Capítulo 29
Frente al espejo del vestidor contemplé el vestido de cóctel que me había comprado el día anterior. Era una pieza de alta costura, elegante, rabiosamente sexy y, sobre todo, tan insultantemente cara que me envolvía en una coraza de seguridad.
Sabía perfectamente lo que Tony pensaba de mí. Para él, yo no era más que una burguesita, una niña de papá criada entre algodones. Él, en cambio, era un hombre de pueblo: tosco, bruto y curtido por una vida muy distinta a la mía.
Deseaba con todas mis fuerzas que sintiera ese contraste en cuanto me tuviera delante.
Quería que aquel vestido le recordara, incluso antes de rozarme, que yo pertenecía a un mundo al que nunca había creído poder acceder.
Quería que me viera como un lujo imposible.
Como una mujer completamente fuera de su alcance.
Me deslicé las medias negras por las piernas y fui prendiendo las pinzas del liguero con una lentitud casi ceremonial, recreándome en cada movimiento. Justo cuando tenía las bragas en la mano, el timbre de la puerta irrumpió con un sonido limpio y estridente, desgarrando el silencio de la casa.
Un escalofrío me recorrió el vientre. Sabía que era él. Había llegado diez minutos antes de lo previsto, con la impaciencia de un animal hambriento.
Escuché los pasos precipitados de Julián saliendo de la cocina. Un instante después, la puerta de mi dormitorio se abrió de golpe y apareció en el umbral. Tenía el rostro desencajado y una palidez que delataba el miedo que le corría por las venas.
—Cariño… creo que es Tony. Está llamando al timbre —susurró con la voz trémula, como si acabara de anunciarme el fin del mundo.
Dejé las bragas a medio subir, detenidas a la altura de los muslos, y le sostuve la mirada con una frialdad casi desafiante.
—Pues ábrele, Julián... Yo aún no he terminado de prepararme —respondí con una serenidad que contrastaba violentamente con su agitación—. Tranquilo, cielo, es tu cuñado… y sabes perfectamente a qué viene, ¿verdad?
Julián tragó saliva, dejó escapar un suspiro entrecortado y cerró la puerta sin añadir una sola palabra.
Me divirtió profundamente verlo al borde del colapso, incapaz de ocultar unos nervios que lo devoraba.
Yo, en cambio, no sentía el menor atisbo de temor.
Estaba completamente preparada para lo que iba a suceder.
Por fin iba a tener a Tony en una cama de verdad, entre sábanas limpias, dejando atrás la incomodidad del asiento trasero de un coche, el polvo pegajoso de un cobertizo agrícola y el riesgo constante de ser descubiertos en un aparcamiento solitario. Por delante teníamos toda la noche.
Mientras terminaba de colocarme la lencería, pensé en cómo me sentiría con Julián allí, de pie en un rincón del dormitorio, contemplando como un vulgar mirón la escena.
Si hubiera podido elegir, habría preferido estar a solas con Tony.
Sin espectadores. Sin la presencia constante de mi marido recordándome que aquello formaba parte de un pacto.
Pero que Julián estuviera allí era el precio que debía pagar para disfrutar de aquella libertad sin poner en riesgo mi matrimonio.
Conocía mis necesidades, había sopesado los pros y los contras y había aceptado ese pago.
De vez en cuando, tenía que dejarme follar delante de él para hacerlo sentir cómplice de mis vicios.
Desde el pasillo me llegó el chasquido de la cerradura al abrirse, seguido de la voz grave, rota y asilvestrada de Tony.
Apenas una semana antes, sus bromas zafias y sus salidas de hombre de las cavernas me habrían parecido irritantes e insoportables.
Ahora, en cambio, bastó escuchar el eco de su voz resonando en mi casa para que mi cuerpo temblara de anticipación.
Mientras terminaba de vestirme, recordé que apenas cinco minutos antes de que sonara el timbre me había llamado mi suegra. Su voz, siempre cariñosa y familiar, resonó al otro lado del teléfono.
—Carmen, hija, venid a comer el domingo. Haré una paella.
Le dije que sí, pero tuve que cortar la conversación casi de inmediato, fingiendo que estaba dentro de una tienda y que apenas podía escucharla.
Me pasé las manos por los muslos, alisando el vestido hasta que el tejido abrazó cada curva de mi cuerpo.
Después me acerqué al tocador, perfilé mis labios con un carmín rojo intenso y me calcé unos zapatos de tacón de aguja. Gané unos centímetros de altura y, con ellos, la determinación que necesitaba para salir por aquella puerta.
Estaba lista.
Sin embargo, en lugar de salir, me senté en el borde de la cama y respiré hondo.
Me divertía hacerlos esperar. Sabía exactamente lo que estaba ocurriendo al otro lado de la puerta.
Julián no sabría dónde meter las manos ni cómo romper un silencio que debía resultarle insoportable.
Tony, en cambio, tan directo y deslenguado como siempre, seguramente ya habría soltado alguna de sus bromas de mal gusto.
Quizá a mi costa. Quizá recordándole a Julián, con esa mezcla de descaro y provocación tan suya, el verdadero motivo por el que había ido a nuestra casa aquella noche.