La Esposa Compartida: II Capítulo 25
86%

Capítulo 25

Salí del jardín de mis suegros hacia la calle donde habíamos aparcado el coche.

Era tarde y el aire de la noche en el pueblo empezaba a refrescar con una fuerza que me calaba los huesos.

Llevaba los brazos cruzados sobre el lino blanco de mi vestido, lamentando no haber cogido antes la chaqueta vaquera que había dejado en el asiento trasero.

Pensaba que no tardaríamos mucho tiempo en irnos, porque a esas horas ya solo quedábamos los más cercanos.

Llegué al coche, abrí la puerta trasera, cogí la prenda y me la puse por encima. Al cerrar la puerta, me asusté.

Tony estaba justo detrás de mí, como una sombra. Antes de que pudiera reaccionar, me abrazó por la espalda, pegando su pecho contra mí, envolviéndome con su olor a colonia barata y whisky. Le di un manotazo violento en el brazo, girándome como un gato acorralado.

—¡Serás idiota! —grité.

—No te asustes, tortolita —me dijo con una sonrisa descarada, cazándome al vuelo y agarrándome firmemente de la muñeca.

—Suelta, Tony… deja de hacer el tonto o gritaré.

Traté de zafarme con rabia, tirando hacia atrás, pero sus dedos eran como argollas de hierro.

—Siempre has sido una borde conmigo… Sé que no te caigo bien, pero tú a mí tampoco. Sigues siendo la misma niña de papá consentida y caprichosa a la que no le supieron dar unos buenos azotes.

—Y tú el mismo engreído y abusón. He dicho que me sueltes, bruto —alcé la voz.

—Está bien, princesa —dijo con retintín, soltándome las manos de golpe y levantándolas en señal de falsa rendición—. Como tú quieras… Pero luego que el bicho raro de tu esposo no me venga diciendo que quieres que te eche un buen polvo. Vete a calentar a otro, zorra.

Le clavé una mirada de desprecio. Caminé hacia la casa a paso ligero, con la barbilla alta, sin girarme hacia atrás ni una sola vez. El trayecto de vuelta estaba a oscuras; solo quedaba iluminado el porche de la casa, todavía un poco apartado.

Justo cuando pasaba frente a la nave agrícola, ese destartalado cobertizo de adobe donde mi suegro guardaba el tractor y los aperos de labranza, una mano me sujetó del brazo con una fuerza brutal y me arrastró hacia el interior, sumergiéndome en la boca del lobo.

Ahogué un gemido mientras la puerta metálica se entornaba a mis espaldas, sumiéndonos en una oscuridad casi absoluta que olía a gasoil, grasa y tierra seca.

—Tranquila, palomita... Solo quería pedirte perdón por haberte llamado zorra —dijo, apretándome contra él.

—Estás perdonado. Ahora suéltame —respondí con rabia—. No eres más que un puto paleto de pueblo que no tiene ni idea de cómo tratar a una mujer.

—Está bien, tienes razón, pero antes de irte dame un beso de buenas noches —susurró, acorralándome contra el tractor—. Tu marido lleva toda la noche provocándome contigo. Es lo mínimo que puedes hacer.

Lo miré con odio. Detestaba sus modales bruscos, su fanfarronería y aquella seguridad insolente con la que me trataba.

—Pues entonces pídeselo a él y a mí déjame en paz. Estoy harta de vosotros.

Él soltó una carcajada que retumbó entre las paredes del cobertizo.

—Vamos, Carmen. Solo es un beso. Es bastante menos de lo que me diste en la boda de Merche. ¿O ya no te acuerdas?

Resoplé con fastidio.

—Eres como un crío...

Apenas terminé la frase, él acortó la distancia que nos separaba y sus labios buscaron los míos con una impaciencia que llevaba conteniéndose demasiado tiempo.

Me besó con rabia, metiéndome la lengua hasta la garganta, destrozando cualquier asomo de resistencia.

Mis manos, que al principio empujaban su pecho forrado de músculo, terminaron por aferrarse a su camisa de manga corta.

Tony bajó sus manazas curtidas por el cemento, agarró el lino de mi vestido blanco y lo subió de un tirón hasta mi cintura.

Sus dedos engancharon el encaje negro de mis bragas y, sin la menor delicadeza, tiró de ellas hacia abajo con tanta fuerza que escuché el crujido del tejido rompiéndose.

Me agité contra él nerviosa.

—Tranquila, será tan rápido que nadie se dará cuenta —gruñó contra mi oído, mientras me giraba por las malas, poniéndome de cara a la rueda trasera del tractor.

Apoyé las palmas sobre la goma áspera y estriada del enorme neumático. A mis espaldas, el sonido metálico y seco de la cremallera de su pantalón al bajarse resonó, advirtiéndome de lo que iba a pasar.

Antes de que pudiera asimilar el pánico, Tony acercó su manaza y la frotó directa y sin contemplaciones contra mi sexo expuesto.

El contraste de su piel áspera de obrero contra mi intimidad, completamente empapada por el morbo de la situación, me hizo soltar un jadeo instintivo.

Al mismo tiempo, sentí el tacto de su miembro, rígido como una vara de hierro, rozando la curva de mis nalgas.

—¡Ah… joder, Tony! —grité en un susurro ahogado, encogiéndome de hombros cuando sus dedos gruesos se hundieron sin la menor delicadeza en mi flujo ardiente.

—Abre más las piernas. Te voy a reventar el coño de señoritinga que tienes —dijo de una forma tan vulgar que me anestesió la voluntad.

Estaba completamente desarmada, expuesta y a merced de aquel animal.

Sentí la punta de su polla presionando con firmeza justo en la entrada de mi sexo.

La anticipación de su grosor rozándome los labios me cortó la respiración; era una masa rígida de carne que reclamaba mi humedad, amenazando con romperme en dos en cuanto diera el primer empujón.

Notar el calor bruto de su miembro me dilató de puro terror y morbo.

En cuanto sentí la presión decidida de su primera embestida, comprendí que estaba perdida y que Tony iba a ser mi nuevo dueño.

La violencia del momento fue salvaje. Me metió la polla de un solo viaje, hundiéndose hasta el fondo sin importarle si estaba lista o no. Pensé que ese cabrón me iba a destrozar, pero al mismo tiempo me hizo tocar el cielo con las manos.

—Me encanta... Dios… Tony, me encanta cómo me follas —chillé desbordada de un placer nuevo.

El clímax me sobrevino de golpe, una ola de calor violento que me contrajo las paredes vaginales con tanta fuerza que creí desvanecerme.

Me corrí como nunca, tiritando, con las piernas flojas, llorando de puro éxtasis contra la rueda del tractor mientras él daba tres últimas embestidas brutales y se vaciaba dentro de mí con un gruñido cavernoso, llenándome de un semen espeso y ardiente.

Se quedó un instante pegado a mí, respirando agitado, antes de salirse con un chasquido húmedo. Me aparté como pude, tiritando de arriba abajo, alisándome el vestido mientras intentaba recuperar el aliento.

—Joder, me has dejado temblando —dije mirándolo a los ojos—. No sé si podré disimular ahora delante de todos —añadí mordiéndome el labio.

—Será mejor que aprendas a disimular, porque a partir de ahora esto va a suceder muchas veces.

Suspiré. Porque sabía que aquello era cierto.

—Tony... —supliqué, girándome hacia él en la penumbra—. Tienes que prometerme una cosa.

—Lo que quieras —respondió sin pensar.

—No quiero que Julián se entere de esto. Lo de hoy no puede saberlo. Tienes que prometérmelo.

Al escucharme, soltó una risotada limpia y cínica, mientras se subía la bragueta y se ajustaba el cinturón.

—A mí me da exactamente igual Julián y sus pajas mentales, Carmen. A mí solo me interesas tú —dijo, agarrándome de la barbilla para plantarme un último beso—. ¿Te ha gustado tenerme dentro?

Cogí aire antes de responder. Sin duda era el mejor polvo que me habían echado en toda mi vida.

—Ese es el problema, Tony. Que me ha encantado… Pero a Julián voy a decirle que nos hemos besado junto al coche… pero que no ha pasado nada más. Le contaré que tuve que pararte —le advertí, intentando construir una coartada sobre la marcha—. Quiero que él crea que hago esto por él.

—Dile lo que quieras, pero prométeme que volveremos a vernos.

Me agaché y recogí del suelo polvoriento el jirón de encaje negro que quedaba de mis bragas. Con los dedos temblando, las doblé y las guardé en el fondo de mi bolso de mano.

—Te lo prometo. Pero tenemos que ser discretos —respondí, sintiendo cómo el eco de su brutalidad aún me hacía vibrar por dentro.

Me colgué el bolso al hombro y, antes de darme la vuelta, lo miré fijamente a los ojos, incapaz de reprimir un ramalazo de esa altanería que tanto le gustaba pisotear—. Y una última pregunta…

—Dime.

—¿Qué tal tenemos el coño las señoritingas, como tú siempre me llamas? —pregunté riéndome, con una mezcla de descaro y coquetería.

Él suspiró, clavándome una mirada cargada de un deseo renovado.

—Delicioso. El más húmedo y caliente que he probado nunca.

No pude menos que dedicarle una sonrisa de pura felicidad, saboreando el triunfo de mi propia perversión, antes de darme la vuelta y salir de la nave.

Con cada zancada que daba sobre las baldosas, sentía el semen cálido de Tony resbalando de forma obscena por la cara interna de mis muslos.

A mis espaldas, el destello de un mechero iluminó por un segundo la silueta de mi cuñado, que se quedó allí solo, fumando en la oscuridad, sabiéndose el dueño absoluto de mi cuerpo.