Capítulo 20 #3
Él la abrazó por la cintura con una sola mano, apretándola contra su pecho con una fuerza firme pero protectora.
Con la otra mano, con una delicadeza exasperante que me revolvió el estómago, le apartó el pelo de la nuca, deslizándolo sobre su hombro y dejando su piel pálida, expuesta y vulnerable, a merced de su boca.
Alberto se inclinó y rozó su cuello con los labios.
Al sentir su aliento cálido y húmedo contra la piel, Carmen cerró los ojos con fuerza y tembló entera, desde los hombros hasta la punta de los dedos de los pies.
Suspiró nuevamente, esta vez con un gemido sutil que delataba un alivio casi doloroso, y supe, con una certeza gélida que me desgarró el alma, que durante un segundo eterno se olvidó por completo de que yo estaba allí, de pie en mitad del salón, adorándola como un imbécil.
Carmen giró la cabeza hacia atrás y buscó la boca de Alberto con un hambre que jamás, en todos nuestros años de matrimonio, le había visto.
Fue un beso salvaje, tan intenso que resultó obsceno. Sus bocas se sellaron con fuerza, devorándose en un vaivén frenético donde sus lenguas se buscaban y se enredaban sin tregua. Carmen jadeaba, perdiendo por completo esa fachada de frialdad y control que siempre la había caracterizado.
Mientras se besaban con esa necesidad animal, la mano grande de Alberto descendió con firmeza por el costado de su cadera y se posó sobre su muslo desnudo.
Sintiendo la presión, Carmen separó las piernas un poco, buscando un mayor contacto con su cuerpo.
Segundos después, ante una sutil caricia de los dedos de él, las abrió un poco más, entregándose por completo.
Su coño abierto se mostró frente a mí. Completamente depilado, con sus labios largos y gruesos, brillantes de excitación, rosados y ligeramente hinchados por el flujo constante que ya resbalaba por la cara interna de sus muslos.
Apreté los dientes, sintiendo cómo mi miembro latía con una fuerza que casi dolía. Abrí la bragueta y, de forma más instintiva que consciente, me saqué la polla y comencé a masturbarme. Me la meneaba y paraba. No buscaba correrme, pero tenía la imperiosa necesidad de tocarme.
Al notar ese primer roce, Carmen estiró el torso hacia arriba en un espasmo de puro placer; todo su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse y gritó.
—¡Bufff…! —exclamó mordiéndose los labios de pura anticipación—. Estoy ardiendo.
La volvió a besar al mismo tiempo que le hundió dos dedos en el coño, que de inmediato comenzaron a entrar y salir con un ritmo firme y constante.
En el silencio del salón, el sonido húmedo de la penetración dactilar empezó a resonar con una nitidez obscena, mezclándose con el siseo de sus respiraciones entrecortadas.
Alberto apartó bruscamente la boca de la suya, rompiendo el beso. Carmen abrió los ojos con lentitud, entornados y nublados por la lujuria.
Con un movimiento seco, Alberto extrajo los dedos de su coño. Las yemas aparecieron brillantes. Carmen, como si tuviera la lección perfectamente aprendida, entreabrió la boca sin que él tuviera que pedírselo. Entonces introdujo los mismos dedos, todavía impregnados de su esencia.
Ella los recibió con una lentitud insoportable.
Sin apartar la mirada de sus ojos ni un solo instante, comenzó a succionarlos, recreándose en su propio sabor, en la mezcla de su humedad y el tacto de su amante.
Los recorrió despacio con la lengua, entregada a aquel gesto con una devoción casi mística, tragando saliva mientras un gemido sordo vibraba en lo más profundo de su garganta.
Alberto sonrió con una suficiencia gélida y, sacando los dedos, se inclinó para susurrarle algo al oído. El secreto que compartió con ella la hizo estremecerse de nuevo; Carmen sonrió débilmente y se puso de pie con las piernas aún temblorosas sobre sus tacones.
Él se incorporó del sofá con total parsimonia, estirándose la ropa. Tomó la mano de mi esposa y, sin decir una sola palabra, sin dirigirme una sola mirada de despedida, marcharon hacia la puerta.
La vi salir del salón de espaldas, y la imagen se me quedó grabada a fuego en la retina.
Carmen erguida, con las medias oscuras ciñendo sus muslos y el liguero marcando la cadera.
Al avanzar, sus nalgas, redondas y firmes, se movían con un vaivén sensual.
Cada paso que daba hacia el pasillo hacía que sus glúteos se tensaran y se relajaran alternativamente, un bamboleo carnal que delataba la tensión de su precioso cuerpo.
Escuché el rítmico andar de los tacones de Carmen, seguido por los pasos seguros de Alberto. Segundos después, el chasquido seco de la puerta de nuestro dormitorio al cerrarse resonó en todo el piso, dejándome sepultado en un silencio sepulcral.
Me quedé completamente solo en mitad del salón.
Con la respiración desbocada y una erección dolorosa que me abrasaba.
Allí, bajo la luz directa de la lámpara, yacían el vestido de satén negro arrugado y sus bragas de encaje empapadas, tiradas en el suelo como el testimonio mudo de mi absoluta capitulación.