Capítulo 21
Me folló dos veces con una intensidad brutal, separados por un largo paréntesis. Ese espacio donde tratábamos de recuperarnos entre risas compartidas, confidencias susurradas y ese deseo latente que nos impedía dejar de buscarnos con una caricia o un beso.
Me encantaba reposar sobre su pecho, refugiada bajo la firmeza de su brazo. Entre él y yo, la farsa cotidiana de mi vida perfecta parecía quedar a un mundo de distancia.
A veces pensaba que el momento más peligroso de una infidelidad no era el sexo, sino lo que sucede después. Cuando los cuerpos, agotados, dejan de reclamar y el deseo se aquieta. Es entonces cuando aparecen las caricias que ya no buscan excitar, sino permanecer.
Porque esa complicidad es la verdadera traición.
Incluso cuando tu marido consiente que otro hombre entre en tu cama.
Lo realmente imperdonable no es compartir el cuerpo, sino empezar a compartir inquietudes.
Es en ese instante, con la pasión ya saciada y las defensas bajas, cuando las emociones despiertan y los sentimientos empiezan a abrirse paso sin pedir permiso.
Fue justo después de saciarnos por segunda vez, mientras jugueteaba con el vello de su pecho, cuando desvié la vista hacia la mesilla. El reloj me devolvió de golpe a la realidad.
—¡Joder! —exclamé, incorporándome de inmediato en la cama, rompiendo al instante la burbuja de laxitud en la que nos encontrábamos—. Tienes que irte, Alberto. Clara volverá pronto.
Él ni se inmutó. Con esa parsimonia tan suya, estiró el brazo y me acarició la espalda con los dedos, trazando círculos lentos sobre mi piel desnuda.
—Podemos dormir juntos —intentó tranquilizarme, con la voz ronca y el tono suave—. Me iré temprano, mucho antes de que ella despierte.
Consideré el ofrecimiento durante unos segundos. Su cuerpo cálido contra el mío, la posibilidad de despertarme abrazada a él sin tener que fingir… Estuve tentada de decirle que sí, de mandar al diablo el sentido común. Pero la realidad se impuso como un jarro de agua fría.
—No puedo, mi amor… —dije, inclinándome sobre él para darle un beso tierno pero firme en los labios, tratando de compensar la negativa—. Sabes que me encantaría… pero no puedo tensar la cuerda más con Julián. Le prometí… ya sabes. Él está esperando a que te marches.
—Entiendo, el perro quiere alimentarse de las sobras… —soltó de mal humor por tener que irse.
Se levantó perezosamente y se vistió con una calma exasperante, como si el tiempo solo corriera para mí, sabiendo que no podía evitar seguir cada uno de sus movimientos. Yo lo observaba, desnuda sobre las sábanas arrugadas, con el cuerpo rendido, satisfecho y deliciosamente agotado.
—¿Qué harás mañana? —me preguntó, dándose la vuelta mientras se abrochaba los botones de la camisa—. Odio los fines de semana solo porque sé que no podré verte hasta el lunes.
Sonreí tiernamente ante su confesión. Me gustaba saber que el implacable Alberto también me extrañaba.
—Tenemos celebración familiar… Mis suegros cumplen cincuenta años de casados —respondí, suspirando con cierta pereza. Estaba tan increíblemente cansada que lo único que me apetecía era cerrar los ojos y dormir hasta tarde al día siguiente.
Alberto se acercó al borde de la cama, se agachó y me plantó un beso húmedo en los labios, rematándolo con un azote sonoro en el trasero que me dolió y me excitó a partes iguales. Supe que era su forma de decir adiós.
Me levanté de la cama y caminé abrazada a él por el largo pasillo. La luz del salón ya estaba apagada, sumiendo la casa en una penumbra silenciosa; supuse que mi esposo ya se habría cansado de esperar y estaría en su habitación, durmiendo su frustración.
Al llegar a la puerta de entrada, nos detuvimos.
Nos miramos en la oscuridad y volvimos a besarnos.
Fue un beso demasiado largo, denso, cargado de una urgencia residual que pareció congelar el tiempo.
Nuestras manos volvieron a buscarse con tanta fuerza, que incluso llegué a pensar que acabaríamos follando allí mismo en el suelo.
Pero finalmente, con una última sonrisa cómplice, Alberto abrió la puerta y se marchó.
Suspiré, sintiendo un vacío repentino en el pecho, y caminé de vuelta hacia mi dormitorio, lista para dar por terminada la jornada. Pero al cruzar el umbral, lo vi.
Julián estaba desnudo esperándome sobre las mismas sábanas revueltas que unos minutos antes había calentado Alberto con su cuerpo.