La Esposa Compartida: II Capítulo 23
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Capítulo 23

Salimos de casa los tres pasadas las doce.

Para la ocasión, había elegido un vestido blanco, de lino ajustado al cuerpo pero sin grandes escotes ni estridencias; una prenda que gritaba elegancia discreta, la viva imagen de la nuera impecable que la familia de mi marido estaba acostumbrada a ver.

A mi lado caminaba Clara, que no paró de hablar en todo el trayecto de Hugo.

—Anoche, cuando me trajo de regreso a casa, estuvimos hablando más de una hora en el coche —dijo, con las mejillas ligeramente rosadas y una sonrisa contenida que delataba su entusiasmo—.

Me ha contado que le gustaría irse unos meses a Londres a perfeccionar el inglés.

Me ha dicho que le gustaría que le acompañara.

—De eso nada… Entiendo que te guste, pero tienes que pensar en tu futuro. No puedes dejar los estudios ahora —le respondí, forzando una sonrisa maternal mientras le colocaba un mechón de pelo detrás de la oreja.

—Mamá… —protestó—. No voy a dejar los estudios. Lo hemos hablado, pero no va a ser este año. Hugo también está centrado en la universidad. ¿Te he dicho que su padre conoce al abuelo?

Miré a Julián de reojo por el retrovisor mientras conducía.

Estaba guapísimo. Llevaba un traje oscuro que le sentaba como un guante, pero él odiaba los trajes porque decía que se sentía disfrazado.

Al mirarlo, sentí la paz que necesitaba.

Tenía los ojos algo cansados de no haber dormido apenas, pero en su mirada limpia seguía estando esa calma que me había prometido por la mañana.

Nadie, al vernos desde fuera, podría adivinar los secretos de nuestro matrimonio.

La fiesta se celebraba en el jardín de mis suegros.

Almadraba es un pueblo pequeño a unos veinte minutos de la ciudad.

Es una casa humilde, de una planta, con paredes de piedra que huelen a leña y a tiempo.

Mis suegros siempre se han dedicado a las tareas del campo; sus manos son ásperas, agrietadas por la tierra y el sol, y sus vidas nunca han sabido de las grandes fiestas o las recepciones de etiqueta que se estilaban en casa de mis padres.

Al entrar, sentí de inmediato ese golpe de realidad.

Mi cuñada Alicia se lo había trabajado aún más de lo que esperaba.

El jardín era pequeño, rodeado de unos pocos árboles frutales y un pozo antiguo, pero lo había decorado con guirnaldas de luces y banderines de colores que me recordaban irremediablemente a cómo decoraban la plaza durante las fiestas patronales del pueblo.

Al fondo, bajo la sombra de una parra, había colocado un pequeño atril de madera donde mis suegros renovarían sus votos matrimoniales delante de todos.

Justo al lado, se alineaban varias mesas largas con manteles de papel blanco y fuentes llenas de empanadas, tortillas y embutidos.

Éramos poco más de veinte invitados, todos familiares cercanos.

Alicia fue la primera en vernos. Se acercó radiante, vestida con un pantalón de pinzas azul marino y una camisa blanca impecable. Me dio dos besos efusivos, desprendiendo un olor a colonia fresca.

—¡Por fin llegáis! —exclamó, limpiándose una gota de sudor de la frente, pero sin perder la sonrisa—. ¿Os gusta cómo ha quedado?

—Está precioso, Alicia, de verdad. No sé cómo sacas tiempo para todo —le respondí con cariño.

Entré un momento a la casa para saludar a los homenajeados. Mi suegra se mostró tan cariñosa como siempre. Me abrazó con fuerza, y luego se desvivió con Clara, que siempre ha sido su nieta favorita, llenándola de besos y halagos.

—Estás guapísima, abuela... Siempre hueles a flor de lavanda. Cada vez que te abrazo, vuelvo a sentirme una niña.

—¡Ay, qué zalamera eres, tesoro! —rió, abrazándola otra vez—. La más guapa eres tú. Yo ya me conformo con que vengáis a verme de vez en cuando.

Me sentí una intrusa. Una impostora. Mi suegra me sonreía con el mismo afecto de siempre, ajena a la mentira que llevaba prendida a la piel.

¿Qué pensaría si descubriera que aquella nuera respetable no era, ni de lejos, la mujer que creía conocer?

¿Qué diría si supiera que la noche anterior había metido a otro hombre en el lecho de su hijo?

Entonces apareció Tony.

Venía del fondo del jardín, con una zancada lenta y desafiante, propia de un viejo gallo que conoce su sitio en el corral.

Llevaba una camisa de manga corta que parecía a punto de reventar bajo la presión de sus bíceps tatuados.

Su sola presencia rompió el espejismo de paz familiar en el que intentaba refugiarme.

Al verme, detuvo la conversación con un primo de Julián y clavó sus ojos sobre mí.

Me recorrió de arriba abajo sin el menor decoro, deteniéndose en cómo el vestido de lino blanco se ceñía a mis caderas y dibujaba la silueta de mi trasero.

Aprovechó que Julián se había quedado en el porche saludando a su padre y que mi suegra se llevaba a Clara hacia las mesas del jardín. En cuanto nos quedamos unos metros apartados del resto, caminó directamente hacia mí, sin prisa, hasta invadir por completo mi espacio.

—Vaya, Carmen... —murmuró con aquella voz ronca, tan cerca de mi oído que un escalofrío me recorrió la nuca—. Estás tan espectacular como siempre. Confieso que, hasta que has llegado tú, toda esta celebración me parecía un desperdicio de tiempo.

Lo miré con desaprobación.

—No es ningún desperdicio. Deberías sentirte orgulloso de todo el trabajo que se ha tomado tu mujer para organizar esto.

Se encogió de hombros con una indiferencia casi insolente. La relación de Tony con mis suegros nunca había sido especialmente cálida. Ellos jamás le habían perdonado los rumores de infidelidades que corrían por el pueblo, convencidos de que su hija merecía un marido mejor.

—Yo prefiero invertir mi tiempo en cosas más entretenidas —replicó con una media sonrisa—. Aunque también he arrimado el hombro. ¿Quién te crees que se subió a una escalera para colgar todos esos banderines de los árboles?

No pude evitar imaginarlo obedeciendo las instrucciones de su mujer desde lo alto de la escalera.

—Pues te han quedado muy bonitos —respondí divertida.

Él aprovechó mi relajación para dar otro paso hacia mí.

—Tú sí que estás bonita. Eres lo mejor de toda la fiesta.

Su cercanía volvió a incomodarme. Retrocedí un paso casi por instinto, pero él no parecía dispuesto a respetar la distancia.

—Joder, Tony. Contrólate. Hoy no es el día.

Él sonrió de medio lado, como si precisamente esa reacción fuera la que había ido buscando desde el principio.

—¿Te ha contado tu esposo la charla que tuvimos el otro día? —preguntó, reteniendo mis ojos con una fijeza depredadora que me heló la sangre.

Intenté mantener el mentón alto, la espalda recta y esa mirada de abogada implacable con la que ganaba los pleitos más difíciles.

Pero por dentro, mi anatomía entera se revolucionó.

Sentí un vuelco violento en el estómago y una punzada de calor húmedo y traicionero mojó mis bragas al instante.

El contraste era atroz: a menos de cinco metros, mi suegra hablaba con Clara.

—Me lo ha contado todo, Tony —respondí en un susurro sibilante, forzando una calma que no sentía mientras escudriñaba el jardín de reojo para asegurarme de que nadie nos miraba—.

Mi marido siempre me lo cuenta todo. Pero a veces es demasiado impulsivo y habla sin consultármelo antes. No sé si estoy preparada para algo así.

Tony soltó un bufido ronco que delataba su absoluta incredulidad y un ego tan inflado que parecía no caberle en el pecho Se acercó un paso más, obligándome a respirar su olor a hombre.

—No me jodas, Carmen… Solo espero que no estéis jugando conmigo para calentaros y luego dejarme a dos velas… Te aviso de que conmigo no se juega —siseó, mudando la sonrisa por un gesto torvo, casi amenazante.

Justo cuando la tensión se volvía insoportable y la urgencia de pararle los pies me quemaba en la garganta, la voz de mi cuñada rompió el aire desde el porche, salvándome del abismo.

—¡Carmen! ¡Por favor, ven un momento a la cocina! —gritó Alicia, asomándose con una bandeja vacía en las manos.

Aproveché el capote como un náufrago a una tabla de salvación. Clavé una última mirada de desprecio en Tony, intentando camuflar el temblor de mis manos, y me aparté de él con un paso firme y apresurado.

—¡Ya voy, Alicia! —respondí en alto, mientras dejaba atrás a mi cuñado, sintiendo sus ojos clavados como puñales en mi espalda y el corazón desbocado golpeándome el pecho.