CAPÍTULO 7
Daniel le propuso matrimonio cuatro meses después de aquella primera cena.
Para entonces, Emma había aprendido que estar con él cambiaba mucho más que los lugares donde comía o la forma en que pasaba los fines de semana.
La gente recordaba a Daniel. Los dueños de los restaurantes se acercaban a la mesa para saludarlo, los pacientes lo detenían en los supermercados y llegaban invitaciones de personas a las que Emma nunca había conocido.
Al principio, aquella atención le resultó entretenida.
Después empezó a comprender que, en La Fortuna, el apellido Méndez entraba en una habitación un poco antes que Daniel.
Sus amigas se habían adaptado de distintas maneras.
Emily aprobaba casi todo lo que Daniel se ponía, Sophia seguía desconfiando de cualquiera que no hiciera suficiente ejercicio y Rebecca había decidido que su mayor virtud era pedir siempre suficiente comida para compartir.
Kimberly Jones consideraba que la relación era una mejora evidente en la vida de Emma, mientras que Kimberly O'Connor era la única que, de vez en cuando, hacía preguntas que Emma prefería no responder.
Ethan había dejado de llamar.
Al principio, aquella ausencia le había dolido. Después pasó a formar parte de su nueva vida.
Daniel nunca le preguntó si lo extrañaba.
La propuesta llegó un jueves por la noche, después de cenar en la propiedad de los Méndez. Margaret y Robert habían ido a un evento benéfico en San José, dejando la casa inusualmente silenciosa, y Daniel sugirió caminar hasta el establo antes de llevar a Emma a su casa.
Ella lo miró con desconfianza.
—Tienes una obsesión poco saludable con ese lugar.
—Te gustó la primera vez.
—Me gustó lo que pasó la primera vez.
Daniel sonrió.
—A mí también.
El establo estaba oscuro, salvo por dos luces a lo largo del pasillo central. Emma lo siguió entre los compartimentos hasta que Daniel se detuvo junto a la yegua que ella había alimentado en su primera visita.
—¿No hay manzanas?
—Ahora te recuerda sin necesidad de sobornarla.
—A diferencia de tu madre.
Daniel se rio.
—Mi madre no acepta manzanas.
—¿Y qué acepta?
—Obediencia.
Emma todavía sonreía cuando Daniel metió la mano en el bolsillo.
Durante un segundo no comprendió lo que estaba viendo. Entonces la pequeña caja se abrió en la mano de Daniel y todas las respuestas ingeniosas que habría podido darle desaparecieron.
—Daniel.
—Tenía preparado un discurso.
—¿Qué le pasó?
—Lo olvidé.
—Eres médico.
—Me prepararon para otras cosas.
Emma contempló el anillo.
Daniel no se arrodilló. Permaneció de pie frente a ella, lo bastante cerca para que Emma pudiera ver que estaba más nervioso de lo que jamás lo había visto.
—Te amo —dijo—. Sé que cuatro meses parece una locura.
—Lo parece.
—Lo sé.
—Una gran locura.
—Emma.
Ella se rio, aunque los ojos comenzaban a llenársele de lágrimas.
Daniel le tomó la mano.
—No quiero darte una vida perfecta. No creo que eso exista. Quiero darte una vida conmigo.
Por primera vez aquella noche, Emma dejó de mirar el anillo.
Había razones para decir que no. Tenía veintiún años.
No había terminado la universidad. Cuatro meses antes había estado planeando un futuro con otra persona.
Susan le diría que iba demasiado rápido, Kimberly O'Connor le preguntaría si conocía a Daniel lo suficiente y, en algún rincón de su vida al que deliberadamente había dejado de volver, Ethan todavía existía.
Daniel esperó.
Emma pensó en aquella primera cena, en los caballos, en cómo trataba a su madre y en cómo se había negado a insultar a William incluso cuando este había intentado provocarlo.
Pensó en lo que sería despertarse sin tener que calcular cuánto costaba todo, pero también pensó en Daniel riéndose con sus amigos, besándola contra la pared del establo y mirándola como si elegirla nunca hubiera sido complicado.
—Sí.
Daniel soltó el aire que había estado conteniendo.
—¿Sí?
—Sí.
La besó antes de que ella pudiera volver a reírse. El anillo quedó atrapado entre sus manos hasta que Emma se apartó y lo levantó.
—¿Vas a ponérmelo o piensas quedártelo?
Daniel deslizó el anillo en su dedo.
Le quedó perfecto.
—Por supuesto que me queda bien —dijo Emma.
—Tuve ayuda.
—¿Tu madre?
—Emily.
Emma lo miró fijamente.
—¿Emily lo sabía?
—Desde hace seis días.
—¿Y no me dijo nada?
—La amenacé.
—¿Con qué?
—Le dije que dejaría que Rebecca escogiera los vestidos de las damas de honor.
Emma se rio tan fuerte que uno de los caballos se movió dentro de su compartimento.
Susan lloró cuando Emma se lo contó.
Después le preguntó cuánto tiempo llevaban juntos.
—Cuatro meses.
Susan dejó de llorar.
—¿Cuatro?
—Mamá.
—Solo estoy comprobando que escuché bien.
William estaba sentado a la mesa de la cocina cuando Emma les mostró el anillo. Lo observó más tiempo del necesario y luego hizo la pregunta que Susan había evitado.
—¿Cuánto vale?
Emma bajó la mano.
—No sé.
—¿No preguntaste?
—No.
William miró hacia Susan.
—Debe ser bonito poder decir eso.
—Papá, por favor.
Susan le lanzó una mirada de advertencia, pero William apartó la silla y se puso de pie.
—Tienes veintiún años.
—Sé cuántos años tengo.
—Y lo conoces desde hace cuatro meses.
—Eso también lo sé.
William observó a su hija durante varios segundos. Emma esperaba otro comentario sobre Robert Méndez, pero no llegó.
—¿Lo amas?
—Sí.
Esta vez respondió sin vacilar.
William asintió.
—Entonces espero que esté a tu altura.
Era lo más parecido a una aprobación que Emma iba a conseguir de él.
La reacción de Margaret fue mucho menos contenida. Para la tarde siguiente, ya había hablado de lugares para la ceremonia, flores, fotógrafos y tres fechas posibles. Daniel finalmente la interrumpió cuando empezó a hablar del número de invitados.
—Mamá, ¿le propusiste matrimonio tú o yo?
Margaret pareció ofendida.
—Tú se lo propusiste. Yo estoy evitando consecuencias.
Emma se rio.
—¿Qué consecuencias?
—Una boda mal organizada.
Robert bajó el periódico.
—Tu madre considera eso una emergencia médica.
—Se puede prevenir —dijo Margaret.
Se casaron cinco meses después.
Para entonces, Emma tenía veintidós años, y la ceremonia se celebró en una propiedad de los Méndez, bajo un toldo blanco con vista a unos campos que parecían de un verde imposible después de la lluvia de la tarde.
Susan volvió a llorar, esta vez sin interrupciones.
William llevaba un traje que Emma nunca le había visto y permaneció sobrio desde la mañana hasta que se marchó el último invitado.
Las cinco amigas de Emma estuvieron con ella antes de la ceremonia. Emily acomodaba algo cada treinta segundos, Sophia les decía a todas que dejaran de tocar el vestido y Rebecca estaba sentada en el borde de una silla comiendo fresas destinadas a una bandeja que esperaba en la planta baja.
—Si Margaret te descubre —le advirtió Emma—, te va a matar.
Rebecca se comió otra.
—Entonces te quedas con mi ropa.
Emma se rio.
Kimberly Jones examinó el anillo una vez más.
—Te fue muy bien.
—Voy a casarme con el hombre, Kimberly. No con el anillo.
—Lo sé. Al hombre también le fue muy bien.
Kimberly O'Connor esperó hasta que las demás estuvieran distraídas antes de acercarse a Emma.
—¿Nerviosa?
—Aterrada.
—Bien.
Emma la miró.
—¿Bien?
—Me preocuparía si no lo estuvieras.
Desde el otro lado de la habitación, Emily avisó que se les estaba haciendo tarde. Kimberly O'Connor apretó la mano de Emma antes de alejarse.
—¿Eres feliz?
Emma miró por la ventana.
Daniel estaba afuera con White y Smith, riéndose de algo mientras se acomodaba uno de los puños de la camisa. Como si hubiera sentido su mirada, volvió la vista hacia la casa y la vio junto a la ventana.
Su expresión cambió de inmediato.
Emma sonrió.
—Sí.
Kimberly siguió la dirección de su mirada.
—Entonces ve a casarte con él.
Una hora después, Emma Carter se convirtió en Emma Méndez.
Aquella noche, cuando terminó la música y los últimos invitados comenzaron a marcharse, Daniel la encontró sola por un momento en la terraza. Emma se había quitado los zapatos y los llevaba en una mano.
—Señora Méndez —dijo él.
Emma lo miró.
—Suena extraño.
—Te acostumbrarás.
—¿Y si no?
Daniel se acercó y la rodeó por la cintura con un brazo.
—Demasiado tarde.
Emma sonrió.
—Eso sonó posesivo, doctor.
—Fue un poco posesivo.
Ella lo besó.
A sus espaldas, Rebecca gritó desde algún lugar de la casa que cualquiera que hubiera visto sus zapatos tenía la obligación legal de devolvérselos. Emma empezó a reírse mientras todavía besaba a Daniel.
Él negó con la cabeza.
—Rebecca todavía me cae bien.
—Puede que te arrepientas.
—Lo dudo.
Emma apoyó la frente contra la de él.
A la mañana siguiente volaban a Europa.
Era el primer viaje de Emma fuera de Costa Rica.
Daniel había planeado doce días entre Madrid, París y Roma, y durante el vuelo Emma descubrió que había reservado clase ejecutiva sin mencionárselo. Miró el asiento y luego a él.
—Podrías haberme avisado.
—¿De qué?
—De que esto se convierte en una cama.
Daniel pareció sinceramente confundido.
—¿Eso habría cambiado tu decisión de casarte conmigo?
—Tal vez me habría casado contigo antes.
La mujer sentada al otro lado del pasillo se rio. Daniel esperó a que Emma se acomodara en su asiento antes de inclinarse hacia ella.
—Así que era por el dinero.
—Por supuesto. Llevo muchísimo tiempo con este plan.
—Cinco meses.
—Agotador.
Para cuando llegaron a Madrid, Emma había tomado suficientes fotografías como para irritar a Daniel y suficientes videos como para que Emily exigiera actualizaciones constantes.
La principal preocupación de Rebecca era la comida.
Sophia quería saber cuánto estaban caminando, Kimberly Jones pedía fotografías de los hoteles y Kimberly O'Connor envió un solo mensaje.
Disfruta de estar casada. De vez en cuando, guarda el teléfono.
Emma se lo mostró a Daniel.
—Ella también me cae bien.
—Te caen bien todas mis amigas.
—No por igual.
—¿Rebecca sigue en primer lugar?
—Rebecca amenazó con heredar tu ropa. Respeto la ambición.
Emma se rio y guardó el teléfono en el bolso.