CAPÍTULO 6 #2
Daniel se rio, le agradeció el café y salió. Emma lo siguió hasta el carro y cerró la puerta de la casa detrás de ella.
—Lo siento muchísimo.
—¿Por qué?
—Por mi padre.
—No le agrada mi padre.
—Hay mucha gente que no le agrada.
Daniel se apoyó contra el carro.
—Eso no significa que esté equivocado.
Emma lo observó, sorprendida por la respuesta.
—¿No estás ofendido?
—¿Debería estarlo?
—Prácticamente acusó a tu padre de cambiar la historia a su conveniencia.
—Puede que lo haya hecho.
Emma frunció el ceño.
—Dices cosas así y luego te niegas a explicarlas.
Daniel miró hacia la casa de los Carter antes de responder.
—Mi padre construyó un negocio exitoso. Las personas que consiguen algo así suelen acumular dos clases de historias: las que cuentan sobre sí mismas y las que los demás cuentan sobre ellas.
—¿Y cuáles son ciertas?
—Por lo general, una parte de cada una.
Emma sonrió ligeramente.
—Es irritante que eso suene tan razonable.
—Fui a la facultad de Medicina. Nos enseñan a sonar razonables.
Emma se acercó un poco más.
—¿Eso era lo que estabas haciendo con mi padre?
—Sobre todo intentaba que no me echara de la casa.
—Lo hiciste bien.
—Me dieron café.
Emma se rio y lo besó. Pretendía que fuera un beso rápido, pero Daniel apoyó una mano en su cintura y la mantuvo cerca. La incomodidad de aquella mañana fue desapareciendo a medida que el beso se intensificaba y, durante varios segundos, Emma olvidó que sus padres estaban a pocos metros.
Ella fue la primera en apartarse.
—Probablemente mi madre nos está mirando.
Daniel echó un vistazo hacia la casa.
—Tu padre también.
Emma se volvió justo a tiempo para ver moverse la cortina junto a la ventana del frente.
—Ay, Dios mío.
Daniel se rio mientras ella lo empujaba hacia la puerta del conductor.
—Vete.
—¿Cenamos mañana?
—Vete.
—¿Eso es un sí?
Emma le abrió la puerta.
—Sí.
Daniel volvió a besarla antes de subir al carro. Emma lo vio alejarse por la calle y luego regresó a la casa preparada para las preguntas de Susan. En cambio, descubrió que William se había ido al dormitorio y que su madre lavaba las tazas en la cocina.
—¿Qué pasó entre papá y Robert Méndez?
Susan mantuvo las manos bajo el agua del grifo.
—Ya lo oíste. Trabajaron juntos.
—Eso no fue lo que pregunté.
—No.
Emma esperó mientras Susan seguía lavando la misma taza.
—Mamá.
Susan finalmente cerró el grifo.
—Tu padre no siempre fue así.
Emma miró hacia el pasillo.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Tú conoces al hombre con el que creciste. —Susan se secó las manos y bajó la voz—. Hubo una época en que trabajaba todos los días. Tenía planes. Creía que algún día llegaría a tener sus propias tierras.
—¿Qué pasó?
—Muchas cosas.
—¿Robert fue una de ellas?
Susan vaciló apenas lo suficiente para que Emma lo notara.
—Pregúntale a tu padre.
—No va a decírmelo.
—Entonces probablemente tenga una razón.
A Emma no le gustó la respuesta, pero Susan ya había vuelto al fregadero.
Esa noche, Daniel encontró a Robert solo en la terraza trasera. Su padre leía algo en una tableta, con un vaso de agua a su lado, cuando Daniel se sentó frente a él.
—Hoy conocí a William Carter.
Robert no levantó la mirada.
—Imaginé que acabarías conociéndolo.
—Dice que ustedes trabajaron juntos.
—Así fue.
—Me corrigió cuando dije que había trabajado para ti.
Eso hizo que Robert levantara la mirada. Daniel le dio unos instantes antes de continuar.
—¿Qué pasó en San Carlos?
Robert dejó la tableta sobre la mesa.
—William fue un hombre ambicioso en otro tiempo.
—¿Qué pasó?
—La vida.
—Eso suena como la respuesta de alguien que no quiere responder.
Robert esbozó una leve sonrisa.
—Conociste a su hija hace tres días y ya estás investigando a su padre.
—Estoy preguntando por el mío.
La sonrisa de Robert desapareció. Daniel se reclinó en la silla y lo observó.
—¿Qué pasó en San Carlos?
Durante unos instantes, Robert no dijo nada. Los sonidos de la propiedad al caer la tarde llenaron el silencio entre ambos hasta que finalmente volvió a tomar la tableta.
—Nada que tenga que ver con Emma.
—No te pregunté si tenía que ver con Emma.
Robert volvió la atención a la pantalla.
—No. No lo hiciste.
Desde el interior de la casa, Margaret había oído lo suficiente de la conversación para comprender hacia dónde se dirigía. Esperó hasta que Daniel abandonó la terraza antes de salir y ocupar la silla en la que él había estado sentado.
Robert la miró.
—No empieces.
—Ni siquiera sabes qué voy a decir.
—Llevo treinta y seis años casado contigo.
—Le gusta.
—Me di cuenta.
—Le gusta de verdad.
Robert se quitó los anteojos.
—¿Y?
Margaret miró hacia la entrada de la propiedad por donde el carro de Daniel había desaparecido aquella tarde.
—William Carter va a convertirse en un problema.
—¿Para quién?
—Para Daniel.
Robert soltó un suspiro cansado.
—Nuestro hijo tiene treinta y un años.
—Sé perfectamente cuántos años tiene mi hijo.
—Entonces deja que se encargue de sus propias relaciones.
Margaret mantuvo una expresión agradable.
—Siempre dejo que Daniel se encargue de sus propias relaciones. Solo me aseguro de que nadie se las complique más de lo necesario.