La Esposa Compartida: II Capítulo 24
83%

Capítulo 24

La noche había caído del todo sobre el jardín de mis padres y, con ella, el alcohol había empezado a hacer estragos en mi cabeza.

Llevaba dos whiskys de más, los suficientes para que el zumbido de los grillos y la música de fondo se mezclaran en una nebulosa espesa, pero no los bastantes para apagar la hoguera que me quemaba por dentro.

Pocas horas antes, Carmen me había llevado al rincón de la leñera para soltarme el veneno.

Me había contado la amenaza velada de Tony.

«Me ha avisado que con él no se juega», me siseó al oído.

Aquello, lejos de amedrentarme, me provocó un latigazo en la entrepierna que me hizo perder los papeles allí mismo.

Intenté besarla, buscando sus labios con una desesperación que la obligó a contener el aliento.

—Entonces ya no te queda más remedio que entregarte a él y dejar de dilatar el encuentro.

—¿Pero es que te has vuelto loco? —preguntó Carmen riéndose, apartándose hacia un lado, aunque sus ojos brillaban con una lascivia salvaje.

—Déjame ver qué llevas debajo de ese vestido —casi supliqué, invadido por una urgencia que me nublaba el juicio—. Quiero verte…

Ella se mordió el labio inferior, saboreando el control absoluto que tenía sobre mi cordura.

—¿Es que todavía te quedan ganas después de lo de anoche? —preguntó, plegándose de espaldas a la leñera, ocultándose de la vista del jardín.

Sin dejar de mirarme, agarró su vestido y comenzó a subirlo despacio, con una lentitud sádica.

La luz residual de las guirnaldas filtró sus destellos entre los troncos de leña, iluminando sus piernas perfectas.

Subió la tela más allá de los muslos hasta dejar a la vista su ropa interior: unas bragas de encaje negro, tan finas y traslúcidas que contrastaban de forma obscena con la pureza del vestido blanco.

En el centro de la prenda, una mancha oscura y brillante delataba hasta qué punto la provocación de mi cuñado la había excitado.

Estiré la mano, rozando la seda con la punta de los dedos, ansiando enterrar mi mano en su humedad.

Sin dudarlo, me la hubiera follado allí mismo, contra los troncos de encina, si ella me hubiera dejado.

Pero Carmen me detuvo. Me apartó con el brazo con un gesto firme y dejó caer el vestido, devolviendo el orden a su figura.

—Has dicho que solo mirar… así que tendrás que conformarte con eso —sentenció con una sonrisa juguetona.

Se alejó hacia la fiesta con ese caminar elegante que parecía haber nacido con ella, balanceando las caderas con una naturalidad casi aristocrática. En cuanto pisó las baldosas del jardín, volvió a convertirse, a los ojos de todos, en la mujer respetable de siempre.

Siempre había respetado a Tony. En realidad, la palabra exacta no era respeto, era un temor cobarde.

Sabía perfectamente qué clase de animal era mi cuñado, y tenía claro que a los tipos como él era mejor tenerlos como amigos que como enemigos.

Cuando de joven aún vivía en el pueblo, se contaban historias muy turbias de él.

Tony era dos años menor que yo, pero desde crío fue el más pendenciero, el más bruto, el que resolvía los problemas a puñetazos detrás del frontón y el que se acostaba con las mujeres casadas sin importarle las consecuencias.

Cuando supe que mi hermana había empezado a salir con él, intenté advertirla con la mejor intención del mundo.

Le dije que no me parecía el hombre adecuado para una relación seria.

Pero estaba tan enamorada que interpretó mis palabras como un ataque.

Solo por intentar abrirle los ojos dejó de hablarme durante varios meses.

Al final, no me quedó más remedio que tragarme el orgullo y pedirle perdón.

Tony y yo nunca nos habíamos llevado especialmente bien, aunque con los años habíamos aprendido a tolerarnos.

Yo soportaba su presencia en las reuniones familiares, del mismo modo que sabía que, para él, yo no era más que un blandengue.

Aquella frágil tregua, sin embargo, saltó por los aires el día de la boda de mi prima Merche.

Por eso, cuando Carmen me habló de la amenaza velada de mi cuñado, me preocupé. Lamenté su torpeza, su falta de delicadeza y, sobre todo, sus prisas por forzar la situación.

Pero las horas fueron pasando. El whisky, la excitación y ese morbo enfermizo que llevaba toda la noche creciendo dentro de mí terminaron por relegar el miedo a un segundo plano.

Cercana ya la medianoche, vi la oportunidad perfecta.

Mi madre y Laura recogían los platos de la cena en la cocina.

Carmen charlaba con mi prima Merche junto al viejo pozo del jardín.

Tony, en cambio, permanecía solo junto a la mesa de las bebidas, inclinando la botella para servirse otro generoso chorro de whisky en un vaso de plástico.

Respiré hondo y eché a andar hacia él.

Me acerqué despacio, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón del traje, forzando una sonrisa de complicidad masculina. Intenté hablar su mismo idioma.

—Buena fiesta, ¿verdad? —pregunté, apoyándome en el borde de la mesa.

Tony me miró de reojo, con esos ojos pequeños y oscuros que parecían evaluar los kilos de presión que hacían falta para romperme el cuello. Soltó un bufido.

—Para mí, demasiada gente, Julián.

Di un trago a mi copa, sintiendo el ardor del whisky en la garganta, y decidí lanzar el anzuelo. Miré hacia el fondo del jardín, donde el vestido de lino blanco de Carmen destacaba bajo las guirnaldas como un faro.

—Oye, Tony… —dejé caer la voz, dándole un tono confidencial y espeso—. Quería preguntarte… ¿Qué te ha parecido, Carmen, con ese vestido?

Tony detuvo el vaso a mitad de camino hacia la boca. Se giró lentamente hacia mí, entornando los ojos, buscando la burla o la trampa. Al ver que mi mirada brillaba con una lascivia desesperada y sumisa, una sonrisa lenta, sucia y cargada de suficiencia empezó a dibujarse en su cara.

—¿Que qué me parece? Joder, Julián, parece que me estés tentando —soltó con una risa ronca—.

Tu mujer es una pija de manual, pero esa ropa le marca el culo que da gloria verlo.

Si te soy sincero, cada vez que se agachaba a recoger algo, me entraban ganas de ponerme detrás, levantarle la falda y empotrarla contra la mesa.

Tiene pinta de estar necesitada de algo así, ¿no crees?

La crudeza de sus palabras me provocó una erección instantánea, tan violenta que tuve que recolocarme sutilmente el pantalón.

—Te doy la razón. Yo también creo que está necesitada de que le demuestres quién manda —lo reté directamente, con la voz quebrada por el morbo, clavándole los ojos—. Ayer me dijo que envidiaba a mi hermana, porque tú tienes toda la pinta de saber cómo hay que tratar a una mujer en la cama.

Tony dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio, obligándome a respirar su aliento cargado.

—Háblame claro y déjate de historias. ¿De verdad quiere que le eche un buen polvo o solo es una calienta pollas?

—Claro que quiere, Tony. Está deseando que la partas en dos —respondí de inmediato, defendiendo la lascivia de mi esposa como si fuera un trofeo—. Dice que le gustas… Es más, antes de cenar me ha confesado que en cuanto te ha visto aparecer por el jardín se puso cachonda perdida.

Al escuchar aquello, los ojos de Tony chispearon con una mezcla de triunfo y excitación animal.

De forma completamente instintiva y vulgar, se llevó la mano a la entrepierna y se tocó el paquete por encima del vaquero, restregándose con descaro frente a mí para demostrarme el tamaño de su excitación.

—Joder… pues conmigo ha estado bastante borde, intenté decirle algo y me saltó que la dejara en paz, alegando que hoy no era el día.

—Tony, ya sabes cómo son a veces las mujeres. Le dan mil vueltas a todo. Necesita estar completamente segura de que esto no va a dañar nuestro matrimonio. Está casi convencida, pero de vez en cuando le asaltan las dudas.

Tony sostuvo mi mirada unos segundos antes de responder.

—Más te vale terminar de convencerla… —me amenazó.

Negué despacio.

—No. Eso ya no depende de mí.

Dejé que el silencio pesara unos instantes antes de inclinarme ligeramente hacia él.

—¿Qué cojones quieres decir?

Apreté la copa con fuerza para que no notara el temblor de mis manos.

—Que dejes de esperar a que todo caiga del cielo. Acércate a ella. Convéncela. Sedúcela. Busca el momento adecuado. Conozco a mi esposa. Si no le echas cojones y te lanzas tú, a ella le parecerá todo demasiado frío y organizado por mí.

Tony frunció el ceño, sin apartar los ojos de mi esposa, que seguía conversando junto a mi prima.