La Esposa Compartida: II Capítulo 26
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Capítulo 26

Aquella tarde estaba en el túnel de lavado.

Siempre aprovechaba los sábados para dejar impecable el coche de Carmen.

Ella nunca se preocupaba por esas cosas y a mí me gustaba hacerlo.

Eran gestos pequeños, casi insignificantes, pero me hacían sentir que seguía siendo el hombre de la casa.

De algún modo, todavía podía convencerme de que seguía siendo un buen marido, a pesar de todas las contradicciones que llevaba dentro.

De repente, el teléfono comenzó a vibrar con insistencia dentro del bolsillo de mi pantalón.

Dejé la manguera en el soporte, me limpié las manos en los vaqueros y saqué el terminal.

En la pantalla brillaba su nombre. Sonreí de inmediato, pensando que seguramente querría que pasara por el supermercado a comprar algo de última hora para la cena.

—Dime, amor —respondí, pegando el teléfono a la oreja mientras el ruido del agua de las cabinas contiguas amortiguaba mi voz.

—¿A que no sabes con quién he estado hablando durante casi una hora? —preguntó a bocajarro.

Su tono era inusualmente juguetón, arrastrado, con una vibración cálida que me puso en alerta al instante.

—¿Con Alberto? —respondí lo primero que se me pasó por la cabeza.

—No, frío, frío… —escuché una pequeña risa al otro lado de la línea.

Seguí jugando cada vez más impaciente.

—¿Con el juez Peralta?

—¡No…! —estalló en una carcajada—. ¿Para qué narices iba a hablar yo con ese idiota? He estado hablando con tu cuñado. Con Tony. ¿No es lo que querías? —preguntó con el tono de una niña que acaba de hacer una travesura.

El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas. La imagen de Tony en el jardín de mis padres, tocándose el paquete frente a mí, me asaltó la mente con la fuerza de un rayo.

—¿Con Tony? —repetí, metiéndome dentro del coche para tener más intimidad—. ¿Te llamó él? Pensé que lo tenías bloqueado.

—Y lo tenía, mi amor. Ya sabes que no lo soporto —hizo una pausa, como si disfrutara alargando mi agonía—. Pero quería darte una buena sorpresa. Un regalo para que veas cuánto te quiero. Por eso lo desbloqueé... y lo llamé yo.

—¿Ah, sí? ¿Y de qué habéis estado hablando?

—¿Tú qué crees? Del tiempo, te aseguro que no —Carmen guardó un breve silencio.

A través del auricular me llegó el suave roce de las sábanas, o tal vez de la ropa al moverse—.

La cosa se ha ido calentando, Julián. Mucho.

Al final… hemos terminado haciendo una videollamada.

Acabamos de colgar y todavía estoy… ¡Buf… !

Quería escucharlo de su propia boca. Ya no me valía solo con imaginarlo.

—¿Cómo? ¿Cómo te ha dejado, Carmen? —pregunté ansioso.

Ella lanzó una risa breve. Estaba relajada, de buen humor, mientras la adrenalina seguía latiéndole bajo la piel.

—Tu cuñado me ha dejado desnuda y sudando en la cama. Si llegas pronto, quizás puedas comerte las sobras… Eso es lo que te gusta, ¿verdad?

El aire se me congeló en los pulmones. Sentí cómo la sangre abandonaba mi cabeza para dirigirse en tromba hacia mi entrepierna.

—¿Una videollamada? —mi voz sonó extraña, nerviosa—. Carmen… ¿Dónde estaba él?

—Tony en su casa, solo. Me dijo que Alicia estaba ayudando a tus padres, así que no había peligro —explicó ella, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro lascivo que me erizó el vello del cuerpo.

—¿Qué... qué te dijo? Cuéntamelo, Carmen. ¿Qué hiciste? —las preguntas me salían atropelladas, incapaz de contener el morbo enfermizo que me devoraba.

—Me pidió que enfocara la cámara hacia mi boca…

Dice que le gusta mucho, Julián. Acerqué el móvil hasta dejar mis labios en primer plano y saqué despacio la punta de la lengua.

En ese mismo instante se quitó la camiseta delante de la pantalla y me enseñó el pecho: enorme, cubierto de tatuajes.

Es tan fuerte… tan masculino… tan hombre…

—¿Qué más? —pregunté con la voz rota, tragando saliva.

—Bajó la cámara del móvil y me ordenó que mirara bien. Se desabrochó el pantalón y se sacó la polla frente a la pantalla. Dios, Julián, estaba enorme. Empezó a pajearse delante de mí, exigiéndome que me abriera la camisa y le enseñara las tetas.

—¿Y… y lo hiciste? —inquirí, con la entrepierna doliéndome de una manera casi insoportable, completamente entregado al morbo de la escena.

—Eso es lo que tú querías, ¿no? —preguntó dilatando la respuesta—.

Me desabroché la blusa despacio, mi amor.

Me bajé el sujetador y me las saqué para él.

En cuanto me las vio, empezó a pajearse aún más rápido, respirando como un toro, exigiéndome que me las apretara y que me las restregara mientras él no apartaba esos ojos de la cámara.

Suspiré antes de hablar.

—Sigue… Cuéntamelo todo, por favor, Carmen.

—Me quité la falda por completo, Julián, y me quedé solo con la blusa desabrochada y unas braguitas de color rosa.

Al principio me empecé a tocar por encima del encaje, metiéndome los dedos por debajo de la tela despacio…

pero él, como es tan básico y tan bestia, se impacientó enseguida.

Me cortó en seco y me pidió que le enseñara el chocho.

Así, tal cual me lo dijo. Me ordenó que me abriera de piernas frente al objetivo y que me bajara las bragas del todo.

Apreté el volante con todas mis fuerzas, conteniendo la respiración, sintiendo que el cuero me quemaba en las palmas de las manos.

—¿Y qué hiciste, Carmen? —le exigí la respuesta con la voz rota.

Volvió a reírse.

—¿Qué quieres que hiciera? Me enfoqué directamente en la rajita para que la viera de cerca, muy de cerca.

Quería calentarlo, quería que se volviera loco de deseo para esta noche…

—soltó haciendo una pausa con la sádica intención de que la noticia hiciera mella en mi calenturienta mente—.

Me decía de todo, Julián... Me gritaba que me iba a reventar en nuestra propia cama, y que te iba a enseñar a ti cómo hay que tratar a una zorra de clase alta como yo...

Se corrió mostrándome la polla a la cámara, manchándose los dedos y el abdomen mientras me miraba con una cara de lobo furioso que me dio hasta escalofríos.

—Dios, Carmen… eres una auténtica puta. Una verdadera golfa —gemí en un hilo de voz—. ¿Pero eso… eso quiere decir que Tony vendrá a casa a follarte esta noche?

Sentí miedo, pero también un morbo difícil de controlar. Me rasqué la cabeza mientras esperaba su respuesta, preso de una ansiedad casi insoportable.

—Lo he invitado a cenar esta noche a casa.

Lo he estado pensando, Julián, y no quiero problemas.

El otro día, en el aniversario de tus padres, Tony estaba muy cabreado.

Cree que hemos estado jugando con él. Incluso me llamó calientapollas.

Es un bruto y había que dar este paso de una vez.

Además, era lo que tú querías, mi amor. Por eso lo he llamado.

Porque te amo más que a nadie en este mundo.

Me quedé helado, con el teléfono pegado a la oreja y la mano izquierda entumecida de tanto apretar el volante.

—¿Y Clara? —pregunté sospechando que a esas alturas Carmen ya lo tenía todo previsto.

—Clara me llamó hace un rato. Se va a pasar el fin de semana a casa de mis padres con sus primas. Tenemos el piso completamente libre para nosotros. Bueno… para nosotros y para tu cuñado.

Me quedé sin palabras, temblando en mitad del box de lavado.

Estaba excitado a niveles que pocas veces había experimentado, pero sobre todo, estaba aterrorizado.

Nervioso. La realidad me pasaba por encima como un camión de gran tonelaje: por fin iba a suceder.

Por fin iba a ver la cara de mi esposa, esa abogada impecable y culta, transformarse de puro placer mientras otro hombre, el marido de mi hermana, la follaba en mi presencia.

—Te has quedado callado. ¿No me dirás que ahora te arrepientes? —preguntó Carmen—. Porque llevas hablándome del imbécil de tu cuñado desde la maldita boda de Merche.

Dudé un segundo, abrumado por la mezcla de sensaciones.

—Sí... sí, claro que tengo ganas. Es lo que habíamos hablado, Carmen. ¿Pero a ti te apetece o solo lo haces por mí?

Cuando respondió, su voz sonó insegura, casi justificándose.

—Sabes el aprecio que siento por Alicia y que, además, no soporto a Tony… pero esta vez te toca disfrutar a ti… Te lo mereces, mi amor. Por eso quiero hacerlo.

Intenté comprenderla: si tanto le desagradaba la idea de Tony, no terminaba de encajar la escena de la videollamada que me acababa de describir con tanto detalle.

—Pero Carmen... si tanto te desagrada Tony, ¿por qué has hecho la videollamada? ¿Por qué te has masturbado delante de él?

No tardó ni un segundo en reaccionar. Por algo era una de las mejores abogadas de la ciudad; su mente trabajaba a una velocidad endiablada a la hora de construir argumentos.

—Tenía que caldear el ambiente, que hubiera cierto juego entre él y yo.

¿Qué querías? ¿Que lo esperara desnuda, metida en la cama, y le dijera: «Venga…

fóllame. Mi marido quiere ver cómo lo haces»?

No quiero que te vea como a un puto enfermo que obliga a su esposa a acostarse con otro.

Pero parece que, haga lo que haga, para ti siempre está mal.

Me revolví incómodo. Quizá Carmen tenía razón.

De alguna forma, había sido yo quien la había convencido para que quedara con Tony.

Estaba claro que ella lo hacía por mí, por compensarme de tantas noches esperándola que regresara a casa de sus citas con Alberto.

Y ahora… justo ahora, pretendía culparla a ella por mis estúpidos miedos. No tenía derecho a estar celoso.

—Perdona, Carmen. Lo siento mucho, mi amor —atiné a decir, tratando de calmarme mientras mi mente intentaba procesar el torbellino de emociones—.

Hablamos en casa. Voy a terminar de aclarar el coche y voy para allá.

Solo estoy un poco nervioso, pero en realidad estoy deseando que llegue la noche. Te agradezco todo lo que haces por mí.

—Está bien. No tardes. Te amo.

—Y yo a ti.

Colgué. Guardé el teléfono con la mano trémula, mirando fijamente la espuma blanca que empezaba a escurrir por el parabrisas del coche. La cuenta atrás había comenzado.