Capítulo 28
Nada más terminar de aclarar el coche, pasé por el supermercado.
Estaba muy nervioso y apenas tenía tiempo.
Las manos me temblaban ligeramente mientras empujaba el carrito por los pasillos.
En un momento dado, me quedé mirando el mostrador de las delicatessen y estuve tentado de llamar a Carmen para preguntarle qué le apetecería cenar a Tony, pero no lo hice.
Supuse que alguien tan simple y rústico no encontraría ningún deleite en mis platos elaborados.
Al final, opté por algo funcional: unos buenos cortes de carne, algo rápido de cocinar y sin rodeos. Como él.
Cuando llegué a casa y abrí la puerta, el sonido del agua al caer me indicó que Carmen ya estaba duchándose. Clara salía de su cuarto con una mochila colgada del hombro, lista para irse.
—¡Me voy a casa de los abuelos! —me anunció con un entusiasmo desbordante en los ojos—. La abuela nos tiene preparado un fin de semana increíble. Van a ir también Cris y Amanda... Dice que montaremos a caballo e iremos de compras.
Al ver la ilusión inocente de mi hija, sentí un pinchazo de culpa en el estómago, un peso denso por la red de mentiras que estábamos tejiendo a su alrededor. Sin embargo, tragué saliva y disimulé con mi mejor sonrisa. Me agaché, le di un beso en la mejilla y le acomodé el pelo.
—Pásatelo muy bien, cariño. Disfruta mucho. Y si montas a caballo, ten cuidado. Odio a esas jodidas bestias.
Asintió con resignación, acostumbrada ya a aquella manía mía por los equinos.
—¡Mamá, ya me voy! ¡Está el abuelo abajo esperándome en el coche! —gritó Clara en dirección a nuestro dormitorio. Al no recibir respuesta, se giró hacia mí con una mueca—. Creo que no me escucha con el ruido del agua. Cuando salga, dale un beso de mi parte.
—Anda, corre, no hagas esperar al abuelo. Ya sabes cómo se pone…
La vi cruzar la puerta del piso y, en cuanto el clic de la cerradura resonó en el recibidor, el silencio de la casa cayó sobre mí con una fuerza electrizante.
Dejé las bolsas de la compra sobre la encimera de la cocina y me dispuse a organizar las cosas.
Saqué una cerveza de la nevera, la abrí y le di un trago largo, intentando calmar los latidos de mi corazón.
En ese momento, Carmen apareció en la cocina.
Tenía el pelo empapado y el agua resbalaba por sus piernas desnudas, dejando un rastro sobre las baldosas.
Por primera vez, no le dije nada por entrar descalza y chorreando.
Solo fui capaz de mirarla. Vestía un albornoz blanco cuya humedad se ceñía a su silueta como una segunda piel.
—Ya estás aquí, mi amor —dijo, acercándose y dándome un beso corto en los labios.
A través de la tela del albornoz, al rodearla con mis brazos, noté su carne inusualmente caliente y vibrante. Su piel aún conservaba el calor de la ducha y desprendía un aroma a jabón y a feminidad que me hizo perder la razón por un momento.
—Clara acaba de irse —le dije, pegándola un poco más a mí—. Se la veía muy ilusionada con el plan de tu madre.
—Ya sabes cómo es mamá, adora a sus nietas. Estará perfectamente —respondió Carmen con total naturalidad, apartándose un poco para mirarme.
No pude aguantar más la duda que me quemaba la garganta.
—¿Has vuelto a hablar con él? —pregunté. No pronuncié su nombre, pero ambos sabíamos perfectamente a quién me estaba refiriendo.
Ella sonrió de medio lado, con una expresión de absoluto control que me encendió la sangre. Con parsimonia, llevó las manos a la cintura y dejó que el nudo del albornoz se aflojara, abriendo sutilmente la prenda y dejando a la vista el inicio de sus pechos aún húmedos.
—Le acabo de enviar una foto —soltó ella, clavando sus ojos en los míos.
—¿Así, con el albornoz abierto? —pregunté. La sola idea de imaginarla posando para él me resultaba irresistiblemente sexy.
La imaginación se me desbocó al instante.
—Se la he enviado acostada en la cama completamente desnuda —matizó, relamiéndose los labios—. Quería comprobar la mercancía y asegurarse de que le merecía la pena desplazarse desde el pueblo —dijo señalando su cuerpo.
Un escalofrío de pura lujuria me sacudió entero. Sin poder contenerme, di un paso al frente y la acorralé contra la encimera de la cocina. Le abrí el albornoz por completo con manos temblorosas, respirando el calor que emanaba de su piel mojada.
Estaba jodidamente cachondo, enfermo de celos y morbo, quemándome por dentro al pensar que en ese mismo instante mi cuñado tenía una foto de mi mujer, completamente en cueros, guardada en su teléfono.
—¿Y qué ha dicho? —le susurré al oído, apretando mis manos contra sus caderas desnudas—. ¿Has pasado el examen?
—Ya veremos… —soltó, arqueando la espalda para pegarse más a mi erección—. Me ha dicho que llegará más o menos en una hora.
—¿En solo una hora? —pregunté atacado de los nervios. La cuenta atrás era real.
Carmen dio un paso hacia mí, me puso una mano en el pecho y me dedicó una mirada cargada de una lascivia fría y letal.
—Relájate, mi amor. Solo viene a follarme. ¿No querías compartirme con tu cuñado?
Antes de que pudiera responder, se dio la vuelta con elegancia, dejando que el albornoz ondeara tras ella, y se marchó al dormitorio para empezar a vestirse.