La Esposa Compartida: II Capítulo 22
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Capítulo 22

Aquel despertador fue una tortura innecesaria.

Apenas habíamos dormido un par de horas, pero el sol de la mañana ya entraba con fuerza por las rendijas de la persiana, recortando franjas doradas sobre el suelo de nuestro dormitorio.

Me dolía la cabeza y tenía los ojos enrojecidos, pero la tensión acumulada de la noche anterior seguía vibrando bajo mi piel como una corriente de alta intensidad.

Después de que Alberto se fuera, Carmen y yo permanecimos mucho rato hablando en la penumbra del dormitorio. Necesitaba vaciarme, expulsar el veneno y el morbo que se me habían ido acumulando durante toda la noche.

Le confesé, sin reservas, cómo me había sentido mientras la veía besarse con él en el salón. Le hablé de la mezcla de excitación y desconcierto que me había invadido al verla desprenderse del vestido con aquella docilidad que solo él parecía despertar en ella.

Carmen me escuchó sin interrumpirme. No intentó justificar nada ni restarle importancia a lo que yo había sentido. Se limitó a acariciarme mientras dejaba que, palabra a palabra, fuera desalojando todo aquello que me había estado consumiendo por dentro.

Esperó unos segundos antes de atreverse a preguntar. Era como si le avergonzara incluso ponerlo en palabras.

—Julián...

—¿Qué? —pregunté besándola.

Bajó la mirada hacia sus manos.

—¿Ha cambiado la forma en que me ves ahora?

Fruncí el ceño.

—¿Por qué iba a hacerlo? Siempre serás la Carmen que conocí hace más de veinte años en el club de hípica —respondí sin pensar.

—Ya… pero… —hizo una pausa, como si necesitara elegir las palabras adecuadas—. Esta noche me has visto de una manera que nunca te había mostrado. Y… no sé si pensarás que soy otra persona.

Guardé silencio, esperando a que continuara.

—No quiero que intentes ser Alberto. Quiero que me lo prometas. En el fondo detesto a los hombres tan arrogantes.

Me encogí de hombros.

—Te lo prometo, pero no entiendo qué quieres decir. Prefiero ser tu marido a tu amante.

—Te necesito tal y como eres, Julián. Necesito tu ternura, tu calma...

sentirme querida. Hay cosas que forman parte de nosotros, de nuestra forma de entendernos.

—Lo que Alberto me da puedo encontrarlo en otro amante que esté dispuesto a follarme, pero lo que tú me ofreces…

eso no podría encontrarlo en ningún sitio.

Le acaricié la mejilla.

—Carmen, yo te quiero.

Ella apoyó la frente en mi pecho y dejó escapar el aire lentamente.

—Tenía miedo de que dejaras de mirarme con la misma ternura.

—Eso es precisamente lo único que no ha cambiado —le aseguré.

—Pero ha cambiado algo, ¿verdad?

—Eso es cierto —afirmé sonriendo—. Ahora te admiro incluso más que antes. Ver cómo despiertas el deseo de otros hombres solo me ha hecho apreciar aún más a la mujer extraordinaria que tengo a mi lado.

Aquellas confesiones actuaron como gasolina. La follé con rabia, con una violencia contenida y más deseo que nunca en todos nuestros años juntos. Necesitaba marcar mi territorio sobre el rastro de Alberto, reclamar mi parte de la presa.

Durante nuestro encuentro, le recordé lo que había escuchado detrás de la puerta del pasillo. Le repetí sus propios gritos, cómo le pedía a él que le diera más fuerte, que la destrozara, y el ritmo frenético con el que el cabecero de la cama golpeaba contra la pared.

Carmen, lejos de negarlo, se encargó de ponerle imágenes a aquellos sonidos.

Con la voz ronca y la respiración entrecortada contra mi oído, me explicó cómo se había puesto a cuatro patas sobre esas mismas sábanas que ahora nos envolvían, me contó cómo Alberto se había corrido en su boca y cómo se lo había tragado todo, saboreándolo hasta la última gota.

Con la resaca de esos recuerdos, aparté las sábanas con un suspiro pesado y me senté en el borde del colchón.

Cada músculo del cuerpo me protestaba, pero lo peor era mi miembro: me dolía la polla de haber estado excitado durante tantas horas seguidas, de haberme tocado con tanta desesperación en el salón y de la posterior descarga salvaje de la madrugada.

Estaba sensible, casi dolorido al más mínimo roce.

Me puse en pie y caminé hacia el baño de la habitación para darme una ducha. Carmen me siguió con la mirada desde la cama y luego se incorporó despacio.

—Joder, cariño, qué tarde es… —dijo perezosamente, estirando los brazos con una languidez felina—. Tenemos que prepararnos. Tus padres no van a perdonarnos si llegamos tarde a sus bodas de oro.

Me metí bajo el chorro de agua caliente, dejando que la presión del agua me golpeara la nuca y la espalda. Apoyé las palmas de las manos contra los azulejos de la ducha y cerré los ojos, intentando limpiar el cansancio de mi mente.

En un par de horas estaría reunido con toda mi familia, fingiendo ser el hombre digno y correcto que todos creían, mientras el recuerdo de su coño brillante en mitad del salón y el sabor de Alberto en su boca seguía flotando en el ambiente como un fantasma invisible.