegó a la nueva información: alguien había pagado para asustar a Ethan y, según Andrés, el dinero había llegado a través de una persona relacionada con la familia Méndez.
Daniel la miró fijamente.
—¿Sabías que había dicho eso de mí?
—Sí.
—Y me lo ocultaste.
—Pensé que era una estupidez.
—Pero ahora ya no.
—No lo sé.