La esposa del doctor CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Emma abrió la boca, pero la respuesta no llegó. Durante años, Ethan había sido la persona que podía imaginar a su lado sin necesidad de pensarlo. Ahora Daniel también formaba parte de aquel futuro, y no podía borrarlo simplemente porque Ethan estuviera sentado frente a ella esperando una respuesta.

Su silencio se prolongó lo suficiente para que Ethan lo entendiera.

—Esa es tu respuesta.

—No, no lo es.

—Para mí sí.

Se puso de pie y dejó sobre la mesa dinero suficiente para pagar su café. Emma levantó la mirada hacia él, asustada de pronto por la rapidez con que aquella conversación se había convertido en algo que quizá ya no pudiera deshacer.

—Ethan.

Él se detuvo.

—Nunca quise hacerte daño.

—Lo sé.

No había reproche en su voz. Ethan caminó hacia la puerta mientras Emma lo observaba, esperando que se volviera, pero salió sin mirar atrás.

Emma permaneció en la cafetería mucho después de que Ethan se marchara.

Frente a ella, la taza de Ethan seguía a medio llenar, y la silla que había ocupado parecía llamar más la atención ahora que estaba vacía que cuando él estaba sentado allí.

Emma abrió dos veces el historial de mensajes entre ambos sin escribir nada.

Había años enteros dentro de aquella conversación: fotografías, discusiones, bromas que ya no tenían sentido sin conocer el contexto, planes de viajes que nunca habían hecho y mensajes enviados desde las aulas cuando deberían haber estado prestando atención.

Podía haber salido tras él. Durante varios minutos pensó en hacerlo.

En lugar de eso, llamó a Daniel.

Él respondió al segundo tono.

—Buenos días.

—¿Estás ocupado?

—Ya no.

Emma estuvo a punto de sonreír.

—Eso sonó ensayado.

—No lo fue. ¿Debió serlo?

Miró a través de la ventana de la cafetería a la gente que cruzaba la calle.

—¿Puedo verte?

Daniel no preguntó por qué.

—¿Dónde estás?

Veinte minutos después, su automóvil se detuvo afuera.

Emma lo vio antes de que Daniel la viera a ella y, durante unos instantes, permaneció sentada preguntándose qué pensaba decirle exactamente.

Encontrar una respuesta se volvió aún más difícil cuando él entró en la cafetería y sonrió como si encontrarla allí fuera simplemente algo agradable que había ocurrido esa mañana.

Daniel se sentó frente a ella.

—Pareces muy seria.

—Hablé con Ethan.

La expresión de Daniel apenas cambió.

—¿Cómo te fue?

—Se fue.

—Eso no es lo que te pregunté.

Emma bajó la mirada hacia la mesa.

—Mal.

Daniel esperó.

Aquella paciencia se estaba convirtiendo en una de las cosas que más llamaban su atención. Ethan había acusado a Daniel de tener todo lo que él no podía ofrecerle, pero en ese momento no era el dinero lo que inquietaba a Emma.

Daniel parecía tener tiempo.

Podía sentarse frente a ella sin exigirle que continuara, mientras Emma había pasado buena parte de su vida sintiendo que cada decisión venía acompañada de alguien esperando una respuesta.

—Me preguntó si quería estar con él —dijo.

—¿Y?

—No pude decirle que sí.

Daniel mantuvo la mirada fija en la de ella.

—¿Podías decirle que no?

Emma negó con la cabeza.

—Entonces quizá no estabas preparada para tener esa conversación.

—Él sí.

Daniel se reclinó en la silla.

—Eso también importa.

Emma había esperado ver satisfacción en él, quizá incluso un indicio de triunfo. En cambio, parecía casi preocupado, y eso hizo más difícil lo que estaba a punto de decir.

—No quiero que pienses que lo dejé por tu carro, por tu familia o porque puedes llevarme a restaurantes caros.

—No lo pienso.

—No me conoces lo suficiente para saberlo.

—No —dijo Daniel—. Pero te conozco lo suficiente para saber que no estarías aquí tratando de explicarte si esa fuera la única razón.

Emma lo observó durante unos instantes.

—Ethan cree que estoy eligiendo una vida.

—Tal vez lo estés.

Emma frunció el ceño.

Daniel apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Todos elegimos una vida. Ethan también está eligiendo la suya. Yo estoy eligiendo la mía. La pregunta es si eliges la mía porque quieres que yo forme parte de ella.

Aquella respuesta permaneció en la mente de Emma.

Daniel pagó el café que Ethan había dejado a medias, además del suyo, y salieron. Emma esperaba que propusiera almorzar o que la llevara a algún lugar, pero él se limitó a preguntarle si quería regresar a casa.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

—No sé.

—¿Otro restaurante caro?

Emma lo miró fijamente hasta que comprendió que estaba bromeando.

—No eres gracioso.

—Qué decepción. Mi madre dice que soy encantador.

—Tu madre no es precisamente imparcial.

—En absoluto.

Emma se rio y sintió que parte de la tensión que llevaba dentro comenzaba a disiparse. Daniel le abrió la puerta del acompañante, pero antes de que subiera, su teléfono vibró.

Era un mensaje de Emily.

¿Estás viva?

Antes de que Emma pudiera responder, apareció otro.

Rebecca dice que, si desapareces con el doctor, nosotras tenemos prioridad sobre tu ropa.

Emma le mostró la pantalla a Daniel.

Él se rio.

—Me cae bien Rebecca.

—Le encantará saberlo.

—Dile que no se queda con nada.

Emma escribió la respuesta mientras Daniel rodeaba el automóvil.

Estoy viva. Y mi ropa se queda conmigo.

Emily respondió con una fila de signos de interrogación.

Emma guardó el teléfono.

Daniel condujo sin preguntarle adónde quería ir y tomó el camino que llevaba hacia el vecindario de Emma. A mitad del trayecto, ella se dio cuenta de que había recordado la ruta después de recorrerla una sola vez.

—Tienes buena memoria —dijo.

—¿Para las calles?

—Para todo.

—Deformación profesional.

Al detenerse en un semáforo, Daniel la miró.

—¿Quieres que te lleve a casa?

Emma vaciló.

—Todavía no.

Daniel no pidió explicaciones. Cuando el semáforo cambió, siguió de largo en lugar de tomar el desvío que los habría llevado hacia la casa de los Carter.

—¿Adónde vamos?

—Dijiste que a casa no.

—Eso no responde la pregunta.

Daniel sonrió.

—Sobrevivirás diez minutos sin saberlo.

Dejaron atrás las calles más transitadas y se dirigieron hacia las afueras de La Fortuna.

Los edificios comenzaron a escasear y dieron paso a terrenos abiertos, cercas y extensiones verdes interrumpidas por casas distantes.

El volcán Arenal se alzaba sobre el paisaje, con las laderas superiores parcialmente cubiertas por las nubes.

Emma reconoció el camino antes de que Daniel entrara por un acceso amplio bordeado de árboles.

—¿La propiedad de tus padres?

—Una de ellas.

La respuesta volvió a recordarle las dimensiones del mundo de Daniel, aunque él no pareció notar el efecto que había tenido en ella.

Pasó junto a una casa situada más atrás, entre los árboles, y continuó hacia un potrero cercado donde varios caballos se movían con tranquilidad bajo el sol de la mañana.

—Dijiste que nunca habías estado cerca de caballos —dijo Daniel.

—Dije que nunca había montado uno.

—Eso es peor.

—Para el caballo, tal vez.

Daniel estacionó cerca de un establo y la miró.

—Vamos.

El establo olía a madera, tierra y heno seco. Al principio, Emma permaneció cerca de la entrada mientras Daniel se acercaba a una yegua oscura y le acariciaba lentamente el cuello. El animal respondió de inmediato a su contacto.

—Ya has hecho esto antes —dijo Emma.

—Mi padre me habría desheredado si no hubiera aprendido.

—Pensé que solo las madres amenazaban con cosas así.

—Mi madre no amenaza. Se encarga de que las cosas salgan como ella quiere.

Emma se rio, pero la expresión de Daniel la hizo preguntarse si realmente estaba bromeando.