Capítulo 20 #2
—Sí —bromeó Alberto, dándole un suave toque en la rodilla a Carmen, que seguía tapándose la cara con las manos, fingiendo una timidez que no tenía—.
Dicen que cuando tu mujer camina por el pasillo con sus faldas y sus tacones de aguja, sus piernas son tan demoledoras que te dejan la polla «firme» al instante, sin posibilidad de recurso.
—Alberto, basta... —murmuró ella, aunque su mano, en lugar de apartar la de su amante, se posó sobre la de él, presionándola con más fuerza contra su muslo—. Sabes que siempre me ha horrorizado ese apodo. Me parece tan machista.
—Tranquila, cariño. Solo estamos hablando en confianza —dijo.
Aquel «cariño» se me clavó por dentro. Me dolió más que la mano que seguía apoyada sobre su pierna.
Pero Alberto no se detuvo. Mi silencio pareció darle alas.
—¿Te ha contado tu mujer nuestro ritual de las mañanas?
Negué con la cabeza en silencio, con la garganta tan seca que me dolió el simple gesto de tragar saliva. Di por hecho, con una punzada de incómoda lucidez, que había muchos detalles de la relación de mi esposa que ella no me contaba.
—Es muy simple, pero se repite todas las mañanas a primera hora.
Carmen viene a mi despacho, deja que la vea cómo va vestida, luego se quita la ropa y se sienta sobre mis rodillas.
Entre tú y yo… me gusta tenerla sentada desnuda sobre mi regazo, mientras me tomo un café y leo los titulares del periódico —continuó Alberto, recreándose en cada palabra, saboreando el impacto de su confesión en mi rostro—.
No hay mejor forma de comenzar el día...
Sentir su piel templada, su humedad traspasando mis pantalones mientras me preparo para comenzar el día.
Carmen abrió los ojos, completamente desarmada por la crudeza del relato frente a mí. Sus mejillas ardían en un rojo encendido y su respiración se había vuelto un jadeo rápido, sutil pero constante. El morbo de la confesión la estaba superando tanto como a mí.
Intentó cortarlo, buscando desesperadamente recuperar el control de la situación o, al menos, ocultar la intensidad de su propia excitación.
—Alberto… vamos a la habitación. Me muero de ganas y él solo quiere escuchar cómo lo hacemos —suplicó en un hilo de voz, agarrándolo de la muñeca para intentar apartar la mano que él aún mantenía oculta bajo su falda.
—Espera, nena, no seas tan ansiosa —replicó él, sin moverse—. Tu esposo y yo estamos hablando, ¿verdad, Julián?
Hasta ese momento siempre había pensado que Carmen salía de casa con tanta prisa porque el bufete la absorbía.
Cada mañana me repetía que tenía mil cosas que hacer: reuniones, clientes, informes urgentes...
Yo jamás lo había puesto en duda. Ahora comprendía qué era lo que realmente le corría tanta prisa.
La humillación de descubrir que, mientras yo la imaginaba encerrada en tediosas reuniones de equipo, ella se desnudaba para Alberto nada más llegar al despacho, me escoció por dentro.
Sin embargo, mi cuerpo reaccionó de la forma más vergonzosa posible.
Mi miembro dio un violento latido contra la tela del pantalón, obligándome a contraer los músculos del abdomen para disimular la erección.
—¿También te la follas por las mañanas? —pregunté, sin poder contenerme.
Él se rio, una carcajada ronca y cargada de una superioridad que me hizo sentir del tamaño de un insecto.
—¿Ves, nena? A tu marido le da morbo escucharlo. Ponte de pie…
Carmen me miró primero. En sus ojos vi una fracción de segundo de duda, una última barrera de decencia conyugal que se desmoronaba ante la presencia del hombre que la dominaba por completo.
Luego bajó la vista, asumiendo su papel, y obedeció incorporándose del sofá, quedándose levantada frente a él.
El satén negro de su vestido moldeaba a la perfección la silueta de sus caderas y dejaba sus piernas interminables expuestas a escasos centímetros de las manos de Alberto.
—Ya ha sido suficiente. Vamos a la cama —dijo Carmen, con la voz rota, alargando el brazo y extendiendo los dedos para que él tomara su mano.
Pero él no movió un solo músculo. Se limitó a mirarla desde abajo, recostado en el sofá, con una frialdad y una soberanía absolutas.
—Desnúdate como haces cada mañana en mi despacho… Quiero que Julián lo vea.
Carmen palideció ligeramente. Miró de reojo hacia donde yo estaba, asustada de que el juego estuviera rompiendo las reglas que ella misma había diseñado.
—No… —balbuceó, intentando aferrarse a un atisbo de control—. Me juraste que cuando la cosa empezara a caldearse iríamos a la cama y él solo podría oírnos…
Él se rio de nuevo, un sonido seco, oscuro, que cortó el aire del salón como un cuchillo. Su rostro se endureció en un segundo, perdiendo toda la cordialidad de la cena para desvelar al hombre implacable que manejaba su vida y sus secretos a su antojo.
—Carmen, no me hagas que te lo tenga que volver a repetir. ¿No querrás que te castigue delante de tu marido? —siseó, pronunciando su nombre con una lentitud amenazante que la hizo estremecer entera—. Quítate la ropa.
Intenté hablar, forzar un hilo de voz para salir en defensa de mi esposa y decirle a ese bastardo que no tenía que desnudarse si no quería.
Tenía las palabras atragantadas en la garganta, listas para romper el pacto y exigirle que se largara de mi casa.
Pero ver a Carmen... una mujer altiva, orgullosa, con un carácter de hierro que en el día a día era todo lo contrario a lo que cualquiera consideraría una mujer sumisa, congeló mi voluntad.
—Está bien… Haré lo que tú quieras —claudicó Carmen, dejando escapar un suspiro que pareció desinflar el último rastro de su habitual altivez.
Alberto no respondió. Se limitó a esbozar una sonrisa ladina, acomodándose en el sofá como el espectador de honor que sabe que tiene el control absoluto de la función.
Carmen tragó saliva y dio un paso atrás, quedando en el centro exacto del salón, bajo la luz directa de la lámpara.
Sus manos, habitualmente firmes y decididas, subieron temblorosas hacia la parte trasera de su cuello.
Escuché el sutil y metálico recorrido de la cremallera del vestido de satén negro al deslizarse hacia abajo.
Primero cayeron los hombros, dejando al descubierto su piel pálida, que brillaba con una fina capa de sudor frío bajo la luz.
Con un movimiento lento de sus caderas, el vestido resbaló por su cintura y sus muslos, cayendo con un leve roce de seda hasta amontonarse alrededor de sus tobillos en el suelo.
Su cuerpo quedó expuesto ante nosotros en una desnudez casi total, apenas interrumpida por el encaje negro de sus bragas y la finísima tela de sus medias de seda, que subían hasta la mitad del muslo, donde un liguero las sujetaba con firmeza.
A sus cuarenta y tantos años, Carmen seguía conservando una anatomía espectacular, de una madurez carnal y provocativa que eclipsaba cualquier imperfección.
Sus pechos, grandes, caían hacia abajo de forma natural, y se alzaban con cada una de sus respiraciones agitadas; las aureolas oscuras y los pezones, completamente endurecidos por esa humillación que tanto la excitaba.
Pero lo más demoledor eran sus piernas. Esas piernas interminables, torneadas por los tacones de aguja que aún llevaba puestos.
—Mírala bien, Julián —murmuró la voz grave de Alberto, rompiendo el hechizo—.
Pero no la veas solo como tu esposa. Ella es Carmen Valcárcel, la hija de uno de los empresarios más importantes del país.
Es Lady Sentencia Firme… La misma que se la pone dura a muchos hombres cada mañana. ¿Te gusta mi zorra?
Cogí aire antes de responder.
—Sí... me gusta tu zorra. Es preciosa —admití, sin poder apartar los ojos del cuerpo de mi esposa, contemplándola con una fascinación todavía mayor.
Carmen cerró los ojos, con las mejillas encendidas en un rubor de vergüenza y excitación tan intenso que le bajaba por el cuello hasta el pecho.
Dio un leve paso al frente, haciendo que la luz perfilara cada curva de sus caderas anchas y el contorno de su trasero, que vibraba sutilmente por la tensión.
—Ahora las bragas —ordenó Alberto.
Carmen llevó las manos a los costados. Me miró directamente a los ojos, sosteniendo mi mirada con una desesperación salvaje, pidiéndome en silencio que hiciera algo, que la salvara de su propia sumisión, mientras deslizaba la prenda íntima hacia abajo por sus muslos, desnudando finalmente su intimidad.
—Ven acá —dijo Alberto, bajando el tono a un murmullo casi arrullador, y palmeando sus rodillas—. Siéntate aquí, mi amor.
Ese repentino giro de timón me congeló la sangre. El contraste fue inmediato y brutal; la dominación tosca y altiva de hacía un segundo se desvaneció, dando paso a una intimidad tan natural y cálida que me dolió mucho más que cualquiera de sus insultos.
Carmen suspiró profundamente, un suspiro que le recorrió el cuerpo entero y que hizo que sus pechos se balancearan con un vaivén grácil y pesado ante mis ojos.
Dio un paso hacia él, con las piernas temblorosas sobre los tacones de aguja, y se sentó sobre su regazo dándole la espalda.
Quedó encajada entre sus muslos, con el cuerpo rígido como una estatua de sal y la mirada fija en las vetas de madera del suelo, asimilando la humillación de haber claudicado tan rápido.
Me sorprendió el cambio de tono. De repente, era como si Alberto hubiera perdido toda esa agresividad de depredador y se hubiera transformado en el amante cariñoso y devoto de mi esposa. El hombre que la cuidaba, el que la mimaba en la intimidad cuando yo no estaba.