Capítulo 19 #2
En cuanto cruzamos el umbral del dormitorio, cerré la puerta.
Alberto me empujó contra el armario. El impacto fue violento, pero delicioso.
Nos encerramos en un beso salvaje, asfixiante, donde nuestras lenguas se buscaban con la excitación incontrolada de quienes llevan demasiado rato conteniéndose.
Gemí contra su boca mientras mis manos bajaban con urgencia hacia su pantalón.
Le desabroché la bragueta con dedos torpes y ansiosos, deslizando mi mano por dentro para atrapar su erección, dura y caliente.
—¿Qué tal lo pasaste con Peralta? —me susurró al oído, incapaz de contener su curiosidad.
—Odio a ese cerdo con todas mis fuerzas —expresé, sin dejar de tocarlo—. Es un puto degenerado. Me hizo mucho daño.
Alberto soltó una risa ronca, teñida de una malicia que me erizó la piel, mientras me mordía el lóbulo de la oreja con suavidad.
—Pues él te adora… —susurró, con el aliento cálido rozando mi cuello—. Está loco por ti, y a nosotros eso nos viene fenomenal. Dice que tienes un culo muy estrecho. Lo estaba reservando para él… pero ahora que ya te lo ha follado, tendré que probarlo yo.
Echó la cabeza hacia atrás, entornando los ojos y dejando escapar un suspiro ahogado en cuanto mi mano comenzó a masturbarlo.
—Aún me duele al bajar escaleras y al sentarme… —dije con voz mimosa, fingiendo una mueca triste para buscar su compasión, aunque en realidad el dolor residual solo alimentaba mi morbo.
—Seguro que no fue para tanto… —murmuró él, apretando mis nalgas con fuerza.
—Me tratas como a una puta… —le reproché en un susurro febril, aunque mis manos seguían firmes sobre él, dictando el ritmo de su placer—. Eres malo conmigo.
—Sabes que eres mucho más para mí que eso…
Me sujetó el rostro con una mano, obligándome a sostenerle la mirada, mientras la otra seguía anclada a mi cadera. No había rastro de burla en sus ojos, solo una posesividad oscura que me hacía perder el norte.
—¿Entonces qué soy para ti? Dímelo, Alberto —pregunté, con la voz quebrada por una repentina punzada de nerviosismo ante lo que pudiera responder.
Él no contestó de inmediato. Levantó una mano y, con una suavidad que contrastaba con la fuerza de su agarre, rozó mis labios con la yema de su dedo índice, dibujando despacio su contorno, como si intentara grabárselos en la memoria.
—Lo eres todo para mí, Carmen. Absolutamente todo... —susurró, con la mirada fija en mi boca—. Puede que estés casada con ese…
Se calló a tiempo, frenando la frase antes de insultar a Julián; sabía perfectamente que no me gustaba que lo hiciera y que había límites que no debía cruzar. Tragó saliva y se inclinó un poco más hacia mí, acortando la distancia hasta que su aliento cálido me rozó la piel.
—Pero tu cuerpo me pertenece solo a mí, cada gemido, cada espasmo de tu coño, cada fantasía sucia que te recorre cuando estás con él pero piensas en mí —continuó en un murmullo posesivo—. Eres mía de una forma que tu marido jamás podrá entender ni poseer, por mucho que nos lo consienta.
Hundió los dedos en mi pelo, tirando de mi cabeza ligeramente hacia atrás para obligarme a mirarlo a los ojos.
—Él se queda con la esposa ejemplar, con las cenas en familia y con las apariencias…
pero yo me quedo con esto —me tocó por encima de las bragas con violencia—.
Con tu entrega absoluta, con tu humedad y con la forma en que tiemblas entera cuando te toco.
Dime que es verdad, Carmen. Dime que eres mía.
Suspiré, sintiendo un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. Deseaba que siguiera tocándome, que me empujara contra la cama y se hundiera en mí sin importarme ya quién estuviera en ese momento en el salón, ajena al peligro que latía a unos pocos metros.
Sin embargo, hice un esfuerzo desesperado por serenarme.
Cogí aire lentamente, obligándome a no dejarme seducir por sus palabras de posesión.
Sabía, en el fondo de mi alma, que nada de eso era cierto.
Sabía que yo, para Alberto, no era más que una muesca en su revólver, un trofeo de caza para su ego envuelto en el morbo de la clandestinidad.
Él nunca me querría como el hombre que me esperaba al otro lado de la puerta; ese esposo silencioso que, con tal de mantener a flote nuestra familia y protegerme, soportaba mi traición en silencio.
—¿Puedo saber qué te dio a cambio el juez Peralta? —le pregunté, clavándole la mirada en los ojos, decidida a descubrir el precio exacto que le había puesto a mi cuerpo—. Sé que no me entregaste a él solo por el morbo.
Necesitaba escucharlo. Necesitaba que lo admitiera en voz alta para romper el hechizo, para recordarme a mí misma que, por mucho que deseara seguir con él, Alberto era un cerdo del que no debía enamorarme demasiado. Solo lo justo para conservar la ilusión.
Él se quedó helado por un segundo. La seguridad de sus manos flaqueó y la comisura de sus labios se tensó, perdiendo esa sonrisa de suficiencia. Sintió el peso de mi mirada, que buscaba desnudarle las miserias justo cuando él creía tener el control absoluto de la situación.
—Nada —dijo él, intentando sostener la mirada, pero desviándola apenas un milímetro hacia la penumbra de la habitación, buscando recuperar su máscara imperturbable.
—Vamos, Alberto… Que no soy una de esas becarias que te follas en tu despacho.
Ten al menos los cojones de decírmelo… —le espeté en un susurro cargado de veneno, dándole un empujón leve en el pecho para hacerlo reaccionar—.
Te juro que eso no cambiará nada entre nosotros…
seguiré entregándome a ti, como siempre, pero necesito saberlo.
Miró de reojo hacia la puerta, midiendo las distancias, temiendo que el eco de mi tono herido cruzara el pasillo y llegara a oídos de Clara o de Julián. El silencio se prolongó lo suficiente como para confirmar mis peores sospechas antes de que él volviera a abrir la boca.
—Tenía una importante deuda por culpa de mis problemas con el juego.
Hace unos días tuve una noche de mala suerte con el póquer —admitió, con una frialdad que me congeló la sangre—.
Lleva muchos años obsesionado contigo… Bajo la toga, se le ponía dura cuando te veía caminar por los pasillos del juzgado.
A todos nos volvías locos, Carmen. A todos.
Yo tampoco era inmune a ti; te deseo desde el primer día que entraste a trabajar en el bufete.
Lo besé, saboreando el sabor amargo de su confesión, agradeciendo por su franqueza. Si Alberto quería que me entregara a él, si pretendía que siguiera jugando a este juego perverso, no lo haría sin red. Necesitaba que fuera honesto conmigo, despojado de máscaras y mentiras.
Solté su polla y me aparté lo justo para que la mano que tenía en medio de mis piernas se perdiera, dejando un vacío frío entre nosotros.
—¿Estás enfadada?
—¿Enfadada? —susurré contra sus labios, esbozando una sonrisa fría, casi imperceptible—. Te juro que no, Alberto. Al contrario. Incluso me ha dado morbo.
La verdad me resultó peligrosa, pero me sentí liberada. Saber que me había vendido para pagar sus deudas de juego le quitaba cualquier poder emocional sobre mí; ahora el juego era puramente físico, un trato sin espacio para los sentimientos.
—Al menos ahora sé exactamente dónde pisar —añadí, dándole la espalda para mirarme al espejo mientras me peinaba con los dedos—. Es liberador saber que no te debo ninguna lealtad.
A lo lejos, en el pasillo, se oyó el sonido de una risa de Clara seguida de la voz pausada de Julián. El tiempo se nos agotaba en esa habitación.
Cuando regresamos al salón, la atmósfera se había enfriado.
Julián y Clara estaban sentados a la mesa, esperándonos.
Mi esposo había servido el postre: tarta de pistacho y frambuesa, su gran especialidad.
Tenía la mandíbula apretada y la mirada fija en su plato.
Lo conocía tanto que enseguida percibí que le había molestado que me escabullera con Alberto estando nuestra hija en casa, pero en ese momento no me importó demasiado.
—Perdonad por haceros esperar, pero le estaba enseñando a Alberto las fotos de mi graduación... —dije procurando que la voz sonara serena y despreocupada.
Alberto se acomodó en su silla con una tranquilidad que parecía ensayada. Solo el leve titubeo de sus dedos alrededor de la copa delataba que no estaba tan sereno como pretendía.
—Le decía a Carmen que tiene motivos de sobra para estar orgullosa de su expediente —respondió Alberto. Antes de terminar la frase, lanzó una fugaz mirada a Julián, cargada de una cortesía tan impecable como desafiante—. No todo el mundo se licencia siendo la primera de su promoción.
Apenas dimos un par de bocados cuando Clara se levantó de golpe de la silla, guardando el móvil en el bolsillo trasero de sus vaqueros ajustados.
—Bueno, yo me voy. Me está esperando Hugo abajo con el coche en marcha —anunció, dándome un beso rápido en la mejilla—. Me ha dicho que os dé recuerdos.
—No vuelvas tarde, mi amor —le respondí, alzando la voz para que me escuchara mientras caminaba ya hacia el recibidor—. Y dale un beso a Hugo de mi parte.
El sonido de la puerta de la calle al cerrarse pareció retumbar en todo el piso.
De inmediato, un silencio incómodo, espeso y casi doloroso se impuso en el comedor.
Miré a mi esposo. Julián seguía sentado en su silla, con las manos apoyadas en la mesa.
Tenía la mirada perdida y el rostro pálido, como si de repente no supiera qué hacer, paralizado por la certeza de que el momento de la verdad había llegado, y que Alberto había venido a usurpar su territorio.
—Vamos a recoger un poco todo esto y después tomamos una copa relajadamente —dije, rompiendo el silencio con una voz que pretendía ser casual mientras me incorporaba, cogiendo los platos de los postres y llevándolos hacia la cocina, sintiendo cómo los ojos de los dos hombres se clavaban en mi espalda.