Capítulo 20
El eco del portazo de Clara aún vibraba en las paredes del pasillo cuando metí los platos en el lavavajillas. El silencio que se instaló en la casa era denso, casi sólido, cargado de una electricidad sucia que hacía que me costara respirar.
Al haberse marchado mi hija. Ya no quedaban escudos, ni coartadas, ni excusas de normalidad doméstica tras las que escondernos.
Me quité el delantal y lo arrojé sobre la silla.
Al mirarme las manos, descubrí que me temblaban levemente.
El veneno de los celos que me había inoculado ver a Carmen besar a Alberto en el recibidor seguía corriendo por mis venas, pero ahora se mezclaba con una expectación febril, un morbo asfixiante que me oprimía el pecho.
«Ya está», pensé, sintiendo una erección violenta y dolorosa golpear contra la tela de mi pantalón. «Ya no hay marcha atrás».
Salí de la cocina despacio. En el comedor, Alberto y Carmen se habían sentado en el sofá, pero la disposición de sus cuerpos había cambiado por completo.
Alberto se mostraba más relajado, cruzando una pierna con una suficiencia señorial, observando a mi esposa.
Carmen terminaba de apurar su copa de vino tinto; el satén negro de su vestido brillaba bajo la luz de la lámpara, y sus ojos, ligeramente turbios por el alcohol y la excitación, se clavaron en mí en cuanto crucé el umbral.
—¿Te ayudo a recoger la cocina, Julián? —preguntó Alberto. Su tono era de una cortesía tan falsa y afilada que sonó como una burla directa a mi hombría.
—No hace falta. Ya está todo organizado —respondí, esforzándome para que mi voz sonara firme, aunque el corazón me iba a mil por hora.
Me acerqué al mueble bar y cogí la botella de whisky de malta y tres vasos de cristal ancho.
Mis movimientos eran mecánicos, los de un mayordomo que prepara el escenario para sus señores.
Serví dos dedos de licor en cada uno y me acerqué a la mesa.
Le tendí el vaso a Alberto, quien lo aceptó con un leve cabeceo, rozando mis dedos con los suyos de una manera deliberada, recordándome quién mandaba allí. Luego le entregué el suyo a Carmen.
—Gracias, mi amor —susurró ella, mirándome con ternura, como si quisiera leer en mi rostro qué tal lo estaba pasando.
—Por la hospitalidad —sentenció Alberto, alzando el vaso antes de darle un trago largo, saboreando el licor—.
Te envidio y te admiro, Julián. Sin duda eres un hombre afortunado: tienes una hija preciosa, una casa magnífica y una esposa que...
bueno, que es la fantasía de cualquier hombre. Pero supongo que eso ya lo sabes.
La provocación fue directa, brutal. El aire del comedor se volvió tóxico para mí.
—Lo sé —respondí, sosteniéndole la mirada como buenamente pude, apretando los puños detrás de la espalda—. Sé perfectamente la mujer que tengo y la valoro por encima de todo. Tanto ella como mi hija son lo único que de verdad me importa.
Alberto dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco y se giró por completo hacia Carmen.
Sin ocultarse, sin el menor decoro, estiró su mano grande y la posó sobre el muslo de mi esposa, justo donde el satén negro se abría en una pequeña ranura.
Carmen dio un leve respingo, pero no se apartó; al contrario, entreabrió los labios, clavando su mirada en mí para asegurarse de que yo aceptaba la caricia.
—Y yo tengo suerte de que seas un esposo tan comprensivo —dijo Alberto, deslizando la mano hacia arriba, arrugando la tela del vestido, ganando terreno hacia su entrepierna—. Me gusta la gente que sabe cuál es su lugar.
Sentí una punzada de rabia tan intensa que estuve a punto de perder los papeles, de estamparle el vaso de whisky en su rostro. Pero en ese mismo instante, la mano de Carmen se deslizó por su propio vientre, bajando despacio hasta colocarse sobre la mano de Alberto, apartándola con suavidad.
—Julián sabe que lo amo, Alberto —murmuró ella, con la voz quebrada por un hilo de deseo espeso, mientras buscaba mi mirada—. Aunque también sabe lo feliz que me haces. Pero vayamos despacio… Es la primera vez que me ve contigo y supongo que no debe de ser fácil para él.
Con una parsimonia calculada y felina, Carmen deslizó los dedos por el tirante de satén negro, bajándoselo apenas unos centímetros para dejar al descubierto la línea de su clavícula, donde todavía se adivinaba la sombra de un bocado reciente. Cruzó las piernas con un roce sutil de muslos.
Se giró levemente hacia mí, clavando sus pupilas dilatadas en mi rostro pálido.
—¿Estás bien, mi amor…? ¿O prefieres que nos marchemos a un hotel?
Un escalofrío violento me recorrió de arriba abajo.
Sentía el pecho oprimido, como si un bloque de hielo me aplastara las costillas, pero al mismo tiempo el estómago me ardía en un fuego de morbo insoportable.
Verla desnudarse sutilmente para él, usándome a mí como el espectador de su sumisión, me reducía a la nada y, a la vez, me encendía de una manera enferma.
Odiaba a Alberto con cada fibra de mi ser, pero adoraba ver cómo mi mujer se convertía en su juguete justo delante de mis ojos.
—No hace falta que os marchéis. Estoy perfectamente —respondí, sorprendido por la firmeza de mi propia voz—. Creo que ya lo hemos hablado, Carmen. No tienes que preocuparte por mí. Como Alberto dice, acepto de buen gusto cuál es mi lugar.
—¿Lo ves, Carmen? —preguntó Alberto—. Tu esposo está orgulloso de ser un cornudo. Y no es nada malo, hay muchos hombres así.
Su tono destilaba una suficiencia hiriente, casi de burla. Sin el menor disimulo, estiró su mano grande y la posó sobre la rodilla descubierta de mi esposa, apretando la carne con una familiaridad posesiva que me hizo tragar saliva con dificultad.
Carmen contuvo el aliento ante el tacto del abogado. Sus ojos brillaron con una mezcla de sumisión y traición antes de levantar una mano hacia él, buscando una tregua física que solo servía para dilatar la tensión de la noche.
—Mi amor… —me miró fijamente, con las mejillas encendidas y la respiración ya entrecortada—. Hace demasiado calor aquí. Ponme algo de hielo, por favor… —añadió, deslizando sus dedos por el cristal del vaso de whisky y extendiéndomelo con una suavidad que parecía una súplica de complicidad.
Me acerqué a cogerlo. Tomé la copa y, sin atreverme a darles la espalda por completo para no romper el cordón umbilical de ese morbo salvaje, retrocedí paso a paso hacia la penumbra de la cocina.
En cuanto crucé el umbral y abrí el congelador, el golpe de aire gélido me dio en la cara, pero no logró apagar el fuego de mi entrepierna.
Con las manos temblorosas sobre la cubitera, me quedé inmóvil, aguzando el oído en mitad de la oscuridad.
La certeza de que estarían aprovechando el tiempo de intimidad me hizo apretar el vaso de cristal con tanta fuerza que temí romperlo entre mis dedos.
No se oía nada. Y ese silencio era la peor de las torturas.
Me asomé al marco de la puerta sin hacer ruido, conteniendo el aliento, con el vaso helado pegado a la palma de la mano. Lo que vi me obligó a apretar la mandíbula hasta que me dolieron los dientes.
Alberto no había perdido el tiempo. Estaba inclinado sobre Carmen.
Con una mano le sujetaba el pelo por la nuca, tirando de ella hacia atrás con una fuerza implacable, obligándola a exponer el cuello.
Con la otra, le había subido el vestido de satén negro casi hasta la cintura; sus dedos grandes se hundían en la carne pálida de sus muslos, justo en el borde de sus bragas.
Carmen tenía los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando en jadeos mudos, mudando la piel de madre y esposa para entregarse a su amante.
Dudé de qué debía hacer en esos momentos, si mostrarme invisible y disfrutar del espectáculo que tantas y tantas veces, durante las últimas semanas, me había imaginado.
Sentí pánico de que todo surgiera demasiado deprisa y que se encerraran en el dormitorio.
Necesitaba verlos juntos más tiempo. Por eso decidí interrumpirlos.
—Toma, aquí tienes. Pero que conste que es un delito echarle un hielo a este whisky.
Carmen abrió los ojos, saliendo del trance de lujuria que la envolvía, y se inclinó hacia delante para coger el vaso.
Alberto, detectando mi intromisión y marcando los tiempos con una parsimonia irritante, se separó un poco de mi esposa, reclinándose con una sonrisa indescifrable plasmada en el rostro.
—Gracias, mi amor. Necesitaba un trago —murmuró ella.
Se llevó el vaso a los labios con ansia, dando un sorbo largo que hizo que el hielo tintineara con fuerza contra el cristal. El contraste del alcohol quemándole la garganta y el frío del hielo pareció devolverle una chispa de malicia a los ojos.
Alberto la observó beber, deleitándose en la forma en que su garganta se movía al tragar, antes de clavar sus ojos oscuros directamente en mí.
—Julián, ¿sabes cómo llaman a tu esposa algunos compañeros en el juzgado?
Carmen, que acababa de bajar el vaso, se echó a reír de inmediato, con una risa nerviosa y cristalina que inundó el comedor. Dejó la copa sobre la mesa con un golpe seco y levantó las manos, extendiendo las palmas hacia Alberto en un gesto de súplica juguetona.
—No, por Dios… —trató de impedirle hablar, interrumpiéndolo a mitad de la frase, agitando la cabeza como si de repente le diera una vergüenza terrible que yo me enterara de sus secretos de pasillo—. No se lo digas, Alberto… te lo ruego. Odio ese mote. No sé de dónde ha salido.
Alberto no le hizo el menor caso.
—Lady Sentencia Firme —dijo, saboreando cada sílaba con una sonrisa burlona—. En el baño de caballeros hay hasta un dibujo de un pene erecto con ese nombre escrito debajo, pintado con rotulador.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. La revelación de ese apodo, tan vulgar y a la vez tan descriptivo de la lascivia que Carmen despertaba en su entorno laboral, me golpeó con la fuerza de un bofetón.
—¿Lady Sentencia Firme? —repetí en un hilo de voz, incapaz de apartar la mirada de las mejillas encendidas de mi esposa.