La Esposa Compartida: II Capítulo 30
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Capítulo 30

Me temblaban las manos de una manera ridícula, casi vergonzosa, cuando agarré el pomo de la puerta. Al abrirla, el aire del descansillo irrumpió en el recibidor, impregnado de la intensa fragancia de Tony, dulce y excesiva.

Me pareció aún más gigantesco que de costumbre. Sus hombros descomunales casi ocupaban todo el ancho del umbral y la vieja cazadora de cuero acentuaba aquella imagen de hombre tosco e intimidante.

—¿Cómo te va, cuñado? —soltó con una sonrisa, mirándome desde arriba como si ya fuera el dueño de la casa.

Me dio un abrazo brusco, rematándolo con un golpe seco en la espalda propinado por aquella mano enorme que estuvo a punto de dejarme sin respiración.

—Hola, Tony… —atiné a decir con una voz extrañamente aguda mientras cerraba la puerta—. Carmen está terminando de prepararse. ¿Quieres tomar una cerveza antes de cenar?

—Seguro que tienes algo más fuerte que una cerveza —respondió mientras caminaba hacia el salón con ese paso pesado y seguro tan suyo.

Sus botas pisaron la alfombra sin el menor reparo y sus ojos recorrieron las molduras del techo y los cuadros con una sonrisa burlona, como si aquel lujo refinado le hiciera gracia—.

No seas tacaño, hombre. Ya que compartes conmigo a tu mujer, al menos invítame a uno de esos whiskys de importación que sé que escondes por ahí.

Asentí en silencio, mientras ocupaba el centro del sofá. Fui hasta el mueble bar con las manos rígidas, descorché la botella del mejor malta que reservaba para las grandes ocasiones y serví dos vasos generosos y sin hielo.

—Aquí tienes, espero que te guste. Se lo regaló un buen cliente a Carmen —dije en un tono que me sonó demasiado servil.

Él lo atrapó con aquella mano enorme, haciendo que el cristal pareciera de juguete.

—Bebe, hombre —dijo, alzando el vaso—. Tómatelo de un trago. Tienes cara de funeral. Supongo que, por mucho que te excite ver a Carmen con otro, esto tiene que ponerte nervioso.

Suspiré, intentando rebajar la tensión que me consumía.

—La verdad es que es una sensación muy extraña —admití, contemplando el líquido ambarino—. Hay una parte de mí que lo desea, pero otra se resiste a compartirla.

—Tranquilo. Estoy seguro de que Carmen te quiere y hace esto por ti. Y te agradezco que hayas pensado en mí… porque, joder, tu mujer está cada día más buena.

Bajé la vista hacia el vaso y esbocé una sonrisa tan débil que apenas llegó a existir.

—Supongo que, visto desde tu posición, te tengo que parecer un completo chalado.

No pude terminar la frase. Una nueva palmada en la espalda me sacudió las costillas y su carcajada grave retumbó por todo el salón.

—Hombre… un poco raro sí que es. Si yo supiera que a tu hermana se la está empotrando otro tío, iría a buscar a ese cabrón y le rompería el cuello.

Pero esto es distinto. Tú siempre has sido mucho más civilizado y refinado que yo —levantó el vaso una vez más—.

Los ricos os aburrís demasiado. A tu salud.

Nos lo bebimos de un trago. El whisky descendió como una línea de fuego por mi garganta, abrasándome el estómago y arrancándome un suspiro involuntario. Sin esperar a que me lo pidiera, volví a inclinar la botella y serví otras dos copas.

—Yo no soy rico… Te recuerdo que trabajo ocho horas al día en una inmobiliaria vendiendo pisos. El que tiene dinero es mi suegro.

—Menudo braguetazo pegaste… —soltó entre risas—. ¿Quién te lo iba a decir cuando vivías en el pueblo? Mírate ahora, rodeado de todo esto… —añadió, señalando la decoración del salón.

El segundo trago empezó a hacer efecto casi de inmediato.

El zumbido de mis oídos fue apagándose, el temblor de las manos remitió y la presión que me oprimía el pecho comenzó a aflojarse.

El miedo seguía allí, intacto, pero el alcohol lo estaba transformando poco a poco en otra cosa: una expectación enfermiza, una necesidad creciente de que todo empezara de una vez.

El sonido firme y cadencioso de unos tacones repicando sobre el parqué del pasillo anunció su llegada. Cuando Carmen apareció en el umbral del salón, tuve la absurda sensación de que el tiempo se detenía.

El vestido dibujaba con una precisión casi cruel la armonía de su figura: la curva de sus caderas y un escote insinuante que parecía calculado para atraer todas las miradas.

El carmín rojo de sus labios terminaba de completar aquella imagen.

No era solo un detalle; era una declaración de intenciones, una provocación silenciosa que dominó la habitación antes incluso de que pronunciara una sola palabra.

Tony se quedó inmóvil durante un instante. La recorrió de arriba abajo con la mirada, sin el menor pudor, y dejó escapar un silbido bajo, ronco y cargado de admiración.

—Joder, Julián... Qué pedazo de hembra tienes, cabrón. Sin duda, eres la envidia de todos los hombres del pueblo.

Sentí una oleada de calor insufrible subiéndome por el cuello y abrasándome las orejas.

Tony lo advirtió al instante. Vio cómo me costaba sostenerle la mirada, cómo tragaba saliva a duras penas y cómo mis ojos regresaban una y otra vez al cuerpo de Carmen, completamente incapaces de apartarse de ella.

—Te voy a comer de pies a cabeza delante de este —dijo con una voz ronca que me hizo estremecer por dentro.

Carmen no le permitió añadir una palabra más.

Lejos de amedrentarse, avanzó hacia él con una seguridad insolente, casi felina, balanceando las caderas con su andar elegante y femenino.

Le sostuvo la mirada sin el menor asomo de vergüenza, plenamente consciente de que era el centro del deseo de los dos hombres que compartíamos aquel salón.

—¿Ha merecido la pena la espera? —preguntó con una sonrisa ladeada y desafiante, deteniéndose a escasos centímetros de su pecho.

Él se puso de pie frente a ella, devorándola de arriba abajo con unos ojos inyectados en ganas. Su envergadura física hacía que Carmen pareciera una delicada muñeca de lujo a su lado.

—Estás tremenda. Eres una puta locura… y voy a darte exactamente lo que te mereces —gruñó él, ensanchando las narices mientras respiraba su perfume.

Sin mediar palabra, Tony la agarró de la nuca con una mano, hundiéndole los dedos bastos en el pelo recién peinado, y la atrajo hacia sí con una brusquedad salvaje.

El beso fue obsceno, ruidoso, una demostración de propiedad absoluta conmigo como testigo.

Escuché el chasquido húmedo de sus bocas, el gemido ahogado de Carmen al sentir la lengua de mi cuñado invadiéndola, devorándole el carmín rojo, y cómo ella se aferraba con desesperación a esos hombros anchos, perdiendo la compostura y la dignidad desde el primer segundo.

—Besas muy bien —susurró él, rozando los labios con los de mi esposa.

Ella sonrió coquetamente.

—Gracias, tú también —su voz sonó dulce. Demasiado dulce.

Yo me quedé paralizado en el sofá. Sentí cómo la bragueta me apretaba hasta doler, mientras la copa de whisky se olvidaba en mi mano.

Estaba devorando la escena con un morbo enfermizo que me nublaba la vista por completo y me hacía temblar las rodillas ante la visión de mi esposa entregándose a Tony.

Mi cuñado no quiso esperar; la urgencia lo dominaba.

Con una fuerza descomunal, la levantó en volandas como si no pesara nada.

Carmen soltó un grito ahogado, mitad sorpresa, mitad anticipación, mientras él recorría apenas un par de pasos antes de dejarla sentada de golpe sobre la sólida mesa de madera del comedor.

Un jarrón de cristal resbaló hasta el borde, cayó al suelo y estalló en mil pedazos con un estruendo que retumbó por toda la casa.

Le agarró el dobladillo del vestido y se lo subió de un tirón hasta la cintura, dejando al descubierto el liguero negro que ceñía sus blanquísimos muslos y la delicada lencería de encaje que Carmen se había puesto para impresionarlo.

—Mira esto, Julián... Mira cómo me está esperando tu deliciosa mujercita. Está empapada —dijo Tony, metiendo dos dedos rudos por el lateral del encaje antes de agarrar las bragas y bajárselas de un tirón áspero que llegó hasta sus tobillos.

El sexo de mi mujer quedó completamente expuesto bajo los halógenos del comedor, brillando, destilando un deseo espeso y líquido que resultaba evidente a simple vista.

—Dios, Tony… Métemela. No me hagas esperar —gimió Carmen, con la cabeza completamente echada hacia atrás, los ojos entornados y perdiendo toda su fachada de mujer culta y distinguida.

—Ante te voy a comer el coño.

Tony se agachó entre sus muslos y se la devoró de una manera despiadada, casi violenta.

No había la menor delicadeza en sus labios; la lamió, la succionó y la mordió con la voracidad de un animal sediento, hundiéndole la cara entera en la entrepierna húmeda.

Carmen soltó un grito agudo, roto, que resonó en toda la casa, arqueando la espalda por completo.

Aquello sobrepasaba cualquier fantasía. Dejé caer el vaso al suelo sin importarme que se derramara. Me llevé la mano derecha directamente a la bragueta, me saqué la polla rígida y comencé a masturbarme con una furia desesperada, notando cómo el aire comenzaba a faltarme en los pulmones.

—¡Ah…! ¡Qué bien lo haces, Tony! ¡Joder, cómo me gusta! —gritaba Carmen fuera de sí, con la voz rota por el placer burdo que él le estaba dando.

—¡Fóllate a esta puta, Tony! ¡Fóllatela ya de una vez! —le grité yo, incapaz de reprimir los insultos que me brotaban del estómago, completamente entregado al papel de espectador—. ¡Mira cómo te lo pide! ¡Mira cómo desea que la destroces!

Él se apartó de su entrepierna con una lentitud exasperante.

Tenía la barbilla y los labios empapados con los jugos de mi mujer y una mirada de triunfo criminal en los ojos.

Sin dejar de mirarme, se desabrochó el pantalón vaquero y se sacó la polla de golpe.

Me pareció enorme. Tanto que temí que no le entrara y la partiera en dos.