CAPÍTULO 2
Tres años después de la muerte de su esposa, el doctor Daniel Méndez había aprendido a desempeñar muy bien el papel de viudo.
Tenía treinta y siete años, era exitoso, conocido en La Fortuna y todavía lo bastante joven para que la gente se preguntara por qué no se había vuelto a casar.
Sus pacientes confiaban en él. Los dueños de los restaurantes lo saludaban por su nombre.
En los eventos de la comunidad, siempre aparecía alguien que conocía a su padre o a su madre.
En un pueblo acostumbrado a ver turistas llegar y marcharse, Daniel pertenecía a una de esas familias que llevaban allí el tiempo suficiente para que el apellido, por sí solo, tuviera peso.
Trabajaba en una clínica privada cerca del centro, donde sus días transcurrían con un ritmo cómodo.
Pacientes por la mañana, papeleo entre consultas y almuerzo cuando encontraba un momento.
Era de esos médicos que recordaban detalles que nadie esperaba que recordara: la graduación de una hija, la operación de un esposo, el viaje que una pareja de jubilados llevaba meses planeando.
Esa atención hacía que las personas se sintieran importantes.
Y también hacía que fuera fácil apreciar a Daniel.
Su padre, Robert Méndez, había dedicado buena parte de su vida a levantar los negocios agrícolas y ganaderos de la familia.
Las tierras, el ganado y las propiedades les habían dado dinero a los Méndez, pero Robert valoraba más el respeto que inspiraba su apellido.
Margaret, la madre de Daniel, entendía mejor que nadie el aspecto social de ese prestigio.
Asistía a eventos benéficos, recordaba cumpleaños, enviaba flores cuando alguien fallecía y sabía perfectamente qué familias de La Fortuna habían dejado de hablarse, aunque siguieran sonriéndose en público.
Daniel era su único hijo, y Margaret nunca había aprendido a verle un defecto que no pudiera atribuir al comportamiento de otra persona.
Los viernes por la noche, cuando no tenía que trabajar hasta tarde, Daniel solía reunirse a cenar con sus amigos, el doctor Johnson White y el doctor Albert Smith.
White era cirujano plástico, alto, de piel clara y ojos azules, con una reputación que daba lugar a más historias de las que nadie podía confirmar.
Smith, administrador de la clínica, era delgado, disciplinado con el ejercicio y mucho menos disciplinado con su temperamento.
Tres divorcios no habían mejorado su opinión sobre el matrimonio.
Ese viernes en particular, los tres estaban en un restaurante apartado de la zona más concurrida de La Fortuna. A las nueve, quedaban pocos comensales y había comenzado el karaoke.
Smith miró hacia el pequeño escenario y soltó un gruñido.
—Ni se te ocurra.
Daniel sonrió.
—No he hecho nada.
—Lo estás pensando.
White levantó su vaso.
—Déjalo cantar. Sale más barato que la terapia.
Daniel se echó a reír y apartó la silla.
No necesitaba mucho para animarse. Quienes lo conocían ya habían visto aquella rutina: el médico que pasaba la semana escuchando los problemas ajenos subía al escenario un viernes por la noche y cantaba viejas canciones sobre mujeres que se marchaban, amores que terminaban y hombres que comprendían demasiado tarde lo que habían perdido.
Ya nadie lo encontraba extraño.
Tal vez al principio sí.
Emma llevaba tres años muerta.
Habían encontrado su cuerpo cerca del lago Arenal después de su desaparición.
Tenía veinticuatro años. Era rubia, hermosa, con largos rizos que hacían que incluso quienes nunca habían hablado con ella pudieran reconocerla.
Sus fotografías habían circulado durante días después de su desaparición: primero acompañadas de súplicas para obtener cualquier información y, más tarde, con la noticia de que ya no quedaba nadie a quien rescatar.
Su asesinato seguía sin resolverse.
Daniel había respondido preguntas. Había enterrado a su esposa.
Había soportado los rumores que inevitablemente rodean al marido de una mujer asesinada y, con el tiempo, esos rumores habían encontrado otros asuntos de los que ocuparse.
La Fortuna era un lugar pequeño, pero hasta los lugares pequeños necesitaban historias nuevas.
Daniel terminó la canción entre aplausos y regresó a la mesa.
White negó con la cabeza.
—Siempre haces lo mismo, carajo.
—¿Qué?
—Escoges la canción más deprimente de todo el lugar.
—A la gente le gusta.
—A la gente también le gusta mirar accidentes de tránsito.
Smith se rio y Daniel tomó su bebida.
—Los dos están celosos.
Durante la siguiente media hora hablaron del trabajo, de un paciente difícil con el que Smith había tenido que lidiar esa tarde y de una salida de pesca que White quería organizar para el domingo. Daniel propuso de inmediato el lago Arenal.
White lo miró.
—¿Al mismo lugar?
—¿Por qué no?
—Siempre escoges el mismo.
—Porque los peces no se mudan solo porque tú te aburras.
Smith se reclinó en la silla.
—¿A las seis de la mañana?
—Más temprano.
—Estás loco.
Daniel sonrió.
—Cinco y media.
La conversación siguió por otros temas.
No había nada extraordinario en que tres amigos planearan una salida de pesca, ni nada extraño en que Daniel escogiera el lago Arenal.
Llevaba años pescando allí. Sabía dónde echar la embarcación al agua, cómo cambiaban las condiciones del lago con el clima y a qué zonas valía la pena regresar cuando los demás pescadores se daban por vencidos.
También sabía dónde habían encontrado el cuerpo de Emma.
Habían pasado tres años y Daniel seguía regresando.
Para entender por qué alguien acabaría levantando un teléfono, preguntaría por mí usando un nombre que casi nadie utilizaba y me diría que vigilara al doctor Méndez, primero hay que entender algo sobre Daniel.
No siempre había sido un hombre con una esposa muerta.
Hubo un tiempo en que era simplemente un médico en un evento social a las afueras de La Fortuna, mirando desde el otro lado de un salón a una mujer de veintiún años con largos rizos rubios.
Se llamaba Emma Carter.
La primera vez que Daniel la vio, estaba detrás de una mesa de registro en un evento benéfico a las afueras de La Fortuna, tratando de convencer a una impresora de que funcionara.
Alguien le había dado una identificación de voluntaria, un montón de tarjetas con nombres y una tarea que nadie más quería hacer.
Llevaba un vestido negro lo bastante sencillo para la ocasión, y sus largos rizos rubios le caían una y otra vez sobre un hombro cada vez que se inclinaba hacia la computadora portátil.
Daniel reparó en ella antes de que ella reparara en él.
Había llegado con sus padres. Robert ya estrechaba la mano de dos ganaderos cerca de la entrada, mientras Margaret había desaparecido entre un grupo de mujeres a las que parecía conocer de tres comités distintos.
Daniel podría haberse unido a cualquiera de las dos conversaciones.
En cambio, permaneció junto a la mesa de registro más tiempo del necesario.
Emma volvió a presionar el botón de la impresora.
Nada.
—Tienes que amenazarla —dijo Daniel.
Emma levantó la mirada.
—¿Perdón?
—La impresora. Funcionan mejor cuando tienen miedo.
Emma miró la máquina.
—Llevo diez minutos amenazándola.
—Entonces no estás siendo muy convincente.
Eso le arrancó una sonrisa.
Daniel se acercó y miró la pantalla.
—¿Me permites?
—¿Eres técnico de impresoras?
—No.
—Qué bueno. Porque la última persona que la tocó empeoró las cosas.
Daniel rio.
—Soy médico.
—Eso no me sirve de nada.
Daniel presionó dos botones, abrió la bandeja de papel y encontró una hoja doblada bajo los rodillos. La sacó, cerró la bandeja y esperó. Un instante después, la impresora cobró vida.
Emma lo miró sorprendida.
—Retiro lo dicho.
—Añadiré reparación de impresoras a mi currículum.
Emma le entregó la tarjeta con su nombre.
—Doctor Daniel Méndez.
Hubo algo en la forma en que lo dijo que hizo que Daniel volviera a mirarla.
—Sabes quién soy.
—Casi todo el mundo por aquí sabe quién eres.
—Eso suena peligroso.
—Supongo que depende de lo que hayas hecho.
Daniel sonrió.
—¿Y tú eres...?
Emma señaló con un dedo la identificación prendida a su vestido.
EMMA CARTER.
—Emma.
—Eso dice.
Antes de que Daniel pudiera responder, otro invitado se acercó por detrás. Emma volvió su atención a la lista de registro y él se hizo a un lado. Se dijo que no tenía ningún motivo para seguir allí.
Pero se quedó.
Desde el otro lado del salón, Margaret se dio cuenta.
Esperó hasta que Daniel finalmente se reunió con ella junto a una de las mesas y luego siguió la dirección de su mirada hacia la entrada.
—Es muy bonita.
Daniel miró a su madre.
—¿Quién?
Margaret sonrió.
—No insultes mi inteligencia.
—Estaba mirando la puerta.
—Por supuesto.
Robert llegó con tres copas y le entregó una a Daniel.
—¿De quién estamos hablando?
—De nadie —respondió Daniel.
Margaret tomó su copa.
—Daniel acaba de descubrir la mesa de registro.
Robert miró hacia Emma y luego a su hijo.
—¿Buena mesa de registro?
Daniel no le hizo caso.
Más tarde, esa misma noche, volvió a ver a Emma cerca de la terraza. Llevaba dos copas vacías hacia el área de servicio cuando un joven se acercó por detrás y la rodeó por la cintura.
Daniel se detuvo.
Emma se volvió y le sonrió al joven con una naturalidad que Daniel no había visto cuando sonreía a los demás. Era alto y atlético, con el cabello largo y oscuro recogido sin demasiado cuidado detrás de la cabeza. Se inclinó para decirle algo al oído. Emma se rio y luego lo besó.
No en la mejilla.
Daniel apartó la mirada antes de que alguno de los dos notara que los estaba observando.
Durante los minutos siguientes conversó con personas a las que apenas prestó atención. Sabía que era absurdo. Había intercambiado, a lo sumo, una docena de frases con Emma Carter. Era más joven que él, atractiva, rápida para responder y, por lo visto, tenía pareja.
Aquello debería haber terminado ahí.
Normalmente, así habría sido.
Casi al final del evento, Daniel volvió a encontrarse frente a la mesa de registro.
Emma guardaba unos papeles en una caja de cartón.
—¿Sobrevivió la impresora?
—Por poco.
—Quizá debería revisarla.
Emma sonrió sin levantar la mirada.
—Creo que ya has hecho suficiente, doctor.
—Daniel.
Esta vez sí lo miró.
—Daniel —repitió.
El joven de la terraza no estaba por ninguna parte.
Daniel apoyó una mano en el borde de la mesa.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Depende.
—¿Siempre haces que la gente se esfuerce tanto solo para poder conversar contigo?
—Creí que estábamos conversando.
—Ahora sí.
Emma cerró la caja.
—¿Qué querías preguntarme?
—Tu número de teléfono.
Emma soltó una risa suave, pero Daniel notó que la había sorprendido.
—Tengo novio.
—¿El de pelo largo?
La sonrisa de Emma se desvaneció apenas lo suficiente para que Daniel lo notara.
—¿Lo viste?
Daniel se encogió de hombros.
—Era difícil no verlo.
—Se llama Ethan.
—Entonces Ethan es un hombre afortunado.
Emma lo observó durante unos instantes, quizá esperando que dijera algo más.
Daniel no lo hizo.
En cambio, se apartó de la mesa.
—Buenas noches, Emma.
—Buenas noches, Daniel.
Caminó hacia el estacionamiento sin mirar atrás.
Emma lo siguió con la mirada.
Daniel no consiguió su número de teléfono aquella noche.
No le hizo falta.
A la tarde siguiente, Emma Carter apareció entre las cuentas sugeridas en su teléfono.
Daniel contempló su fotografía durante varios segundos antes de pulsar Seguir.