CAPÍTULO 12
Wesly vio el vehículo oscuro antes que Ethan.
Salían de la universidad poco después de las nueve con Billie y Mike, caminando hacia la calle principal mientras una llovizna empezaba a humedecer el pavimento.
La mayoría de los negocios alrededor del campus ya habían cerrado y el tránsito había disminuido lo suficiente para que el vehículo estacionado al otro lado de la calle llamara la atención.
—No mires atrás —dijo Wesly.
Ethan miró de inmediato.
—¿El mismo?
—Creo que sí.
Billie y Mike los alcanzaron, y Wesly les explicó en voz baja lo que había visto.
El humor desapareció del rostro de Billie cuando reconoció el vehículo de aquella noche a la salida del bar.
Habían pasado meses desde entonces, pero ninguno había olvidado el auto que pareció seguirlos dos veces antes de desaparecer.
—Sigan caminando —dijo Mike—. Hay una tienda más adelante.
Continuaron sin cambiar el paso. A mitad de camino, se encendieron los faros del vehículo y el motor arrancó.
Pasó junto a ellos con suficiente lentitud para que Ethan intentara distinguir al conductor, pero los vidrios eran oscuros y la placa trasera estaba cubierta de tanto barro que resultaba imposible leer los números.
Billie lo vio desaparecer al doblar en la intersección.
—Tal vez Andrés por fin decidió que quiere recuperar el dinero del billar.
—Tú ganaste ese dinero —le recordó Mike.
—Exactamente. Ahí está el motivo.
La broma alivió la tensión hasta que llegaron a la tienda y, cinco minutos después, vieron regresar el mismo vehículo. Se detuvo al otro lado de la intersección, con las luces apagadas, frente a la calle que tendrían que tomar al salir.
Wesly se acercó a la ventana.
—Es el mismo auto.
Ethan sacó el teléfono.
—Entonces esta vez conseguiremos la placa.
—Desde aquí —dijo Mike.
—Desde aquí no puedo verla.
Ethan y Wesly salieron mientras Mike protestaba a sus espaldas. Billie los siguió, quejándose de que la gente inteligente iba a terminar muriendo porque sus amigos idiotas tomaban decisiones estúpidas, hasta que Mike le recordó que normalmente el amigo idiota era él.
La lluvia había arreciado lo suficiente para que el pavimento reluciera bajo las luces de la calle.
Ethan y Wesly cruzaron el primer carril con los teléfonos preparados, mientras Billie y Mike permanecían más cerca de la tienda.
El vehículo no se movió hasta que Ethan estuvo lo bastante cerca para distinguir la silueta de alguien al volante.
Entonces se encendieron los faros.
Casi al mismo tiempo, el motor rugió. Ethan dejó de caminar cuando el vehículo aceleró desde el otro lado de la calle, cruzó la línea central y se dirigió directamente hacia ellos. Por un instante esperó que desviara la trayectoria, pero el conductor no hizo ningún intento por apartarse.
—¡Muévete!
Ethan se lanzó hacia atrás mientras Wesly saltaba hacia el borde de la carretera.
Los neumáticos chirriaron sobre el pavimento mojado y enseguida se oyó un fuerte impacto que Ethan sintió antes de comprender qué había ocurrido.
Cayó sobre un hombro, rodó por el asfalto y levantó la vista justo a tiempo para ver el vehículo atravesar la intersección a toda velocidad sin detenerse.
Wesly estaba en el suelo.
Ethan llegó hasta él y Mike apareció apenas unos segundos después.
Wesly había caído cerca del borde de la acera, con una pierna torcida debajo del cuerpo y la sangre extendiéndose por la mezclilla alrededor de la rodilla, pero estaba consciente y soltando maldiciones, lo que Ethan tomó como una buena señal.
—No te muevas —le dijo Mike mientras llamaba a emergencias.
—No pensaba correr una maratón.
Billie permanecía a varios metros, mirando fijamente hacia la intersección vacía. Cuando por fin se volvió, no quedaba rastro de su habitual expresión divertida.
—Ese hijo de puta intentó atropellarlos.
Ethan miró hacia la carretera. Hasta ese momento, una parte de él todavía había querido creer que el conductor se había asustado al verlos acercarse o había perdido el control sobre el pavimento mojado. La trayectoria del vehículo hacía imposible aquella explicación.
La ambulancia llegó menos de quince minutos después.
Wesly tenía lesiones en la rodilla y el tobillo, pero el primer examen indicaba que no había ninguna fractura grave ni una lesión que pusiera en peligro su vida.
Ethan lo acompañó a una clínica cercana mientras Billie y Mike los siguieron y, para las diez y media, los cuatro estaban bajo las luces fluorescentes esperando que le hicieran las radiografías.
—Te lo dije —dijo Wesly desde la silla de ruedas—. Era el mismo vehículo.
—Dijiste noventa y ocho por ciento.
—Ahora noventa y nueve.
A pesar de todo, Ethan sonrió.
—¿Casi te matan y estás actualizando la estadística?
—Odio los datos incompletos.
Billie soltó una carcajada, pero enseguida apartó la mirada.
Ethan ya había hablado con la policía. Podía describir el vehículo, su tamaño aproximado y la dirección que había tomado, pero nadie tenía una placa que sirviera ni había podido ver con claridad al conductor. Mientras esperaban, se apartó de los demás y abrió el contacto de Emma.
Vaciló antes de llamarla.
Emma estaba en la cama junto a Daniel cuando el teléfono comenzó a vibrar sobre la mesa de noche. El nombre de Ethan apareció en la pantalla y sintió que el cuerpo se le tensaba antes de poder evitarlo.
Daniel levantó la vista del libro.
—¿No vas a contestar?
Emma dejó que la llamada terminara, pero unos segundos después Ethan volvió a llamar.
—Alguien tiene muchas ganas de hablar contigo —dijo Daniel.
—Ahora vuelvo.
Emma tomó el teléfono, salió al pasillo y no contestó hasta estar lo bastante lejos del dormitorio.
—¿Ethan?
—Perdón. No sabía a quién más llamar.
Algo en su voz hizo que Emma olvidara por un instante que aquella conversación debía mantenerse en secreto.
—¿Qué pasó?
—Alguien intentó atropellarnos. Wesly está herido, pero creen que va a estar bien.
Emma apretó con más fuerza el teléfono.
—¿Cómo que alguien intentó atropellarlos?
—El auto del que te hablé volvió. Esta vez no nos estaba siguiendo, Emma. Vino directo hacia nosotros.
Emma recordó la historia de Billie y la partida de billar que Ethan había reducido a una simple broma apenas unos días atrás. Ahora la llamaba desde una clínica mientras Wesly esperaba que le hicieran unas radiografías.
—¿Llamaron a la policía?
—Sí. Billie y Mike también están aquí.
Oyó pasos detrás de ella. Emma se volvió y encontró a Daniel al fondo del pasillo, observándola con preocupación, no con desconfianza.
—¿Todo bien?
Emma lo miró mientras Ethan seguía al otro lado de la línea. Tenía tiempo de sobra para decir la verdad y, durante un incómodo segundo, estuvo a punto de hacerlo.
—Es Emily —dijo—. Una amiga suya tuvo un accidente.
—¿Grave?
—Todavía no lo sé.
Daniel asintió.
—Tómate el tiempo que necesites.
Regresó al dormitorio sin preguntar nada más. Emma esperó hasta que desapareció antes de volver a llevarse el teléfono al oído, pero Ethan había escuchado toda la conversación.
—No tenías que mentir.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
Emma miró hacia el dormitorio y bajó la voz.
—Avísame cuando sepas algo de Wesly.
Una enfermera llamó a Ethan desde algún lugar cercano. Le dijo a Emma que tenía que irse y prometió llamarla más tarde, dejándola sola en el pasillo con una mentira que Daniel había aceptado sin dudar.
En la clínica, se llevaban a Wesly para hacerle las radiografías cuando Billie se acercó a Ethan con el teléfono.
En medio de la confusión frente a la tienda, había empezado a grabar después de que Ethan y Wesly cruzaran la calle.
La mayor parte del video mostraba el pavimento mojado y luces que temblaban con el movimiento de la cámara, pero en algunos fotogramas se veía el vehículo justo antes de acelerar.
Ampliaron la imagen más nítida. El rostro del conductor seguía borroso detrás del vidrio, aunque las luces de la tienda lo habían iluminado durante el tiempo suficiente para que Ethan reconociera la forma de su cabeza y parte de su perfil.
Billie también lo reconoció.
Ninguno de los dos necesitó preguntarse dónde lo había visto antes.
Era el hombre que había estado junto a Andrés en la mesa de billar.
Wesly salió de la clínica poco después de la medianoche con una rodillera, un fuerte esguince de tobillo y la indicación de no apoyar la pierna durante varios días.
Billie se ofreció de inmediato a cargarlo, pero Wesly se negó alegando que sobrevivir a un intento de homicidio con un vehículo para terminar muriendo a manos de Billie sería humillante.
Antes de que se marcharan, la policía había copiado el video del teléfono de Billie.
La imagen era de mala calidad, pero tanto Ethan como Billie identificaron al conductor como el hombre silencioso que había estado con Andrés junto a la mesa de billar meses atrás.
Ninguno sabía cómo se llamaba, y eso inquietaba a Ethan más que la fotografía borrosa.
Aquella noche, el hombre apenas había hablado, no había participado en la discusión y había desaparecido antes de que ellos salieran del bar.
No existía ninguna razón evidente para que los siguiera meses después, y mucho menos para que lanzara un vehículo directamente contra Ethan y Wesly.
Mike insistió en que nadie debía regresar solo a casa.
Organizaron cómo volvería cada uno, se aseguraron de que Wesly llegara sano y salvo a su apartamento y acordaron que, si el vehículo volvía a aparecer, nadie se acercaría.
Billie protestó diciendo que aquello empezaba a parecerse sospechosamente a la madurez, pero ni siquiera él discutió demasiado.
Ethan llamó a Emma después de la una de la mañana.
Ella contestó con la primera vibración.
—¿Cómo está?
—Esguince de tobillo y una lesión en la rodilla. No hay nada roto.
Emma soltó el aire.
—Gracias a Dios.
Ethan le habló del video y del hombre del bar. Emma recordó de inmediato a Andrés, aunque nunca lo había conocido, porque Ethan había mencionado la partida de billar en sus mensajes.
—Entonces, ¿fue por la pelea?
—No lo sé. Eso es lo que no tiene sentido. Andrés fue quien se peleó con Billie. Este tipo casi no dijo una palabra.
—Tal vez sea amigo suyo.
—Tal vez.
Emma percibió la incertidumbre en su voz y no le gustó. Ethan siempre se había sentido más cómodo con los problemas que podía enfrentar directamente; no saber por qué alguien quería hacerle daño parecía asustarlo más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Prométeme que no vas a hacer ninguna estupidez.
—Depende de tu definición de estupidez.
—Ethan.
—Está bien. Lo prometo.
La puerta del dormitorio se abrió detrás de ella. Emma se volvió y vio a Daniel salir al pasillo con la misma camiseta con la que había dormido.
—¿Todavía estás despierta?
Emma bajó el teléfono.
—Ya les dieron los resultados. No tiene nada roto.
Daniel sonrió, todavía adormilado.
—Qué bueno.
Empezó a regresar al dormitorio, pero se detuvo.
—Dile a Emily que espero que su amiga se recupere pronto.
Emma sintió el peso de la mentira casi como algo físico.
—Se lo diré.
Daniel desapareció de nuevo en el dormitorio.
Ethan también había escuchado eso.
—¿Le dijiste que era Emily?
—Entré en pánico.
—No tenías que contestar mi llamada.
—Dijiste que alguien había intentado atropellarte.
—Lo sé.
Ethan vaciló.
—Me alegra que contestaras.
Emma se apoyó contra la pared.
—A mí también.
Ninguno de los dos habló durante varios segundos. El silencio ya no resultaba incómodo, y era precisamente eso lo que lo hacía peligroso.
—Duerme un poco —dijo Emma al fin.
—Tú también.
—Llámame si pasa algo.
—Lo haré.
Emma terminó la llamada y regresó al dormitorio. Daniel ya había dejado el libro sobre la mesa de noche y estaba casi dormido cuando ella se acostó a su lado. Sin abrir los ojos, extendió una mano, la apoyó en su cintura y la acercó hacia él.
Emma permaneció inmóvil en la oscuridad.
A la mañana siguiente, Ethan recibió un mensaje de un número desconocido mientras esperaba el autobús para ir a la universidad.
No había fotografía ni nombre. Solo una frase.
La próxima vez, aléjate del auto.
Ethan la leyó dos veces antes de mirar al otro lado de la calle. El tránsito circulaba con normalidad, había estudiantes esperando cerca de él y nada parecía fuera de lugar. Hizo una captura de pantalla y se la envió al oficial que había tomado su declaración la noche anterior.
Entonces llegó otro mensaje.
Y aléjate de la esposa del doctor.