La Esposa Compartida: II Capítulo 27
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Capítulo 27

Esa semana comprendí la diferencia entre un amante y un marido. Julián seguía ocupando el mismo lugar en mi vida; no lo quería menos. Sin embargo, después de lo ocurrido en el cobertizo de mis suegros con mi cuñado, el deseo que había sentido por Alberto comenzó a apagarse poco a poco.

Me vino entonces a la memoria una manía de juventud.

Durante un tiempo coleccioné bolsos y zapatos de marca.

Cada nueva adquisición me deslumbraba tanto que el capricho anterior perdía parte de su encanto.

Con los hombres me estaba ocurriendo algo parecido.

Alberto había sido un lujo exquisito, una fantasía elegante que durante meses había monopolizado mis pensamientos.

Pero Tony era otra cosa. No representaba un capricho, sino un impulso primario, una necesidad feroz que arrasaba con todo lo demás y dejaba muy poco espacio para nadie.

El lunes Tony me llamó por teléfono. Yo estaba en mi despacho, rodeada de expedientes, y terminamos hablando durante más de una hora.

Para mi sorpresa, la conversación no giró únicamente en torno al sexo.

Me preguntó qué música me gustaba, hablamos de viajes y me confesó, con una timidez inesperada, que nunca había salido fuera de España.

Aquel detalle resquebrajó la imagen que me había hecho de él.

Debajo de aquella coraza de hombre duro había alguien mucho más complejo de lo que yo había querido admitir.

Me confesó que le habría gustado trabajar como conductor de ambulancias. También me habló de su padre, un borracho del que todos se reían en el pueblo, y de la vergüenza que aquello le había hecho sentir cuando era niño. Después hablamos de Clara, de sus dos hijos y de Alicia.

Al mencionar a mi cuñada, su voz bajó de pronto, como si le costara hablar de ello.

Reconoció que había tenido mucha suerte con Alicia.

Que sabía perfectamente que no era el marido que ella merecía y que, por más veces que se prometiera cambiar, siempre terminaba tropezando con el mismo hombre que llevaba dentro.

Quedamos aquella misma tarde para tomar una cerveza en un pub del centro, muy cerca de las oficinas del bufete. Aquella fue la primera mentira que le conté a Alberto. Entré en su despacho para decirle que ese día no podríamos vernos porque tenía que ir con mi madre de compras.

Nada más oírme, percibí en sus ojos un fugaz destello de inquietud, ese miedo silencioso a que empezara a alejarme. Los hombres con experiencia reconocen las señales del abandono incluso antes de que asome.

Para tranquilizarlo, me senté en su regazo, le rodeé el cuello con los brazos y lo besé con una ternura que ya no era del todo sincera. Después me levanté y me fui.

Entonces aún ignoraba que aquella sería la última vez que me sentaría sobre sus piernas.

Apenas dos horas más tarde, estaba follando salvajemente con Tony en su coche, parado en un camino oscuro y solitario, junto a una vieja nave industrial de cristales rotos y muros cubiertos de grafitis.

Cuando regresé a casa, no le conté nada a Julián. Él dio por hecho que volvía de una de mis tórridas citas con Alberto.

El martes, cuando colgué la llamada con Tony, lo tuve claro. Me levanté y fui directamente al despacho de Alberto. Al cruzar la puerta, lo miré con unos ojos que ya no eran los mismos.

De pronto me pareció mucho mayor que yo.

Me sacaba casi veinte años y, por primera vez, reparé en las arrugas que rodeaban sus ojos, en el cansancio sereno de quien llevaba toda una vida ejerciendo la misma profesión y en una vulnerabilidad que ni siquiera sus impecables trajes a medida conseguían disimular.

Después de la fuerza casi primitiva que irradiaba Tony, Alberto pertenecía a otra etapa de mi vida.

Me costaba creer que apenas unos días antes hubiera sentido por él un deseo tan intenso.

No era Alberto quien había cambiado. Era mi mirada.

Y, con ella, aquella imagen de hombre firme, seguro y profundamente masculino que durante tanto tiempo me había cautivado.

Le dije sin rodeos que teníamos que dejarlo.

Fue, probablemente, la mejor interpretación de mi vida.

Fingí llorar, me cubrí el rostro con las manos y le expliqué, con la voz quebrada, que después de lo ocurrido el viernes por la noche en mi casa, mi matrimonio atravesaba un momento muy delicado.

Le aseguré que quería a Julián por encima de todo y que sentía que mi vida se desmoronaría si seguíamos viéndonos.

Alberto intentó acercarse. Me rodeó con los brazos y quiso consolarme, pero me aparté con delicadeza, sosteniéndole la mirada con una mezcla de tristeza y súplica.

—No me lo pongas más difícil, por favor, Alberto.

—Si quieres, puedo hablar con él.

Su voz, antes potente y autoritaria, me pareció patética.

—No. Eso solo empeoraría las cosas. Créeme, conozco a Julián. Solo yo puedo calmarlo y, para conseguirlo, necesito alejarme de ti.

—¿Pero qué ha pasado? El sábado lo vi… Estaba tan excitado que no pudo ni siquiera reprimirse y se masturbó en el salón.

Desvié la mirada hacia el gran ventanal de su despacho, jugueteando con el anillo de casada entre mis dedos.

Suspiré.

—El bajón le vino después... cuando todo se enfrió.

Ahora no quiere ni tocarme. Dice que le doy asco.

¿Puedes imaginarte cómo me siento? —pregunté, horrorizada por la situación que acababa de inventar—.

Pero lo peor fue esta mañana. Clara nos encontró discutiendo.

Acabó estampando una taza de café contra la pared de la cocina y se echó a llorar, suplicándonos que, por favor, no nos divorciáramos.

—Lo siento, Carmen. Siento que tengas que pasar por eso —dijo, fingiendo una empatía que yo sabía inexistente. Lo único que lamentaba era que mis piernas se cerraran para él—. Podemos seguir viéndonos a escondidas. Seremos discretos. Confía en mí.

—¡¿Es que no lo entiendes?! —levanté la voz, sabiendo que podrían escucharme desde el pasillo—. Julián está empeñado en contárselo todo a mi padre... Le he pedido que, por favor, no lo haga. Pero tengo miedo. Ya sabes lo protector que es mi padre conmigo.

Aquel fue el golpe definitivo. Vi cómo la incertidumbre desaparecía de sus ojos, sustituida por una preocupación mucho más profunda. De repente percibí su miedo a que todo aquello pudiera salpicarlo.

Esa misma tarde, mientras cabalgaba salvajemente sobre Tony en el asiento trasero de su coche, sudando y arañándole los hombros, supe que me había enganchado a mi cuñado con la misma adicción —o quizá con una intensidad aún mayor— de la que había sentido por Alberto.

Pero, por primera vez, no tuve miedo de perder la cabeza.

Ya entendía cómo funcionaba mi deseo. Sabía que aquella obsesión también acabaría extinguiéndose.

Antes o después, Tony dejaría de ocupar mis pensamientos, igual que había ocurrido con Alberto, en cuanto otro hombre despertara de nuevo en mí esa misma hambre insaciable.

No era amor. Nunca lo había sido. Era un nuevo capricho; la necesidad enfermiza de estrenar una nueva obsesión.

Esa noche empecé a preparar el terreno para el gran momento. Llamé a mi madre con el pretexto de que quería darle una sorpresa a Julián. Le mentí diciéndole que hacía demasiado tiempo que no disfrutábamos de una cena romántica a solas y que me apetecía organizarle una velada especial.

Después le pedí que inventara cualquier excusa para llevarse a Clara aquel fin de semana y que pudiéramos estar a solas.

Mi madre, siempre dispuesta a echarme una mano, no hizo una sola pregunta.

Me aseguró que organizaría un fin de semana con sus tres nietas, que llamaría también a Amanda y a Cristina.

Conociendo a mi hija, estaba segura de que no rechazaría unos días de compras, risas y confidencias con su abuela y con sus primas.

Cuando colgué el teléfono, sonreí. Todo estaba atado.

El jueves, cuando nuestras respiraciones aún seguían agitadas y mi ropa yacía esparcida por el suelo del coche, se lo conté a Tony. Apoyada sobre su pecho desnudo, le desvelé el plan.

Él me respondió que no habría ningún problema.

Alicia estaba más que acostumbrada a que algunos sábados saliera de noche con sus amigos; era una costumbre tan habitual que no levantaría la menor sospecha.

Aun así, me dijo que le contaría que había quedado con dos compañeros del trabajo para celebrar la despedida de soltero de uno de ellos.

Todo empezaba a encajar.

A Julián no le conté nada de la cena con Tony hasta el sábado por la tarde.

Conocía demasiado bien la mezcla de excitación y ansiedad que le provocaba la idea de verme con otro hombre.

Si se lo hubiera dicho antes, se hubiera puesto muy pesado, me habría acribillado a preguntas, se habría pasado la semana dándole vueltas al asunto y habría terminado poniéndome nerviosa y de mal humor. Preferí ahorrármelo.

Mientras Julián terminaba de lavar mi coche, no podía imaginarse que el verdadero lobo ya había cruzado el umbral de la familia.